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El escándalo del déficit

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A mediados del año pasado, a falta de unos pocos meses para las elecciones, el gobierno adoptó medidas fiscales nunca vistas. Nunca antes a mitad de un año se había enmendado una ley de Presupuestos para rebajar retenciones, devolver parte de pagas extras retiradas años atrás, rebajar tipos impositivos, adelantar rebajas fiscales previstas en principio para el inicio de 2016, adoptar otras medidas que, todas ellas, suponían incremento de gasto o disminución de ingresos, o ambas cosas.

Nunca. Ni siquiera en los primeros tiempos de la crisis, cuando Zapatero regaló millones que no tenía con la vana esperanza de sirvieran para aliviar la situación, en lugar de para agravarla. Nunca.

Desde siempre, por lógica y por seguridad jurídica para los contribuyentes, las medidas fiscales han sido cosa de los Presupuestos, que se elaboran en el verano, se aprueban en el otoño, y se aplican durante todo el año siguiente.  Esto es lo normal, lo lógico, lo único razonable.

Ahora no. En 2015  venían unas elecciones, y había que rebajar a toda prisa una parte de los impuestos elevados entre 2012 y 2014. Así que el gobierno tenía que desandar lo andado para rematar el mensaje que quería transmitir: la economía iba de maravilla gracias a él, y solo él, el PP, debía seguir gobernando para que las cosas continuaran mejorando. Así que ya sabíamos lo que teníamos que votar. Avisados estábamos.

La maravilla económica creada por el Partido Popular (no por la coyuntura internacional, no por la rebaja de los precios de las materias primas, no por el lógico rebote tras el hundimiento) tenía que ser sentida por los ciudadanos, y la única forma era regalarles un poco más de dinero cada mes en las nóminas, para que así supieran a quién tenían que agradecérselo.

Esto ocurría al llegar el verano de 2015. ¿Cuál fue la reacción de la sociedad? Escasísima. Cuatro artículos de prensa, perdidos entre miles, criticaron el mecanismo técnico usado, cinco dijeron que las medidas eran incongruentes con los objetivos de rigor y sensatez en el gasto, doce artículos más señalaron que se trataba de una infamia en términos electorales, y otros cuatro o cinco dijeron que era una locura que nos iba a hacer incumplir los compromisos asumidos con Europa.

El conjunto de la sociedad ni se enteró. Eran cosas técnicas…

Llegaron las elecciones, y el PP consiguió lo que se proponía. Apareció como el único partido solvente económicamente ante sus electores. Retuvo votos suficientes para conservar el primer puesto.

Hoy sabemos cuáles son las consecuencias de todo aquello. El Presupuesto para 2015 nos obligaba a un ajuste presupuestario. No eran palabras, eran compromisos. La realidad, tras la modificación indigna perpetrada en el verano de 2015, es que no hemos cumplido ni la mitad del ajuste comprometido. En 2015 hemos dejado de ingresar, o hemos gastado de más, alrededor de 10.000 millones de euros que antes o después tendremos que pagar. Con sudor.

Incumplir no es una cosa baladí. Incumplir demuestra inconsistencia e incapacidad, cuando no caradura. El gobierno de Rajoy, al adoptar esas medidas en el verano de 2015, sabía el riesgo que asumía. Y lo asumió.  El gobierno sabía con qué estaba jugando. Y a pesar de ello jugó. Jugó con nosotros.

Ayer el ministro Montoro salió a la palestra, y como ya no podía negar los datos, se quitó la responsabilidad de encima y se la arrojó  sobre las Comunidades Autónomas. Los primeros en contestarle fueron, precisamente, los representantes de algunas de comunidades gobernadas por el PP. Dijeron, con toda la razón, que el gobierno hacía trampas: asignando a las Comunidades por anticipado menos recursos de los que correspondían para 2015, las hace finalmente aparecer como responsables de un desfase del que es él el principal culpable. Los técnicos en la materia, esos que fueron los únicos en protestar realmente hace un año, y a los que nadie hizo caso, han publicado entre ayer y hoy varios detallados análisis que lo demuestran. La Seguridad Social, por ejemplo, debía acabar el año con un déficit del 0,6%, pero lo hace realmente con un desequilibrio del 1,26%. A eso se le llama cumplir, según Montoro. Así que, diga lo que diga el ministro, por activa y por pasiva, por acción y por omisión, el culpable de que tengamos ahora una cruz adicional de 10.000 millones de euros sobre nuestras cabezas es él.

Este desfase no es una pequeñez. Es importante. Que se haya perpetrado como consecuencias de regalos electorales, forzando la ley, no es una tontería: es una villanía. Que la sociedad en su conjunto, y los partidos de la oposición en particular, no pusieran el grito en el cielo en su momento (no sea que se les enfadaran los funcionarios o los asalariados “beneficiados” por las medidas) demuestra la escasa altura que tienen.

Así seguiremos. Podemos presentó hace algún mes un bonito plan que encerraba un desfase de 90.000 millones de euros. No importa. Los números lo aguantan todo. Ahora rebaja un poco las exigencias y espera que con eso el PSOE entienda lo abiertos al diálogo que están. El PSOE y Ciudadanos, por su parte,  han llegado a un acuerdo que no afronta ninguna medida estructural profunda y que, para contentar a unos y a otros, contiene también desfases económicos, aunque no tan abultados. No importa. Lo que buscan es la postura, la foto; no el rigor.

El PP, por su parte, ha pasado meses diciendo que el desajuste presupuestario de 2015 iba a ser de unas pocas décimas, y que mucho, muchísimo peor había sido siempre todo con Zapatero. Ahora, cuando ya no pueden negar que el desfase es de un punto entero, aún tienen arrestos para seguir justificándose echando mano de los errores cometidos por Zapatero en… ¡¡ en 2008!!

Tenemos la clase política que nos merecemos. Nos dicen lo que queremos oír. Y luego nos quejamos de que finalmente nos toque pagar los platos rotos.

En este caso, la villanía (no tiene otro nombre) cometida por el Partido Popular, pasará de puntillas otra vez. Para la mayor parte de los ciudadanos estos temas siguen resultando incomprensibles y no importan. Como si no les afectaran: como si no fueran luego los que les destrozan la vida. Al menos, espero, este gran patinazo servirá para que desde el PP dejen de proclamar con tanto descaro que ellos son los salvadores económicos del país. Lo cierto es que solo han sido unos gestores medianos, jamás brillantes, del status quo durante los años 2012, 2013 o 2014. Finalmente en 2015, ante la perspectiva electoral que se les presentaba, abrieron el grifo con subterfugios fiscales a mitad de año. Los compromisos asumidos previamente no les importaron nada. Las consecuencias que nos tocará asumir antes de que acabe 2016, tampoco.

Las reformas estructurales que nos harían mejores; el auténtico rigor, que, al contrario de lo que parece, no nos traería recortes sino que conseguiría evitarlos; decirle la verdad a los ciudadanos, en definitiva, es algo que no se lleva en este país. Nunca se hace, porque supone perder votos.

De momento, los platos rotos, en este caso unos platos por valor de 10.000 millones, ya los pagarán otros. Para cuando haya que pagarlos Montoro ya no estará ahí: habrá abierto alguna puerta que le llevará, girando, hacia algún lugar bien pagado y alejado de la vista de todos.

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