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Callar y ganar

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Si algo caracteriza al elector español medio es que le molesta el ruido. De entrada, le gusta que los políticos digan cosas, tengan presencia, se manifiesten… Pero solo un poco. En determinado momento, en cuanto la presencia mediática sobrepasa cierto umbral, el elector muestra su cansancio y rechaza al político que no dosifica su presencia en los medios.

Pedro Sánchez consiguió notoriedad (y de paso, salvar el cuello), cuando se lanzó a la investidura tras el rechazo de Rajoy. Consiguió aún más notoriedad, y crédito social, cuando logró un acuerdo con Ciudadanos. Hasta ahí.

Pero una semana después la sociedad había llegado al límite, y todo lo ocurrido desde entonces lleva a Sánchez cuesta abajo: el exceso de exposición mediática empieza a perjudicarle  claramente, y la idea de que es un fracasado que vende humo se extiende como la pólvora. La sociedad es sumamente cruel, y pasa rápidamente de la adoración (que siempre es moderada) al desprecio, que puede llegar a ser absoluto.

Ahora Sánchez tiene por delante dos o tres semanas más de negociaciones, de idas y venidas mediáticas que, salvo que acaben con un acuerdo final que le redima, no harán otra cosa que perjudicarle. Se ha pasado de frenada, ha copado demasiados minutos en los medios, y ahora solo transmite confusión. Eso la sociedad no lo perdona.

Por su parte, Albert Rivera ha logrado, tras la llamada de Sánchez para negociar, alcanzar la cuadratura del círculo. Con un resultado electoral mediocre, que lo convertía en irrelevante e instauraba de hecho en España un sistema que los alemanes llamarían “de tres partidos y medio”, ha conseguido presencia y que, a la altura de abril, se hable en los medios sin excepción de “los cuatro grandes partidos”. Quien lo tenía más difícil a final de año es quien mejor lo ha hecho, para sus intereses, en el primer trimestre de 2016. Pero ese trimestre se acabó, y la estrategia que tan buenos frutos le ha proporcionado a los de Rivera está agotada. Su exposición mediática ha sido menor que la de Sánchez, la justa para ganar protagonismo pero no tanta como para cansar. Cómo conseguirá mantener el equilibrio en los próximos meses va a ser difícil. Los riesgos son muchos. Las posibilidades de caída, si no consigue mantener el pulso, altas.

Pablo Iglesias salió muy reforzado de las elecciones, pero dilapidó todo el capital acumulado en unos meses de febrero y marzo desastrosos, en los que sus intervenciones públicas parecían diseñadas por el enemigo. Por el camino, el discreto Garzón le fue ganando terreno con prudencia, apareciendo como “el contrapunto sensato”, allá, hacia la izquierda. Sin embargo, abril ha cambiado las cosas. La “foto a tres” ha devuelto a Iglesias el papel protagonista, sin las estridencias que tanto daño le hicieron en la sesión de investidura. En abril tendrá una buena oportunidad de recuperar terreno e impedir que Garzón le siga ganando espacio, viniendo desde abajo. En la particular partida que están jugando ambos, la confluencia o la separación marcarán la clave de lo que serían las futuras elecciones y sus expectativas electorales. Garzón tiene la llave de un posible segundo puesto en unas hipotéticas elecciones, y lo sabe. Qué exigirá a cambio de ello, es algo que está por ver. Qué papel jugará Errejón, cuya visión transversal de Podemos no encaja con Garzón, será fundamental.

Mientras en febrero y marzo todos movían sus posiciones, Mariano Rajoy optó por quedarse de espectador, como si la partida no fuera con él. Inicialmente, asumir ese papel le supuso un coste: fue visto como un cobarde, casi como un incapaz que facilitaba el gobierno al adversario. Pero el juicio popular es voluble, y el elector mediano, que es el único que importa realmente, ha acabado mareado por el movimiento de los otros tres partidos. Cuando alguien se marea, busca apoyo en algo cercano que parezca sólido, y no hay nada más sólido que lo que permanece inmóvil. Poco más puede decirse: Mariano es, hoy por hoy, el claro triunfador de esta situación, sin haber movido un solo dedo. Su estrategia para las dos semanas que quedan antes de que todo esté decidido es una incógnita.  Pero la inercia resulta claramente alcista: la gente común está harta y no quiere que los políticos les torturen más con sus reuniones.  Así seguirán, y con esa predisposición irán a votar si no cambian las circunstancias, llenando las urnas de votos para el Partido Popular el día 26 de junio.

No obstante, hay un riesgo. Es probable que las encuestas, entre hoy y los próximos diez días, confirmen una subida adicional del PP y algo aún más importante: un serio descenso del PSOE. Si es así, la debilidad de Sánchez puede llevarle a pactar lo que sea antes que acudir a unas elecciones en las que sería el más perjudicado de los cuatro contendientes. Entonces Sánchez cederá lo que haga falta, e Iglesias puede acabar sonriendo, con su cartera bajo el brazo. Si es que el aparato del PSOE lo permite.

Rajoy puede perder la Moncloa en el último momento, en un abrir y cerrar de ojos, allá por el 25 de abril. Y si es así,  su silencio de estos meses se volvería definitivo, porque se abrirá un panorama en el que su propio partido pondrá los ojos en otras personas.

Pero esto último es ciencia ficción. De momento, si todo sigue el guión previsto, el único que aquí tiene motivos para sonreír es él.

 

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