Portugal acude hoy a las urnas en un clima de expectación inusual. Los ciudadanos eligen al sucesor de Marcelo Rebelo de Sousa, el presidente que durante una década personificó la estabilidad institucional del país. Con el final de su segundo y último mandato, se abre un escenario nuevo: once candidatos compiten por un liderazgo que, más allá de su función simbólica, servirá como espejo del reordenamiento político portugués tras años de transformación económica, tensiones sociales y fragmentación partidaria.
Todo indica que ningún aspirante alcanzará el 50% necesario para evitar una segunda vuelta, prevista para el 8 de febrero. Las encuestas muestran una carrera abierta, con márgenes de diferencia dentro del error estadístico y una elevada bolsa de indecisos que podría definir el resultado. Este panorama no sólo refleja la fragmentación del electorado portugués, sino también la erosión del bipartidismo histórico que durante décadas alternó el poder entre el Partido Socialista (PS) y el Partido Social Demócrata (PSD).
Fragmentación y nuevos equilibrios
Lo más relevante de este ciclo electoral es la coexistencia de tres polos competitivos que reflejan una transición política más amplia: el centroizquierda institucional, el liberalismo reformista y la derecha populista. A su alrededor orbitan candidaturas tradicionales o independientes que buscan hacerse un espacio en un panorama cada vez más complejo y atomizado.
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António José Seguro (PS, 25,1%): exlíder socialista y favorito para encabezar la primera vuelta. Representa la continuidad institucional y el perfil moderado del centroizquierda portugués. Su discurso busca estabilidad y conciliación, pero podría tener dificultades para movilizar a votantes jóvenes o descontentos.
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André Ventura (Chega, 23,0%): encarna el crecimiento de la ultraderecha nacionalista. Su mensaje, centrado en inmigración, seguridad y valores tradicionales, conecta con el malestar social y con zonas periféricas alejadas de Lisboa y Oporto. Sin embargo, su estilo polarizador limita sus opciones de ampliar apoyos más allá de su base.
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João Cotrim de Figueiredo (Iniciativa Liberal, 22,3%): símbolo del nuevo liberalismo portugués, con un discurso económico modernizador y enfoque técnico. Logra atraer a sectores urbanos, jóvenes profesionales y votantes del PSD decepcionados, configurando la consolidación del liberalismo como una fuerza de alcance nacional.
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Henrique Gouveia e Melo (Independiente, 11,6%): prestigioso exalmirante recordado por su papel en la campaña de vacunación contra la COVID‑19. Su perfil cívico y apolítico le da credibilidad, aunque carece del aparato partidario necesario para disputar los primeros puestos.
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Luís Marques Mendes (PSD, 11,5%): representante del conservadurismo tradicional. A pesar de su experiencia y reputación institucional, se ha visto desplazado por opciones más carismáticas o disruptivas, reflejo de la pérdida de centralidad del PSD.
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Catarina Martins (Bloco de Esquerda, 2,2%): mantiene una candidatura testimonial con escaso eco social. El espacio del progresismo alternativo atraviesa un momento de dispersión y falta de movilización.
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João Ferreira (CDU, 2,4%): candidato comunista con base leal, aunque sin capacidad para romper el techo histórico de su electorado. La izquierda radical llega debilitada y sin narrativa unificadora.
Lo que está en juego
La presidencia portuguesa mantiene un poder formal limitado, pero su papel de árbitro constitucional y su capacidad de influencia simbólica resultan decisivos. En un momento de fatiga social y polarización ideológica, el perfil del futuro presidente puede definir el tono político de los próximos años y, en cierta medida, mediar entre una agenda liberal renovadora y una presión populista en ascenso.
Los modelos de probabilidad sugieren que António José Seguro y André Ventura son los mejor posicionados para acceder al ballottage. Sin embargo, la pugna está lo suficientemente abierta como para que João Cotrim de Figueiredo pueda alterar ese desenlace si logra movilizar al voto urbano y abstencionista. El factor de participación, tradicionalmente bajo en presidenciales (en torno al 50 – 55 %), podría ser determinante.
Portugal y el espejo europeo
El caso portugués se inscribe en un patrón europeo de volatilidad electoral, donde la estabilidad tradicional da paso a un electorado más imprevisible y pragmático. El auge de Chega sitúa a Portugal en la misma dinámica que Francia, Italia u Holanda, mientras que la consolidación liberal introduce un matiz propio: un liberalismo cívico, proeuropeo y desideologizado que desborda al PSD.
Así, la elección no sólo decidirá la figura del próximo presidente, sino también el rumbo del sistema político portugués: si se reafirma el modelo institucional moderado heredado de Rebelo de Sousa o si emerge un nuevo equilibrio entre fuerzas liberales, populistas y tecnocráticas.

























































































































































































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