EMNacionalActualidadElecciones 26-J: ¿Demasiado brillo en la burbuja-Podemos?

Elecciones 26-J: ¿Demasiado brillo en la burbuja-Podemos?

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En España a un 80% de personas les interesa la política solo circunstancialmente. Y hay como mucho un 20% de forofos. Probablemente menos.

No hay que tomarse al pie de la letra estos porcentajes, porque no responden a ningún estudio ni encuesta. Los acabo de inventar para ilustrar algo que me parece muy real: la mayoría de las personas vive en auténticas burbujas, en entornos donde muchos de sus amigos, familiares, contactos en redes sociales, etc, piensan igual que ellos. Cuando esas personas, además, tienen un interés específico por algo (por ejemplo, por la política), pueden llegar a creer que esa burbuja en la que viven es la realidad.

La idea de que no vivimos en la realidad, sino en burbujas dentro de la realidad, no es nueva: es un lugar común que se ha repetido miles de veces y me parece indudable.

Si hacemos un repaso por los distintos canales de información que hay en España, los encontraremos de todos los colores, por supuesto. En general, para nuestra desgracia, cada medio tiene su línea y cada persona acude solo a los suyos. No hay pluralidad interna en los medios, sino unanimidad. El lector de derechas puede no salir nunca de su burbuja, porque lee y ve solo determinados medios. El de izquierdas puede hacer lo mismo. Y el de centro… el de centro lo tiene un poco más difícil, pero también se las puede apañar.

Normalmente, el 80% de la población que no está especialmente interesada por la política, hace justamente eso. Ve o lee aquello que confirma sus prejuicios previos, y rechaza con un gesto de disgusto lo que no los confirma, cambiando de canal o de página web. Si tiene twitter, solo sigue a los suyos, solo comenta con los amigos. No vive ningún debate. No se plantea ningún dilema. Sabe cuál es la verdad.

¿Y qué pasa con el 10 o 20% más implicado en política? Lo que pasa con ellos es que inundan las redes: no solo los medios afines a su partido, que también, sino las redes en general. Y lo que ocurre ahora mismo es que, con enorme diferencia, quienes están más implicados son los votantes de Unidos Podemos. Este hecho tampoco lo puedo corroborar con estudios ni encuestas, pero me parece que está bastante claro. La mayoría de los que hablan de política en las redes sociales, hablan de Podemos y defienden a Podemos. En sí mismo, esto no es ni bueno ni malo. Simplemente, en el momento actual de la política española, es así.

El problema surge cuando esa mayoría favorable a Unidos Podemos se explica a sí misma la realidad: puesto que cuando acceden a las redes están rodeados de gentes que piensan como ellos, inconscientemente adoptan un sesgo: creer que son más que los que son, que importan más que lo que realmente importan, y que sus opiniones pesan más que lo que realmente pesan.

Pongamos un ejemplo. En estos días, el presidente del cuarto partido de España ha viajado a un país sudamericano que está pasando por una crisis social y económica gravísima, derivada de la tentación paramilitar de sus autoridades y de las equivocadas medidas económicas que ha adoptado. Esta es mi interpretación, por supuesto. Otros tendrán otras. La visita, en sí misma, es poco importante. Es solo un gesto, como el que hizo el mismo político hace un mes visitando un campo de refugiados. Puede gustar más o menos, puede parecer más o menos electoralista, pero ahí se queda.

Pues bien, la reacción podemita en las redes sociales ha sido furibunda. Desproporcionada. Los seguidores de un partido cuyos dirigentes han viajado muchas veces, durante años, a ese país sudamericano, a cambio de nutridas facturas, y que han asesorado repetidamente en materia política y económica a ese país; los seguidores de un partido que, por tanto, es en cierta medida responsable del desastre en que está envuelto, se rasgan las vestiduras porque un dirigente político se acerca ahora por allí dos días para interesarse por lo que ocurre. No solo eso, sino que esos mismos seguidores lanzan las campanas al vuelo afirmando que  “el fascista naranjito ese” lo va a pagar caro en las urnas (llaman así a un político que pactó hace tres meses con el mismo partido con el que ellos dicen que quieren pactar el mes que viene). El apelativo “fascista” es lo más suave que se puede leer en estos días. Sin rubor. Otros insultos o alusiones a presuntos vicios privados del político acosado son de lo más normal. Muy democrático todo.

Semejantes excesos dialécticos por parte de las masas favorables a Podemos en las redes sociales se deben, a mi juicio, a su visión-bubuja de la realidad. Por supuesto, no todos dentro de ese mundo caen en la trampa de la simplificación. Pero muchos sí. Hablan entre ellos, se reafirman en sus argumentos, no encuentran contrapesos y, para más inri, se ven en clara mayoría en todas las redes sociales del país, lo cual les induce, por el conocido efecto bandwagon, a crecerse, y a creerse su propia representación mental aún más.

Todo esto sería muy positivo (para ellos) si llegara al conjunto de la sociedad y la convenciera. Pero no es así. El conjunto de la sociedad no está tan implicada ni le importan tanto estos temas. Al conjunto de la sociedad le molestan los insultos y las descalificaciones, y tiene cierta tendencia a ponerse del lado del insultado. La sociedad, en definitiva, vive en otras burbujas en las que importa poco cuál sea el hashtag más difundido en twitter.

En ese sentido, el Partido Popular ha sido en el pasado y sigue siéndolo aún hoy, el mejor aliado de Podemos, al dedicarse a descalificarlo traspasando ciertos límites. Y lo mismo se puede decir a la inversa. A ambos les interesa ahora la polarización, y ambos están jugando al mismo juego, para dejar fuera de él a PSOE y Ciudadanos.

La vieja expresión “que hablen de ti, aunque sea mal“, se basa en un principio fundamental: cuando se presenta ante un grupo humano una alternativa discutible entre tan solo dos opciones, en principio, el grupo tenderá a dividirse por mitades.

Por eso, en el caso del viaje de Rivera a Venezuela, para un partido que en las elecciones de diciembre obtuvo el 13,9 % de los votos, una aventura así puede resultar muy rentable: te coloca en el candelero, se habla de ti, cobras protagonismo gracias, en gran parte, a la irracional reacción de ciertos adversarios políticos. El mero hecho de que miles de iracundos twitteros hablen mal de ti, pondrá de tu parte a un porcentaje de la población que será, siempre, muy superior a ese 13,92% de votos que ganaste en las urnas.

La apuesta de Ciudadanos por el viaje de Rivera a Venezuela, por tanto, puede no ser tan descabellada como les parece a los que viven en la ruidosa burbuja-Podemos. La burbuja en que viven los votantes de Ciudadanos es muy diferente, y la maniobra puede atraer votos de burbujas cercanas del mismo modo que puede hacerlos perder. No lo sabemos, pero en conjunto parece un riesgo asumible para quien tiene más que ganar que perder.

En cuanto a la euforia que se respira en la burbuja-Podemos, quizás deberían hacérselo mirar. Confundir a la sociedad contigo mismo es la mejor manera de empotrarse contra ella. Convenciendo a los ya convencidos, vociferando demasiado, lo que se puede provocar es la huida del resto de la sociedad.

Las estrellas muy grandes queman su combustible rápidamente y apenas viven unos pocos millones de años. Las muy pequeñas viven lentamente, con la paciencia de su poca luz, pero llevan brillando desde poco después de nacer el mismo universo. Les quedan aún muchos miles de millones de años de vida y reinarán cuando las grandes lleven eones extinguidas.

La luminosa comunidad de personas forofas de Podemos es gigantesca y muy activa. Brilla más que todas las demás comunidades juntas. Pero cuidado: lleva ya mucho tiempo quemando combustible a toda velocidad, regalando insultos y descalificaciones a los miembros de las demás comunidades y sin ser siquiera consciente de ello.

El 26-J está cerca, afortunadamente, y el brillo podemita sigue aumentando. Su estrella puede aguantar hasta ese día y triunfar. Pero algunos deberían ir pensando ya en las reservas de combustible: es posible que incluso las cuatro semanas que quedan por delante se hagan demasiado largas. Lo que es seguro es, si no regulan el consumo, los cuatro años que vendrán después serán eternos. Y serán los últimos.

 

 

 

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