Un aeropuerto sin aviones, inaugurado con una estatua de su promotor de más de veinte metros en la puerta. Un humorista elegido alcalde de Reikiavik tras prometer un oso polar para el zoo. Un partido canadiense que ofrecía derogar la ley de la gravedad. Quince elecciones generales desde la Constitución de 1978, y una decimosexta el 29 de noviembre, dan para todo: promesas que cambiaron el país, promesas que se evaporaron antes de que se enfriara el escrutinio y promesas que nunca estuvieron hechas para cumplirse.
La sospecha de que las promesas electorales son papel mojado es casi tan antigua como el voto. La realidad, sin embargo, es más matizada que el tópico: diversos estudios académicos, entre ellos uno del Centro de Investigaciones Sociológicas sobre los gobiernos en minoría, han cuestionado que el incumplimiento sea la norma. Lo que sigue no es un balance estadístico, sino un recorrido por lo que se prometió, cómo sonaba entonces y en qué quedó: primero lo que parecía imposible y se hizo, después lo que sonaba bien y no llegó, luego lo que ni siquiera parecía hecho para cumplirse y, al final, una vuelta al mundo por el catálogo universal del disparate.
Ocho promesas españolas, ocho desenlaces
PSOE (centroizquierda)
El paro superó el 21 % de la población activa a mediados de la década.
PP (centroderecha)
La mili se suspendió el 31 de diciembre de 2001, un año antes de lo previsto.
PSOE (centroizquierda)
Orden de retirada el 18 de abril; el último soldado salió el 21 de mayo de 2004.
PSOE (centroizquierda)
A finales de 2011 había 5,27 millones de parados.
PP (centroderecha)
El IRPF subió a final de 2011 y el IVA en septiembre de 2012.
PSOE (centroizquierda)
Se ejecutó el 24 de octubre de 2019.
PSOE (centroizquierda) y Unidas Podemos (izquierda)
La reforma de diciembre de 2021 recuperó parte de los derechos, pero no la derogó por completo.
Sumar (izquierda)
Nunca se aprobó.
Promesas contundentes que parecían utópicas y se acabaron aplicando
Cuando España solicitó el ingreso en las Comunidades Europeas, el 28 de julio de 1977, la dictadura llevaba menos de dos años enterrada y el país era una economía muy protegida, con una renta por habitante muy alejada de la comunitaria. Prometer Europa sonaba a prometer la Luna. Pero fue una de las pocas apuestas compartidas por casi todo el arco político, y tras ocho años de negociación, con el tratado firmado el 12 de junio de 1985, España se convirtió en miembro de pleno derecho el 1 de enero de 1986.
Una década después llegó la segunda gran apuesta europea. En 1996, José María Aznar y su ministro de Economía, Rodrigo Rato, aseguraron que España formaría parte del grupo fundador del euro, cuando el propio Aznar situaba el déficit público cerca del 7 % del PIB al llegar al Gobierno y no pocos analistas europeos dudaban de que los países del sur pudieran lograrlo. En mayo de 1998, España fue admitida entre los once países de la primera hora.
El PP ofreció también en 1996 suprimir el servicio militar obligatorio, una institución universal desde 1912 que había marcado la vida de generaciones de españoles. La idea contaba con un amplio consenso y quedó reforzada en el pacto de investidura con CiU de abril de aquel año. La ley de 1999 fijó el final de la mili para finales de 2002; el Gobierno lo adelantó un año y la prestación quedó suspendida el 31 de diciembre de 2001.
El euro y el fin de la mili: dos promesas de 1996 que parecían imposibles y se cumplieron.
La promesa más rápida de cumplir fue también una de las más divisorias. Durante la campaña de 2004, José Luis Rodríguez Zapatero se comprometió a retirar las tropas de Irak si Naciones Unidas no asumía el control de la situación antes del 30 de junio. Tras ganar las elecciones no esperó a esa fecha: el 18 de abril, a los pocos días de tomar posesión, ordenó el regreso de los 1.300 soldados desplegados, y el último salió de territorio iraquí el 21 de mayo.
El programa socialista de 2004 incluía otra propuesta que un cuarto de siglo antes habría parecido ciencia ficción: permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo. La ley se aprobó en junio de 2005 y entró en vigor el 3 de julio, y España se sumó a los primeros países del mundo en reconocerlo, tras los Países Bajos y Bélgica y a la par que Canadá. El PP la recurrió ante el Tribunal Constitucional, que la avaló el 6 de noviembre de 2012.
Otras promesas tuvieron que esperar mucho más. Durante cuatro décadas ningún Gobierno de la democracia se atrevió a sacar al dictador del Valle de los Caídos. Pedro Sánchez la prometió en junio de 2018, nada más llegar a La Moncloa, y la ejecutó el 24 de octubre de 2019, dieciséis meses después y tras una larga batalla judicial de la familia Franco.
En el terreno económico, el pacto presupuestario de 2018 entre el PSOE y Unidas Podemos fijó un salario mínimo de 900 euros mensuales para 2019, un 22,3 % más de golpe, la mayor subida interanual de la serie reciente. Desde entonces no ha dejado de subir: pasó de 735,9 euros en 2018 a 1.221 en 2026, un aumento del 66 %.
Salario mínimo interprofesional, euros al mes en 14 pagas
Fuente: reales decretos anuales de fijación del salario mínimo interprofesional (el de 2026, Real Decreto 126/2026).
También cambió de rumbo la política de pensiones: la ley del 28 de diciembre de 2021 derogó el índice de 2013, que fijaba una subida mínima del 0,25 %, y devolvió la revalorización con el IPC. Ese mismo año entró en vigor la ley de la eutanasia, el 25 de junio, un debate abierto desde que el caso de Ramón Sampedro conmovió al país en 1998.
Irak: orden de retirada a los pocos días de llegar al Gobierno y repliegue completo en poco más de un mes.
Promesas pintorescas que nunca llegaron a aplicarse
En la campaña de 1982, el PSOE de Felipe González prometió 800.000 puestos de trabajo. El programa hablaba de 800.000 empleos netos en cuatro años; la cifra se convirtió en proverbio y en la vara con la que la oposición midió durante años cada compromiso socialista. El paro, lejos de bajar, rebasó el 21 % de la población activa a mediados de la década.
El pleno empleo es, de hecho, el clásico de los clásicos. Aznar lo formuló en 2000, con un mercado laboral que mejoraba a gran velocidad, y llegó a rozarlo sin alcanzarlo. El programa del PSOE de 2008 llevaba por epígrafe «Hacia el pleno empleo»; unos meses después estalló una crisis que dejó a España con 5,27 millones de parados a finales de 2011. Su vicepresidente económico, Pedro Solbes, acabaría describiéndolo como una ambición más que como una previsión técnica.
El pleno empleo se prometió desde la derecha y desde la izquierda. Nadie lo ha alcanzado.
El incumplimiento más célebre de la derecha llegó en diciembre de 2011. Mariano Rajoy había hecho campaña prometiendo bajar los impuestos y, apenas nueve días después de tomar posesión, su Gobierno aprobó un recargo en el IRPF, alegando que el déficit de 2011 sería del 8 %, dos puntos más de lo previsto. El 1 de septiembre de 2012 subió también el IVA.
El Plan Hidrológico Nacional de 2001, con el trasvase de agua del Ebro hacia Cataluña, el Levante y Almería, fue la gran apuesta hidráulica del PP. Las obras llegaron a iniciarse en febrero de 2004, pero el 18 de junio de aquel año el nuevo Gobierno socialista derogó el trasvase por real decreto-ley y lo sustituyó por el programa A.G.U.A., basado en plantas desaladoras.
La campaña de 2023 fue el festival de la puja. A principios de julio, en plena campaña de las generales, Yolanda Díaz propuso para Sumar una «herencia universal»: 20.000 euros para cada joven al cumplir los 18 años, que se cobrarían a los 23 tras un proceso de acompañamiento, con un coste de unos 10.000 millones de euros anuales financiados con impuestos a las grandes fortunas. La idea tiene pedigrí: ya la formuló Thomas Paine en 1795. Pedro Sánchez ofreció matrícula universitaria gratuita para quien aprobara a la primera y transporte público gratis hasta los 24 años; Alberto Núñez Feijóo, 44.000 millones de euros para «traer el agua adonde no la hay». El PP no llegó al Gobierno, de modo que su promesa nunca se puso a prueba. Un balance publicado por El Español el 6 de octubre de 2026 recuerda que ni la gratuidad universitaria ni la del transporte se han generalizado. La herencia universal, por su parte, tampoco se aprobó.
Más reciente, y bastante más terrenal, es la reducción de la jornada laboral a 37,5 horas semanales sin pérdida de salario, la medida estrella de Díaz. El 10 de septiembre de 2025, el Congreso la devolvió al Gobierno: las enmiendas de totalidad de PP, Vox y Junts, con el apoyo de UPN, salieron adelante por 178 votos frente a 170. La jornada máxima sigue en 40 horas.
Promesas estrambóticas
Hay promesas que no se incumplen porque nunca estuvieron pensadas para cumplirse. Pertenecen a otro género: el de la campaña como espectáculo, en el que la ocurrencia compite con el programa y casi siempre gana en titulares.
El mejor ejemplo del género llegó en las elecciones europeas de 1989. José María Ruiz-Mateos, el empresario cuyo imperio, Rumasa, había expropiado el Gobierno de Felipe González y que estaba huido de la justicia, concurrió con una agrupación propia y un lema que no figura en ningún manual de comunicación: «¡Que me votes, leche!». Obtuvo el 3,84 % de los votos y dos escaños. El resultado le dio inmunidad parlamentaria y, según se dijo entonces, contribuyó a que González adelantara las generales a octubre. Manuel Fraga lo interpretó como un voto de protesta que los partidos no habían sabido recoger.
Dos años después, el 26 de mayo de 1991, Jesús Gil y Gil, presidente del Atlético de Madrid, arrasó en Marbella con el 65,7 % de los votos y 19 de los 25 concejales. Su programa se reducía a limpiar la ciudad de delincuencia menor y llenarla de obras ornamentales, y su campaña la resumió él mismo con una franqueza poco común en política. En 1999, su partido, el GIL, llegó a defender en Ceuta la posibilidad de convertir la ciudad en un paraíso fiscal.
«Me presento para vender más pisos», decía Jesús Gil en la campaña de 1991.
A veces la excentricidad llega desde el poder. El 12 de diciembre de 2007, el Gobierno de Aragón, presidido por el socialista Marcelino Iglesias, presentó con gran solemnidad Gran Scala: un complejo de ocio en el desierto de Los Monegros con 32 casinos, cinco parques temáticos, una ciudad para 100.000 habitantes y una inversión de 17.000 millones de euros, a las puertas de un municipio de apenas seiscientos vecinos. Se anunció la primera piedra para septiembre de 2008. Nunca se colocó.
El caso más gráfico se inauguró el 25 de marzo de 2011, semanas antes de unas elecciones municipales: el aeropuerto de Castellón, con un coste de unos 150 millones de euros y ni una sola aerolínea dispuesta a operar en él. Su impulsor, Carlos Fabra, entonces presidente de la Diputación, respondió a las críticas diciendo que quien lo llamaba locura no había entendido nada. En la entrada se alzó una estatua suya, con un avión sobre la cabeza, que costó 300.000 euros. Los permisos de vuelo llegaron en diciembre de 2014 y el primer vuelo comercial aterrizó en septiembre de 2015. Hay un epílogo que nadie habría apostado en 2011: el «aeropuerto fantasma» cerró 2025 con 318.309 pasajeros y en julio de 2026 registró el mejor mes de su historia, con 49.250.
En 2012, la Comunidad de Madrid, con Ignacio González al frente, prometió 250.000 empleos con Eurovegas, el complejo de casinos que el magnate Sheldon Adelson iba a levantar en Alcorcón. El Gobierno regional accedió a muchas de sus peticiones, entre ellas rebajar la tributación de los casinos del 45 % al 1 %. El Ayuntamiento de Alcorcón abrió una oficina para recoger currículos y recibió unos 25.000 de aspirantes a un proyecto que todavía no existía. En diciembre de 2013, Adelson lo retiró después de que el Gobierno central rechazara por ilegales algunas de sus exigencias.
La última entrega del género es de 2024. Luis «Alvise» Pérez, al frente de la agrupación de electores Se Acabó La Fiesta, logró tres escaños y más de 800.000 votos en las europeas sin un programa escrito. Entre sus compromisos de campaña estaban sortear su sueldo de eurodiputado entre los lectores de su boletín y renunciar al coche oficial, un privilegio que, según precisó el Parlamento Europeo a Maldita.es, sus miembros no tienen.
Prometió renunciar a un coche oficial que el Parlamento Europeo dice que no existe.
Promesas estrambóticas del mundo
Si España tiene sitio para un aeropuerto sin aviones, el resto del planeta lo tiene para casi todo. La geografía del disparate electoral es universal y la ideología importa poco: los hay de izquierda, de derecha, de ninguna parte y de broma.
Cuando el chiste se presenta a las elecciones
En 2010, el humorista Jón Gnarr fundó en Islandia el Mejor Partido, una formación nacida para parodiar a la política, y ganó las municipales de Reikiavik con el 34,7 % de los votos y seis de los quince concejales. Su programa incluía toallas gratis en todas las piscinas, un oso polar para el zoo, un parque de atracciones al estilo de Disneylandia junto al aeropuerto y un Parlamento «sin drogas» en 2020. Según su propia plataforma, podía ofrecer más cosas gratis que nadie porque no pensaba cumplir ninguna. Para formar gobierno exigió a sus socios que hubieran visto las cinco temporadas de la serie The Wire; los socialdemócratas lo hicieron y entraron en el gobierno de la ciudad. Gnarr fue alcalde hasta 2014.
Toallas gratis en todas las piscinas y un oso polar para el zoo de Reikiavik.
Canadá tuvo su propia versión durante tres décadas. El Partido del Rinoceronte, registrado entre 1963 y 1993, tenía como líder a Cornelio I, un rinoceronte del zoo de Granby, y como promesa primordial la de no cumplir ninguna. Ofreció derogar la ley de la gravedad, financiar la enseñanza superior construyendo escuelas más altas, asfaltar la bahía de Fundy para hacer aparcamiento y derribar las Montañas Rocosas para que los habitantes de Alberta pudieran ver la puesta de sol sobre el Pacífico. Nunca logró un escaño, pero sus propuestas sobreviven como el mejor espejo de las ajenas.
Derogar la ley de la gravedad.
Constructores de puentes, muros y paisajes
Boris Johnson tiene un currículum propio en el género. Como alcalde de Londres respaldó un puente-jardín sobre el Támesis que se canceló en 2017, tras decenas de millones gastados en planes, y un aeropuerto en el estuario del río, apodado «la isla de Boris», que nunca despegó. Como ministro de Exteriores insinuó un puente sobre el canal de la Mancha y, ya como primer ministro, en septiembre de 2019 pidió a sus funcionarios que estudiaran un puente entre Escocia e Irlanda del Norte, una idea que defendía el partido unionista norirlandés y con la que volvió a coquetear tras ganar las generales de diciembre. Él mismo lo valoró en unos 15.000 millones de libras; un informe encargado por su propio Gobierno desaconsejó una conexión fija.
Donald Trump hizo de un muro el eje de su campaña de 2016, con una fórmula que repetía en los mítines: preguntaba a la multitud quién iba a pagarlo y la multitud respondía a gritos «¡México!». «Al cien por cien», aseguraba. México no pagó nada: según los verificadores de datos y la prensa estadounidense, el proyecto se financió con fondos de Estados Unidos y se levantaron menos de cien millas de muro nuevo. Años después, el propio Trump admitió que no existía un mecanismo legal para obligar a México.
El muro lo pagaría México «al cien por cien». Lo pagó Estados Unidos.
Alemania aportó una de las metáforas más duraderas. El 1 de julio de 1990, en el día en que entraba en vigor la unión monetaria con la República Democrática Alemana, el canciller Helmut Kohl prometió por televisión que el este se convertiría muy pronto en «paisajes florecientes». Había asegurado además, en mayo, que no hacía falta subir impuestos para financiar la unidad. Siguieron la desindustrialización y un paro elevado, la expresión pasó a usarse con ironía para criticar su política en el este y se acabó creando un recargo de solidaridad. Con el tiempo, la mayoría de los alemanes ha llegado a valorar bien la unificación, pero «paisajes florecientes» sigue siendo, en el idioma de Kohl, una frase con mala fama.
Contratos, cartas y decretos sobre el papel
Silvio Berlusconi convirtió la promesa en un acto de televisión. En mayo de 2001, sentado ante una mesa en el programa de Bruno Vespa, firmó un «contrato con los italianos» con cinco compromisos, uno de ellos la creación de 1,5 millones de empleos. Un análisis de lavoce.info recogido por la prensa italiana cifró en 71.000 el saldo neto de empleo en sus tres etapas de gobierno. En 2013 llevó la fórmula al límite: prometió suprimir el impuesto municipal sobre la vivienda, el IMU, que su propio Gobierno había abolido en 2008 y Mario Monti había restablecido, y devolver en efectivo lo pagado en 2012, unos 4.000 millones de euros. Envió además millones de cartas con aspecto de comunicación oficial que anunciaban el reembolso, una iniciativa que sus rivales denunciaron.
Dinamitar bancos y derrotar a Bruselas
En 2023, el entonces candidato argentino Javier Milei prometió dolarizar la economía y cerrar el Banco Central: «no es una metáfora, lo quiero dinamitar», dijo. Los balances publicados sobre su primer año anotan que cumplió una parte decisiva de su programa, el equilibrio fiscal, pero que la dolarización seguía pendiente y el Banco Central, abierto.
A Grecia le tocó la versión de izquierdas. SYRIZA llegó al Gobierno en enero de 2015 prometiendo terminar con los programas de austeridad pactados con la troika. El 5 de julio, el referéndum rechazó con un 61,3 % de «no» las condiciones de los acreedores. Una semana después, Alexis Tsipras aceptó un tercer rescate de 86.000 millones de euros que incluía buena parte de lo que había rechazado.
Seis promesas del mundo, seis desenlaces
CDU (democracia cristiana)
Desindustrialización y paro alto en los noventa; hoy la mayoría valora la unificación.
Forza Italia (centroderecha)
Saldo neto estimado de 71.000 empleos en sus tres Gobiernos.
SYRIZA (izquierda radical)
Referéndum del «no» el 5 de julio; tercer rescate aceptado una semana después.
Partido Republicano (conservadurismo)
Lo financió Estados Unidos; se levantó menos de cien millas de muro nuevo.
Partido Conservador (conservadurismo)
Un informe oficial desaconsejó la conexión fija.
La Libertad Avanza (libertarismo)
Según los balances publicados, el peso sigue circulando y el Banco Central sigue abierto.
Mirado desde lejos, el catálogo tiene una lógica. Las promesas que se cumplieron tenían casi siempre un responsable claro (el propio Gobierno), un instrumento concreto (un decreto, una ley, una orden de repliegue) y, a menudo, un ancla externa que empujaba en la misma dirección, como el calendario del euro. Las que se quedaron en nada eran con frecuencia pronósticos disfrazados de compromisos, como los 800.000 empleos o el pleno empleo, o dependían de mayorías, mercados, inversores o de otro país, como el México del muro o la Bruselas de Tsipras, que ningún candidato controla. Y las estrambóticas, de Marbella a Reikiavik, son otra cosa: su objetivo rara vez es gobernar, es ocupar la conversación, y algunas, como se ha visto, lo consiguen con creces. A siete semanas de las generales del 29 de noviembre, quien lea los programas con ese filtro, preguntándose quién decide, con qué instrumento y qué ocurre si otros no quieren, dispondrá de una brújula más fiable que la memoria de agravios.





















































































































































































































































































































































































































































































































































































































