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Todo a mi alrededor habla de colapso  


RKO73
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(@rko73)
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VIRGINA SOLER (BIRCH) // Hace ya tiempo que percibo claramente la sensación de derrumbamiento. De decadencia. De imposibilidad material, de ausencia de sentido, de valores; de carrera atropellada hacia un límite funesto. Cada día es un poco más tangible. Adonde mire, la realidad adquiere las formas huidizas de la aceleración y bajo los pies la tierra ha cesado de ascender, se ha estrechado en una cima efímera, y ahora se precipita al vacío.

No puedo ignorarlo por más tiempo: intento detenerme. Todo sigue girando, demasiado rápido. Puedo apenas comprender la complejidad de este mundo, discernir entre lo que es cierto y lo que no, posar mis ojos sobre algo duradero, demorarme. La tranquilidad no existe, todo es vértigo. También yo. No cabe duda, estoy cayendo, soy parte de ese torbellino, de ese flujo frenético. Lo acepto y me dispongo a ir cuesta abajo, de momento. Pero eso no quiere decir que esté conforme.

Esa es, en resumidas cuentas, la razón por la que canto. Y le canto ahora al colapso porque quiero constatar esta conciencia que he visto extenderse como la pólvora en los últimos años, entre las jóvenes de mi generación –alrededor de los veinte– y tanta gente. Gente que conoce la falsedad irrefutable del mito del crecimiento, que siente aún en el paladar la amargura de la última crisis, que mira a sus hijas y sufre; qué mundo les hemos dejado.

 

Escribí Collapse hace exactamente un año, en plena efervescencia del movimiento estudiantil contra la emergencia climática, intuyendo, sin hacer falta mucha imaginación para ello, que se avecinaba una fuerte sacudida. No me habría atrevido a aventurar que iba a ser tan inminente ni que iba a presentarse en forma de pandemia, pero ahí estaba la COVID-19, apenas unos meses después, poniendo de manifiesto tantas limitaciones de este sistema de brutos. Tantas deficiencias de las que se llevaba tiempo alertando. 

El tono que permea la canción se parece al que, a pesar de la conmoción y el pánico, se dejó sentir entre muchas personas durante los primeros meses del confinamiento. La percepción de la crisis es innegable, pero se presenta acaso como una oportunidad, como una fuente valiosa de cambio social. Al hacerse evidentes la precariedad de los servicios públicos, la insolencia de una cadena de producción globalizada que trafica con los bienes esenciales, la importancia de los cuidados y otros sectores olvidados que sostienen nuestras vidas, surge la esperanza de que todo dé un giro.

 

Al vérselas cara a cara con un monstruo cada vez más putrefacto e incapaz de maquillarse, la sociedad se organizará y le dará la espalda, o bien le asestará un golpe mortal. Dejará de creer para creer en otra cosa: ¿no es eso en el fondo lo que desearíamos? ¿No querríamos que el fracaso del orden imperante –pues su salvación es más bien improbable– diera lugar al nacimiento de nuevas ideas, de nuevos proyectos y formas de vida? El colapso sería, pues –anunciado en forma de pandemia y de crisis subsiguientes: energética, climática, migratoria–, un gran reto, pero también, quizás, aquello que nos permitiría abrir los ojos y tomar otro rumbo. Desde el suelo. 

Eso creía yo también. Supongo que, en mi inocencia, presumía un debilitamiento de las estructuras de poder que conforman el sistema, una utópica deriva en que la organización colectiva pudiera reclamar una soberanía arrebatada. Bien: desconozco si ese punto llegará en las próximas décadas, pero el coronavirus, a todas luces, no será su desencadenante.

Esta crisis anuncia un final, una muerte, sí, y un nuevo comienzo; pero uno sobre el que las personas ordinarias no tenemos el menor control. Subestimábamos al capitalismo si creíamos que caería tan fácilmente, que no podría adaptarse. A pesar de los nostálgicos, muere el petróleo, prolifera el Big Data. Muere un viejo modelo insostenible, y me temo que se autoimpone otro que jugará a ser amable, que se pondrá una etiqueta verde de bio, una violeta de feminista, una negra, porque black lives matter, y otra por cada color del arcoíris; que irá comprando la disidencia hasta agotarla, enarbolando la bandera de un progreso que no cabe en este mundo y expulsando mientras tanto a los que sobran; que irá sustituyendo la realidad física por el panóptico de una virtualidad omnipresente, omnividente. 

No es este el caos liberador que imaginé. Pero la caída continúa. Sigo creyendo firmemente en que esta ficción no durará mucho, se le acaba el combustible que la suspende en el aire. Así pues, el colapso es un recurso más válido que nunca: permite imaginar una escapatoria, un final que consiste precisamente en oponerse a la falsa presunción de infinitud, en el espacio y en el tiempo, del neoliberalismo y sus variantes. Aunque parezca que remonta, sigue cayendo. Seguimos cayendo. Tenemos que afrontarlo e invertir toda nuestra fuerza en construir una cultura, una red que nos permita resistir el golpe. Tenemos que conservar ese valor, en la conciencia y en el cuerpo, para mirar al monstruo a los ojos y espetarle que no nos engaña, que sabemos que se desploma. Tomémonoslo como la ocasión de tocar tierra de nuevo.

Es octubre de 2020. Y todo a mi alrededor habla de colapso.

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