Que naciera era algo necesario: había un clamor social, y el clamor se materializó en un partido político porque las personas adecuadas dieron los  pasos necesarios para conseguirlo. Podemos nació cuando hacía falta y triunfó por el mismo motivo. En eso se resume toda la historia del “partido” desde 2011 hasta 2014.

A comienzos de 2015 Podemos era un partido con esperanzas reales de llegar al gobierno. Gozaba de tanto o más apoyo que el PP y el PSOE, y se trataba además de un apoyo movilizado, joven y combativo. Iglesias llegó a liderar el primer partido de España, según la encuestas, durante algunos meses.

Pero las cosas, a partir de entonces, se fueron complicando  cada vez más. Durante unos meses más, pareció aún que Podemos podía sustituir al PSOE como referencia de la izquierda. Pero el tiempo pasó pronto, y durante el verano de 2015 las expectativas se desinflaron. Luego llegó el 20-D, donde los chicos de Iglesias quedaron por detrás de los socialistas, pero no acabaron de entender el mensaje. Más tarde la confluencia con Izquierda Unida sirvió de señuelo útil para continuar ilusionando, pero no enmendó los problemas de fondo sino que más bien los agravó. La última oportunidad, ya bastante pasados de rosca, la tuvieron los de Iglesias durante el otoño de 2016. En aquellos meses, en medio de una crisis socialista brutal, que llevó al PSOE a la desorientación y a la destitución de Pedro Sánchez, el PSOE ofreció una imagen derechista que permitió a Podemos adelantarlo otra vez, durante varios meses, incluso más claramente que en el pasado.

Pero entre septiembre de 2016 y marzo de 2017, a Podemos le faltó cintura y le sobró división interna. Justo cuando podían haber dado la puntilla a los socialistas ocupando el espacio que éstos dejaban abandonado, lo que hicieron fue concederles el tiempo necesario para recuperarse, enfrascándose en líos entre pablistas, errejonistas y anticapitalistas. Finalmente, para culminar el despropósito, triunfó en Podemos el sector que renunciaba a ocupar el terreno a su derecha que graciosamente le regalaban los socialistas. Podemos se concentró en lo suyo, en sus pequeñeces, en lugar de estar atento a lo que la sociedad y la oportunidad le demandaban. Semejante torpeza estratégica le iba a costar caro unos pocos meses más tarde.

Así, los socialistas ganaron tiempo, y con el trascurso de los meses, lógicamente, fueron recuperando expectativas por puro cansancio del electorado. El campo del centro izquierda siguió abandonado, esperando alguien que se lo apropiara. Y en esas estábamos cuando, ya en 2017, el regreso de Pedro Sánchez permitió una fulgurante recuperación de los socialistas, que ocuparon ante la opinión pública, tranquilamente, el espacio que se les dejaba libre y algo más: pasaron a la ofensiva. Gracias al plus de legitimidad con que volvió Sánchez, derrotando a “los derechistas” de su partido, pasó a invadir,  tranquilamente y sin resistencia por parte de sus ocupantes, zonas de la izquierda que Podemos creía definitivamente conquistadas.

No cabe mayor torpeza por parte de Pablo Iglesias y los suyos.

Llegamos a la segunda mitad del año 2017 y ya todo está decidido. Ni hay sorpassos ni los habrá. El PSOE es y será ya para siempre, al menos, el segundo partido de España. Para volver a ser el primero, solo tiene que sentarse a esperar el descalabro del PP, que es algo (el descalabro del primero) que siempre acaba por llegar. Así que los socialistas ya no miran a su izquierda con miedo sino con afecto: ahí está su muleta, discreta, casi inofensiva, a la que podrán asirse cuando lo necesiten para alcanzar la Moncloa.

¿Y en qué lugar queda entonces Podemos?

Su parroquia más militante sigue contenta, agarrándose a proclamas y consignas revolucionarias, pero eso no sirve para asaltar los cielos. Quienes ganan elecciones no son los militantes convencidos, sino los votantes anónimos, y esos resultan siempre menos impetuosos y sobre todo menos radicales. Precisamente el elemento que siempre ha aglutinado votantes en torno a Podemos ha sido la ilusión. La ilusión por un cambio real, por acabar con un estado de cosas que resulta intolerable en nuestro país. La capacidad de mantener esa ilusión directa y genuina es lo que siempre ha distinguido a Podemos de Ciudadanos, y lo que le ha otorgado a los de Iglesias un mayor peso electoral que a los de Rivera.

¿Pero qué ilusión, qué “alegría” se puede transmitir a un país cuando uno solo aspira a ser el segundo partido de la izquierda? ¿Qué cambio auténtico se puede ofrecer cuando éste solo pasa por acabar apoyando un gobierno dirigido por otros?

La paradoja en que se ve envuelto el partido de Iglesias es que su negativa a ocupar el espacio ideológico que en 2016 le dejó libre el PSOE, le obliga, ahora, a rendirse ante él.

La polarización, la concentración del voto, que en anteriores comicios le pudo favorecer a él (y al PP), ahora claramente favorecerá al PSOE. Por eso Iglesias tiene de repente tanta prisa en forzar la presentación de una moción de censura por parte del PSOE, porque necesita recuperar un protagonismo que pierde a borbotones. Si la situación no cambia y sigue como en los últimos meses, en un par de años acabaríamos con unas elecciones generales sobre la mesa en las que Podemos podría perder gran parte de su electorado, porque el voto útil se concentrará, sin duda, en el PSOE, con el único fin de expulsar al PP del gobierno.

La única coyuntura que podría darle cierto aire a Iglesias, pasa por llegar al gobierno central pronto y como sea, disponiendo de algunos ministerios con presencia en los medios. Los riesgos de esta estrategia, de todas formas, son también claros. La decisión tomada en Castilla La Mancha de apoyar al gobierno del PSOE, que hace un año podría haber sido negociada desde una posición de fuerza, es ahora interpretada por algunos como lo que es: como la constatación del papel subalterno que Podemos asume ya frente al PSOE.

Casi el único punto fuerte que le queda a Podemos es el poder municipal. Y ni siquiera éste lo tienen seguro, porque ni en Madrid ni en Barcelona, sus bastiones relevantes, ejercen el poder por ellos mismos, sino a través de alcaldesas cercanas que pueden acabar dándoles la espalda en cualquier momento si hay desencuentros.

Ahora a Iglesias ya solo puede luchar por mantener una cierta visibilidad social que le permita conservar la ilusión de sus muchos votantes, para así no quedar reducido a la insignificancia que la izquierda ajena al PSOE ha tenido siempre en España. Necesitará muchos e improbables golpes de suerte para conseguirlo.

La ilusión por alcanzar los cielos, que es lo que encumbró a Podemos, es la que, al revelarse imposible, puede acabar por hundirlo. Íñigo lo sabe muy bien.

 

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