España vs Bélgica: cinco siglos de historia común, noventa minutos de rivalidad

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Esta noche, España y Bélgica se miden en los cuartos de final del Mundial 2026 en el SoFi Stadium de Los Ángeles. Dos selecciones, dos banderas, dos himnos. Pero la historia que comparten estos dos países va mucho más allá de un partido de fútbol: abarca casi dos siglos de monarquía compartida, guerras que decidieron el destino de Europa, una huella cultural que todavía puede verse en las calles de Bruselas y en las salas del Museo del Prado, y una paradoja política que hace de ambas naciones dos caras del mismo espejo europeo.

Un rey nacido en Gante: cuando España y Bélgica compartían soberano

Hay un dato biográfico que suele pasar desapercibido y que, sin embargo, lo explica todo: el monarca más poderoso de la historia de España nació en Bélgica. Carlos I de España, el futuro Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico, vino al mundo el 24 de febrero de 1500 en Gante, la misma ciudad flamenca cuya catedral alberga hoy El retablo del Cordero Místico de Van Eyck. Creció en la corte borgoñona, tuvo el flamenco como lengua materna y aprendió el castellano de adulto para gobernar un reino que no conocía. La paradoja es fascinante: el hombre que encarnó el ideal de una España imperial era, en su formación más profunda, un hombre del norte.

El vínculo dinástico que uniría a España y a los territorios que hoy forman Bélgica había comenzado décadas antes, cuando la muerte de Carlos el Temerario, duque de Borgoña, en la batalla de Nancy (1477) dejó su herencia en manos de su hija María. Ésta casó con Maximiliano I de Habsburgo, y de esa unión nació Felipe el Hermoso, quien a su vez contrajo matrimonio con Juana de Castilla. El hijo de ambos fue Carlos, quien en 1516 heredó las Coronas de Castilla y Aragón y en 1519 fue elegido Sacro Emperador. Los Países Bajos, que comprendían los actuales Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo, pasaron así a formar parte de la Monarquía Hispánica. Durante décadas, Bruselas funcionó como una auténtica capital imperial, sede de la gobernación de las provincias septentrionales del mayor estado de la época.

Cuando Carlos abdicó en 1556, su hijo Felipe II heredó los territorios ibéricos y los Países Bajos. Ahí comenzó otra historia, mucho más complicada.

La guerra de los Ochenta Años: cuando el Tercio de Flandes dobló el mundo

Felipe II era un rey muy distinto de su padre. Mientras Carlos V había nacido en Gante y conocía a la nobleza flamenca desde niño, Felipe era un castellano que miraba hacia el norte con desconfianza creciente. La extensión del calvinismo por las provincias, el descontento de la nobleza local ante las reformas fiscales y religiosas de Madrid, y la llamada Furia Iconoclasta de 1566 —durante la cual centenares de iglesias y monasterios fueron saqueados y destruidos por radicales protestantes— convencieron al rey de que la negociación había llegado a su límite.

En agosto de 1567, Felipe envió a Fernando Álvarez de Toledo, III duque de Alba, al frente de un ejército de veteranos que recorrió el llamado Camino Español, una extraordinaria ruta logística que unía el Milanesado con los Países Bajos atravesando Borgoña y Lorena. La llegada del Duque de Alba a Bruselas inauguró uno de los episodios más polémicos y debatidos de la historia de España en Europa: el Consejo de Sangre, un tribunal de excepción que procesó a miles de personas acusadas de herejía o rebelión. La cifra de ejecuciones ordenadas por el Duque se estima en torno a mil, aunque la propaganda orangista, hábilmente difundida por Guillermo de Orange a través de panfletos y grabados por toda Europa, multiplicó esa cifra hasta convertir al general español en el símbolo de todos los horrores de la Leyenda Negra.

Lo que siguió fue la Guerra de los Ochenta Años (1568-1648), uno de los conflictos más largos y costosos que jamás libró la Monarquía Hispánica. Es fundamental entender que aquellas diecisiete provincias de los Países Bajos no son ni los Países Bajos ni Bélgica actuales: eran un mosaico político y lingüístico donde convivían católicos y protestantes, flamencos y valones, comerciantes urbanos y nobleza rural. La guerra fue, en muchos sentidos, una guerra civil. Las tropas enviadas desde la península nunca superaron los 8.000 hombres; el grueso del ejército real estaba formado por flamencos, italianos, valones y alemanes. Los que se resistieron a Madrid no fueron solo los del norte: en las provincias del sur, la mayoría católica se mantuvo leal a la Corona española durante décadas.

Figuras como Alejandro Farnesio, gobernador de los Países Bajos desde 1578, llevaron a cabo una brillante reconquista diplomática y militar del sur. En enero de 1579, las provincias meridionales católicas firmaron la Unión de Arras, reafirmando su lealtad a Felipe II. Semanas después, las provincias del norte respondieron con la Unión de Utrecht, el embrión de lo que sería la futura República de las Provincias Unidas. La línea que dividió el norte protestante del sur católico es, con leves variaciones, la misma que separa hoy los Países Bajos de Bélgica.

La Furia Española: la herida que tardó cinco siglos en cicatrizar

Hay una fecha que los belgas no olvidan y que los españoles desconocen casi por completo: el 4 de noviembre de 1576. Ese día, los Tercios amotinados en Amberes —soldados que llevaban meses sin cobrar tras la bancarrota española de 1575 y la muerte del gobernador Luis de Requesens, que sumió las provincias en un caos de poder— atacaron y saquearon la ciudad durante varios días en lo que los historiadores conocen como la Furia Española. Según las crónicas, perecieron miles de ciudadanos y más de un millar de viviendas fueron incendiadas. Amberes, que era entonces una de las ciudades más ricas y pobladas de Europa, quedó marcada para siempre.

El episodio fue un desastre político de primer orden para Madrid. Cuatro días después del saqueo, el 8 de noviembre, se firmó la Pacificación de Gante, por la que todas las provincias —incluso las que habían permanecido leales— exigieron la retirada de las tropas españolas. La Furia Española tiró por tierra años de esfuerzo diplomático y militar, y alimentó una campaña propagandística orangista que convirtió a los soldados del rey en el símbolo de la crueldad imperial. Cinco siglos después, el Duque de Alba sigue apareciendo en los libros de texto de los colegios holandeses y belgas como el símbolo del opresor extranjero.

La historiografía reciente ha matizado considerablemente esa imagen. Los soldados amotinados no actuaron siguiendo órdenes de Felipe II, sino en contra de ellas: eran hombres desesperados, hambrientos y sin paga desde hacía meses, que se tomaron por la fuerza lo que la Corona les debía. Pero la tragedia ya estaba consumada, y la leyenda, construida.

De Rubens al Toisón de Oro: la huella cultural que aún perdura

Más allá de las guerras, casi dos siglos de dominio español sobre el sur de los Países Bajos dejaron una huella cultural profunda y recíproca que todavía puede rastrearse hoy en las calles de Bélgica y en los museos de España. Bruselas está llena de vestigios de la Monarquía Hispánica: los escudos de la Corona española pueden verse en la Grand Place, en el ayuntamiento de Amberes, en las iglesias de Brujas y Gante, en el museo de tapices de Oudenaarde.

La gobernación española financió el barroco flamenco. Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II y gobernadora de los Países Bajos junto a su marido el archiduque Alberto, fue la gran mecenas de Pedro Pablo Rubens: el genio de Amberes que llenó las iglesias belgas de ese arte sacro dramático y exuberante que todavía impresiona a los visitantes. Buena parte de esos encargos respondían a una necesidad política y religiosa: redecorar los templos destruidos por los iconoclastas calvinistas y afirmar visualmente la victoria del catolicismo en las provincias del sur. Sin esa conexión española, no habría barroco flamenco tal y como lo conocemos.

La influencia fluyó también en sentido contrario. España se llevó de Bélgica instituciones y símbolos que perduran hasta hoy. La Orden del Toisón de Oro, fundada en 1430 por el duque Felipe el Bueno de Borgoña, fue adoptada por Carlos V y sigue siendo la más alta condecoración de la Corona española: Felipe VI la ostenta como soberano de la orden. La etiqueta de la corte borgoñona —los rígidos protocolos de ceremonial que caracterizaron a la monarquía española durante siglos— llegó a Madrid de la mano de Carlos I. Y el Museo del Prado conserva algunas de las obras maestras del arte flamenco y holandés: Van Eyck, Rogier van der Weyden, El Bosco, Rubens o Brueghel conviven en Villanueva con Velázquez y Goya como resultado directo de ese vínculo imperial.

En Lovaina existió durante siglos un barrio español donde vivían los soldados de los Tercios; en Gante se han documentado los nacimientos de cientos de hijos de militares españoles y mujeres flamencas. La mezcla fue real, y sus rastros persisten en la demografía, el urbanismo y el imaginario colectivo belga.

El fin del Imperio: de Utrecht (1713) a la independencia belga (1830)

La muerte sin heredero de Carlos II en 1700 desencadenó la Guerra de Sucesión Española, el conflicto que, paradójicamente, puso fin al dominio español sobre Bélgica sin que los belgas se rebelaran ni lo pidieran. Los Tratados de Utrecht (1713) y Rastatt (1714) transfirieron los Países Bajos españoles a la rama austriaca de los Habsburgo: lo que había sido posesión de Felipe II pasaba ahora al Emperador de Viena. Los belgas no se independizaron de España; fueron cedidos como pieza de ajedrez en el gran reequilibrio de poderes europeo.

Vendría después la invasión francesa durante las guerras revolucionarias, la incorporación al Imperio napoleónico, y finalmente el Congreso de Viena (1815), que reunió los territorios belgas con los Países Bajos holandeses en un artificial Reino Unido de los Países Bajos bajo la corona de Guillermo I de Orange. La mezcla resultó explosiva. Los belgas del sur, mayoritariamente católicos y francófonos, no se entendían con los holandeses protestantes del norte. En agosto de 1830, estalló la Revolución Belga: inspirada en la revolución de julio que acababa de derribar a Carlos X en Francia, la insurrección se extendió desde Bruselas a todo el país. El 4 de octubre de 1830, Bélgica declaró su independencia.

Las grandes potencias, que habían creado el reino artificial de los Países Bajos para contener a Francia, vieron en una Bélgica independiente y neutral la solución perfecta. En la Conferencia de Londres (1831), bajo la tutela de Gran Bretaña, Austria, Prusia, Rusia y Francia, nació oficialmente el Reino de Bélgica. Su primer monarca fue Leopoldo I de Sajonia-Coburgo, elegido por el Congreso Nacional belga. España, ocupada en sus propias convulsiones dinásticas, reconoció el nuevo estado sin especiales dramatismos.

Dos guerras mundiales y la Europa que lo cambió todo

El siglo XX separó a España y Bélgica por caminos radicalmente distintos. Bélgica fue invadida y ocupada en ambas guerras mundiales: en 1914, el avance alemán a través del país neutral —en violación del Tratado de Londres de 1839— provocó la entrada de Gran Bretaña en la guerra; en 1940, la Wehrmacht aplastó la resistencia belga en dieciocho días. España, en cambio, se mantuvo técnicamente neutral en ambos conflictos. En la Segunda Guerra Mundial, la neutralidad española tuvo sin embargo matices oscuros: la División Azul combatió junto al ejército alemán en el frente oriental entre 1941 y 1943, mientras los belgas resistían bajo ocupación nazi.

La posguerra trazó otra línea de separación fundamental. En 1951, Bélgica fue uno de los seis estados fundadores de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero; en 1957, firmó el Tratado de Roma que creó la CEE. España, gobernada por Franco, quedó excluida de la construcción europea durante décadas. Solo en 1986, once años después de la muerte del dictador y cinco años después del intento de golpe de estado del 23-F, España ingresó en las Comunidades Europeas. Para entonces, Bélgica llevaba treinta y cinco años en el club.

Bruselas se convirtió entretanto en la capital de facto de Europa, sede de la Comisión Europea, el Consejo de la UE y la OTAN. La ciudad que Felipe II había gobernado como capital de sus provincias septentrionales se convirtió en el corazón institucional del proyecto más ambicioso de integración política que el continente ha intentado jamás. Una ironía de la historia que a los historiadores no se les escapa.

Mineros asturianos en las minas de Bélgica: los españoles que hicieron suya Bruselas

Hay una historia de España y Bélgica que no se cuenta con nombres de reyes ni batallas, sino con maletas de cartón y autocares nocturnos que cruzaban los Pirineos. Una historia que tiene el rostro de un minero asturiano llorando al ver cómo la frontera se alejaba por la ventanilla, que se alimenta de la memoria de hombres con los pulmones llenos de polvo de carbón y de mujeres que aprendieron a cocinar fabes entre vecinas valones.

El éxodo económico español hacia Bélgica comenzó formalmente en 1956, cuando Franco firmó con el gobierno belga el primer convenio bilateral de emigración que España rubricaba en la posguerra mundial. El acuerdo era en realidad dos instrumentos entrelazados: un convenio comercial y un acuerdo específico de reclutamiento de mineros. La lógica era brutal en su transparencia: Italia había retirado a sus trabajadores de los pozos belgas tras una serie de accidentes mortales, y Bélgica necesitaba cubrir ese vacío con mano de obra del sur de Europa. España, empobrecida y sin salida industrial suficiente para su excedente demográfico, aceptó el intercambio.

Las condiciones eran exigentes. El contrato obligaba a los españoles a trabajar al menos un año en las minas de carbón antes de poder cambiar de profesión. En la práctica, la estancia media en los pozos era menor: el trabajo bajo tierra era agotador, peligroso y mal retribuido, y muchos buscaban alternativas en la industria o el sector servicios en cuanto podían. El movimiento migratorio se extendió desde ese 1956 hasta 1973, cuando el gobierno belga cerró el grifo de permisos de trabajo para extranjeros como consecuencia de la crisis del petróleo. En ese período, el volumen de españoles en Bélgica alcanzó su máximo histórico: cerca de 67.500 emigrantes registrados en 1970, a los que hay que sumar un contingente similar que había llegado por vías irregulares, que los historiadores estiman en torno al 80% del total.

La geografía de ese éxodo es reveladora. Mientras la emigración española a Alemania se nutría fundamentalmente de extremeños y andaluces, los que se establecieron en Bélgica procedían sobre todo de Asturias. La razón tiene su lógica: los asturianos eran mineros de oficio, con experiencia en los pozos del Nalón y el Caudal, y eso los hacía especialmente valorados por las empresas carboníferas de Lieja, Charleroi y el Borinage. Bruselas se convirtió así en la capital extraoficial de la diáspora asturiana en Europa, y así sigue siendo: el Centro Asturiano de Bruselas, con sede en el Boulevard du Midi, es el principal núcleo de asturianos en el exterior dentro del continente europeo. En Lieja existe asimismo el Centro Cultural Asturiano, testimonio de que la huella asturiana en Bélgica no se redujo a la capital.

Aquellos hombres y mujeres no llegaron solo a trabajar. Llegaron también, muchos de ellos, huyendo de algo. Bélgica acogió dos oleadas distintas de exiliados españoles. La primera fue la del exilio de la guerra civil: más de cinco mil niños españoles fueron evacuados a territorio belga entre 1937 y 1939 para ponerlos a salvo de los bombardeos; de los que llegaron a Lieja, muchos acabarían viviendo en el polígono minero de Oostduinkerke. La segunda oleada fue la de la emigración económica de los años cincuenta y sesenta, mayoritariamente asturiana, que se superpuso sobre la primera y creó comunidades con memoria política densa: mineros que habían militado en el sindicato antes de cruzar la frontera, familiares de represaliados, hombres que no podían regresar porque tenían antecedentes en los ficheros de la Guardia Civil.

Esa doble condición —emigrantes económicos y exiliados políticos— dotó a la comunidad española en Bélgica de una vitalidad antifranquista que no tuvo parangón en otros países de acogida. El Club García Lorca de Bruselas fue durante décadas uno de los centros más activos de resistencia al régimen: organizaba mítines de solidaridad, recaudaba fondos para los presos políticos españoles y sus familias, y difundía documentación sobre las violaciones de derechos humanos en España ante las instituciones europeas. La cercanía de las sedes comunitarias europeas y la tradición belga de asilo político convertían a Bruselas en un megáfono incomparable. Cuando en la primavera de 1962 estallaron las huelgas mineras de Asturias, una de las primeras manifestaciones de solidaridad en Europa tuvo lugar precisamente en Bruselas y en otras ciudades belgas donde vivían los compatriotas de los huelguistas.

Una de las descripciones más evocadoras de aquel éxodo la dejó un periodista que entrevistó a los emigrantes en los barrios obreros de Bruselas: entre los hombres había muchos mineros asturianos que lloraban al pasar en autocar la frontera en los Pirineos. Los viajes duraban días. A veces se acababa la comida y tenían que alimentarse parando a coger uvas a la vera del camino. Llegaban a un país desconocido, donde no entendían la lengua, a trabajar en condiciones que en muchos casos superaban en dureza a las de los pozos del Nalón. El desarraigo era lo que uno de los testimonios recogidos definió como una especie de terremoto bajo tus pies: una sensación de estar excluido de uno mismo, que ni el trabajo ni los años lograban extinguir del todo.

Con el retorno de la democracia a España y la mejora de las condiciones económicas tras el ingreso en la CEE en 1986, muchos de esos emigrantes volvieron. Otros se quedaron, enraizados en barrios de Bruselas donde se podía vivir durante semanas sin hablar otra lengua que el asturiano o el castellano, donde los restaurantes tenían sidra en la carta y los bares ponían el telediario español por satélite. Sus hijos y nietos —la segunda y tercera generación— son hoy ciudadanos belgas plenamente integrados, muchos de ellos funcionarios de las instituciones europeas que tienen su sede en la misma ciudad donde sus abuelos llegaron con una maleta y un contrato de minero. El arco de la historia, a veces, es capaz de estas ironías perfectas.

Bruselas, capital del independentismo catalán: cuando la historia regresó

La última gran intersección entre la política española y Bélgica ocurrió el 28 de octubre de 2017, cuando el expresident de la Generalitat de Catalunya, Carles Puigdemont, aterrizó en Bruselas horas después de que el Senado español aprobara la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Puigdemont eligió Bélgica con deliberada precisión: no era un refugio impulsivo, sino una decisión estratégica y jurídicamente calculada.

La elección respondía a varios factores. Bélgica tiene una de las tradiciones garantistas más arraigadas de Europa en materia de extradición. Desde el siglo XIX, cuando Napoleón III presionó al joven Estado belga para que entregara a los disidentes franceses que huían de su golpe de Estado y Bruselas se negó, el país ha mantenido una doctrina de asilo político que prioriza el examen de fondo de las acusaciones. Karl Marx y Victor Hugo vivieron su exilio en Bruselas. La misma ciudad que fue capital del Imperio español durante siglos se convertía ahora en refugio del líder del movimiento que aspiraba a separar una región de España.

El resultado fue años de tensión jurídica y diplomática entre Madrid y Bruselas. Los tribunales belgas rechazaron o limitaron en varias ocasiones las euroórdenes emitidas por el Tribunal Supremo español, argumentando que los delitos imputados no tenían equivalente en el derecho belga o que concurría el riesgo de vulneración de garantías procesales. La justicia belga desestimó, por ejemplo, la euroorden contra el exconseller Lluís Puig al concluir que el delito de desobediencia imputado no contempla pena de prisión en la legislación belga. Un Estado miembro de la Unión Europea rechazaba entregar a un acusado a otro Estado miembro: una fisura que reveló las contradicciones del espacio judicial europeo y que alimentó el debate sobre si la euroorden puede convertirse en instrumento de persecución política.

La paradoja es históricamente densa. Bélgica fue durante dos siglos una posesión española gobernada desde Madrid. En el siglo XXI, se ha convertido en el escenario desde el que la política española se proyecta hacia Europa con una intensidad que no tiene precedentes desde la época de los Habsburgo.

Similitudes y diferencias políticas

Pocas comparaciones en la política europea resultan tan reveladoras como la que puede hacerse entre España y Bélgica. Son dos monarquías constitucionales, dos democracias parlamentarias con fuertes tensiones territoriales internas, dos países donde el debate sobre la identidad nacional y la organización del Estado domina la agenda política desde hace décadas. Y sin embargo, sus soluciones son radicalmente distintas.

Dimensión España Bélgica
Forma de Estado Monarquía parlamentaria. Rey Felipe VI (Casa Borbón) Monarquía parlamentaria federal. Rey Felipe (Casa Sajonia-Coburgo). Ambos países comparten un rey llamado Felipe.
Modelo territorial Estado de las Autonomías (17 CC.AA. + 2 ciudades autónomas). Descentralización amplia pero sin federalismo formal Estado federal desde 1993. Doble estructura: 3 regiones (Flandes, Valonia, Bruselas-Capital) y 3 comunidades lingüísticas (flamenca, francesa, germana). 6 parlamentos regionales/comunitarios
Tensión territorial Conflicto catalán (independentismo, aplicación art. 155 en 2017, proceso de normalización desde 2021). Tensión menor en País Vasco División estructural Flandes-Valonia. Vlaams Belang y N-VA defienden la independencia o confederalización de Flandes. Riesgo real de escisión del Estado belga debatido públicamente
Espectro político dominante PSOE (centroizquierda) – PP (centroderecha) como ejes. Ascenso de Vox (derecha radical) y Sumar (izquierda). Pluralismo de partidos regionalistas Flandes: N-VA (derecha autonomista) y Vlaams Belang (extrema derecha) dominantes. Valonia: PS (socialdemócratas) y MR (liberales). Bruselas: pluralismo francófono. Sin partidos verdaderamente nacionales
Extrema derecha Vox obtuvo el 12,4% en las generales de 2023. Excluido del gobierno central pero en coaliciones regionales con PP Vlaams Belang fue la mayor fuerza en Flandes en junio de 2024 pero quedó excluido del gobierno por el cordón sanitario. El actual primer ministro Bart De Wever (N-VA) gobierna sin Vlaams Belang
Gobernabilidad Gobiernos de coalición habituales desde 2015. Cuatro elecciones generales entre 2015 y 2019. Gobierno Sánchez apoyado en partidos de muy diverso signo Récord mundial de tiempo sin gobierno: 541 días (2010-11) y 493 días (2019-20). La coalición de De Wever tardó meses en formarse tras las elecciones de junio de 2024. La negociación interlingüística es estructuralmente bloqueante
Relación con Europa Miembro de la UE desde 1986. Europeísta por construcción histórica: el ingreso en la CEE fue parte de la consolidación democrática Miembro fundador de las Comunidades Europeas (1951, 1957). Sede de las instituciones de la UE y de la OTAN. La europeidad forma parte del ADN nacional
Monarquía Felipe VI con popularidad variable; debates republicanos presentes pero minoritarios Felipe de Bélgica con 68% de apoyo a la monarquía (encuesta Ipsos, 2024). La institución actúa como símbolo de unidad en un país profundamente fragmentado

La diferencia más estructural entre ambos países es el grado de federalización. Bélgica ha llevado al límite la descentralización: sus comunidades y regiones tienen competencias tan amplias en educación, sanidad, cultura, empleo y relaciones exteriores que muchos analistas hablan de un confederalismo de facto. España, pese a tener uno de los Estados más descentralizados del mundo en términos comparados, mantiene formalmente un modelo autonómico con importantes competencias en manos del Estado central. En ciertos aspectos —la lengua como frontera de la identidad política, la coexistencia de partidos independentistas en el gobierno nacional— el parecido es asombroso. Pero mientras en España la tensión se canaliza (con enorme dificultad) dentro de un marco constitucional unitario, en Bélgica la cuestión de si el país seguirá existiendo tal y como lo conocemos forma parte del debate político ordinario.

Hay otra similitud que merece atención: ambos países son monarquías con un rey llamado Felipe. Felipe VI en Madrid, Felipe de Sajonia-Coburgo en Bruselas. Dos coronas que comparten nombre pero cuyas trayectorias divergieron hace más de tres siglos, cuando los Tratados de Utrecht separaron las ramas española y austriaca de los Habsburgo. Una coincidencia que Carlos V, nacido en Gante, hubiera encontrado perfectamente lógica.

El historial deportivo: pocas batallas, mucha historia

El historial futbolístico entre ambas naciones tiene un capítulo grabado en la memoria colectiva española. En los cuartos de final del Mundial de México 1986, España y Bélgica empataron 1-1 en el tiempo reglamentario y la prórroga. En la tanda de penaltis, los belgas se impusieron 5-4 y eliminaron a la Roja en uno de los duelos más recordados y dolorosos de la historia del fútbol español. Cuatro años después, en Italia 1990, España se tomó la revancha y venció 2-1 a Bélgica en la fase de grupos. El primer choque oficial entre ambas selecciones, sin embargo, fue aún más antiguo: en los cuartos de final de los Juegos Olímpicos de Amberes 1920 —celebrados en la misma ciudad donde tuvo lugar la Furia Española trescientos cuarenta y cuatro años antes—, Bélgica derrotó a España 3-1, aunque la selección española lograría la medalla de plata en aquel torneo.

Esta noche, en el SoFi Stadium de Los Ángeles, España llega como favorita: invicta en el torneo, sin encajar un solo gol, con Lamine Yamal y Pedri como estandartes de una generación que aspira a repetir el oro de Sudáfrica 2010. Bélgica llega crecida tras eliminar a los Estados Unidos en octavos con una exhibición de Charles De Ketelaere y Lukaku. El partido perfecto que pedía el propio Lukaku para tumbar a España.

Más que un partido: cinco siglos de historia en noventa minutos

Cuando esta noche suene el himno belga en Los Ángeles y los jugadores de ambas selecciones se alineen en el campo, pocos de los setenta mil espectadores del SoFi Stadium pensarán en el Duque de Alba, en la Pacificación de Gante, en el Toisón de Oro o en Puigdemont en Bruselas. El fútbol comprime la historia en noventa minutos de emoción pura.

Pero la historia está ahí, incrustada en los escudos de la Grand Place, en las salas del Prado donde cuelgan los Rubens, en las calles de Lovaina donde hubo un barrio español, en los archivos de los tribunales belgas que debatieron durante años si las euroórdenes españolas merecían ser ejecutadas, y en los bares del Boulevard du Midi donde todavía se sirve sidra asturiana y el telediario llegaba por satélite cuando los mineros del Nalón envejecían lejos de casa. España y Bélgica no son naciones que se hayan mirado desde lejos a lo largo de los siglos: son dos países que compartieron rey, ejército, arte, exilio, pozos de carbón y un dolor del que no siempre se habla, y que han construido democracias que se parecen más de lo que sus propios ciudadanos suelen reconocer.

Carlos I de España nació en Gante. Esta noche, en Los Ángeles, el nieto político de su herencia dinástica —el rey Felipe VI— mirará cómo la Roja lucha por un puesto en semifinales. En Bruselas, donde los escudos de la Monarquía Hispánica adornan la Grand Place, el rey Felipe de Bélgica hará lo propio con los Diablos Rojos. Dos reyes llamados Felipe. Dos naciones que llevan cinco siglos sin poder ignorarse.

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