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¡Aparta, Montenegro! (Una pequeña historia sobre la OTAN)

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La OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) nació tras la Segunda Guerra Mundial como mecanismo de defensa de los países occidentales frente al poderío de la Unión Soviética. A su vez, los rusos agruparon a su países satélites en otro pacto militar similar: el de Varsovia. Fue la llamada «guerra fría».

Tras la disolución del bloque soviético a principios de la década de los 90, la OTAN se quedó sola como organismo de coordinación militar de los países desarrollados, y se amplió hacia los estados de Europa Oriental (salvo Rusia).

La OTAN cuenta actualmente con 28 países, y varios más son candidatos firmes para entrar en la organización. En general, el sentimiento hacia ella en todos los países miembros es positivo. Hay una convicción general de que la OTAN es un paraguas que protege a todos frente a posibles agresiones. Veamos algunos ejemplos:

 

 

Llama la atención cómo España es el único país donde la opinión pública se muestra realmente dividida. ¿Por qué? Quizás este otro gráfico lo aclare un poco:

 

 

En toda Europa la población conservadora es más partidaria de la OTAN que la de izquierdas. Pero en España la diferencia entre derechas e izquierdas es muy superior, y además el conjunto del país está muy escorado hacia posiciones contrarias.

España durante el franquismo tenía vetado el ingreso en esta organizacion (y en muchas otras), por la repulsa internacional al régimen. Por eso, el asunto de la OTAN se planteó en España con mucho retraso, cuando ya estaba más que asumido en otros países occidentales. Llegado el momento, entre 1977 y 1981, nuestro posible ingreso fue usado por la izquierda para atacar a los gobiernos de la UCD, que manifestaban (tímidamente, como con vergüenza) su deseo de incorporar a España al club.

De la «OTAN» solo hablaba la izquierda, siempre en tono negativo. La derecha se manifestaba partidaria, pero poco. Conscientes de que tenían perdida la batalla de la opinión pública, nunca reunieron el valor suficiente para plantear la adhesión. Solo cuando se produjo el intento de golpe de Estado del 23-F (1981), el presidente Calvo Sotelo dio el paso, aprovechando el renovado miedo a los militares para forzar nuestro ingreso en una estructura que podía permitir la «democratización» del ejército, compartiendo maniobras, actitudes y métodos de trabajo con «compañeros» de otros ejércitos europeos. Finalmente, España ingresó en diciembre de 1981.

Pero la opinión pública (la izquierda por convicción, y cierta derecha por resentimiento ante los años de forzado aislamiento) siguió siendo mayoritariamente contraria a nuestra pertenencia a ese club militar. El Partido Socialista aprovechó la coyuntura, y su líder, Felipe González, prometió en su programa para las elecciones de 1982 la celebración de un referendum «para la salida» de la organización.

Ganadas las elecciones de 1982, la celebración del referendum se fue aplazando. El gobierno del PSOE fue tomando conciencia de determinadas ventajas que la pertenencia le suponía, y  el viejo lema «OTAN, de entrada, no», se matizó, hasta desembocar, según las malas lenguas, en otro: «OTAN, de salida, tampoco».

El problema era que había un compromiso firme de convocar un referendum, y había que cumplir la palabra dada. El compromiso se acabó cumpliendo, ya casi al final de la legislatura, con un presidente del gobierno volcado, casi en solitario, en la campaña a favor del «sí». La derecha de Alianza Popular apostó, en un gesto insólito, por la abstención.

Carteles del PSOE. 1981 y 1985.

 

Esta situación acabó convirtiendo lo que era un asunto de debate público en un plebiscito sobre la persona del presidente del gobierno.

La jugada resultó maestra: los derechistas más reaccionarios obedecieron la consigna de no ir a votar, pero muchos otros sí acudieron, para salvaguardar lo que entendían un bien mayor, y votaron casi unánimemente a favor de la permanencia. Los izquierdistas, por su parte, se dividieron entre quienes hicieron caso a sus convicciones y votaron «no», y quienes tragaron saliva y decidieron no dejar solo a un líder que aún era incontestable.

González logró que el sí a «la Alianza» (con matices, con reservas, sin integración en la «estructura militar») ganara al «no» por trece puntos de diferencia.

La población continuó siendo mayoritariamente contraria a la OTAN, pero la personalidad del líder pudo más. Seguimos dentro.

Con posterioridad, la disolución de los bloques de la guerra fría (1945-1991), ha hecho que la población española, poco a poco, se haya ido desentendiendo del asunto, y se haya suavizado el rechazo hacia esta organización militar. Pero aún así, somos probablemente el país miembro más escéptico ante ella. El que tuvo, retuvo.  Que Polonia sea un país tan pro-OTAN, por ejemplo, también lo explica su historia. En este caso, lo explican sus últimas tres últimas décadas, en las que ha dominado, por reacción frente a su propio pasado, el anticomunismo-antiruso.

¿Y ahora qué ocurre con la OTAN?

Ocurre que por el otro lado del Atlántico, el gran aliado (los Estados Unidos) está poniendo pegas. Grandes pegas. Fijémonos en el gráfico de más arriba, el de las barritas: allí, en América, son los conservadores quienes más contrarios se muestran a la OTAN, mientras la «izquierda» es la más pro-atlántica del mundo. ¿Cómo es posible? Por esto:

 

Fuente: Bloomberg vía @politibot

 

Los aliados europeos (sobre todo los más occidentales, los menos fronterizos con Rusia, los que tienen poblaciones más antimilitaristas) hemos usado la organización como una «excusa» para gastar lo justo en materia militar. En algunos casos, como España, los datos son flagrantes. Algunos en Estados Unidos llevan tiempo quejándose de que les toca asumir casi en solitario la defensa de Occidente (con la notable excepción del «amigo británico»). Sin duda exageran, pero algo de verdad hay en su queja. El presidente Trump está poniendo el grito en el cielo, haciendo gala de esa actitud chulesca tan suya, sin tener en cuenta que, aparte de los dineros, hay otras razones por las cuales puede ser razonable pedir a su país un esfuerzo mayor que a otros.

Por eso, en la reunión de la OTAN de ayer, ha pasado lo que ha pasado, y algunos se creen con derecho a estar en primera fila.

Así que algunos gestos de Trump pueden tener su explicación. Otra cosa es que tengan justificación.

 

 

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