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[Entrada de usuario] Ciudadanos, o la doctrina del odio.

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Aunque hace muchos, muchos años que abandoné Euskadi, recuerdo con claridad mi infancia; una infancia tranquila y feliz vivida a caballo entre los 80 y 90, ajena a la atmosfera que se vivía allí por aquel entonces, cuya naturaleza solo ahora, muchos años después, logro calibrar. En efecto, solo después llegué a dimensionar el horror y el odio irracional de aquello que con tanta naturalidad e inocencia contemplaba entonces: de los “ETA mátalos” cubriendo el casco viejo, de las dianas señalando retratos en carteles electorales, de aquellos cancioncillas crueles que espetaba algún compañero de pupitre celebrando entierros, de aplausos en la casa de al lado al informar un noticiario de un atentado…

Asumo que los que no estuvieron allí habrán quedado ya horrorizados, pensando qué clase de locura totalitaria puede anidar en aquellos que así actúan y piensan. Preguntándose, quizás, qué clase de criminalización del adversario político, de deshumanización de aquel que piensa diferente o de bombardeo propagandístico explica esta degeneración moral que lleva al aplauso del crimen. Pues bien, quien quiera saberlo no necesita viajar en el tiempo a aquel Euskadi. Y menos coger un avión y plantarse en Caracas. Puede hacer algo tan simple bajar al quiosco o encender el televisor.

Encontrará solo una cosa: incitación al odio. Criminalización pura, sin matices, vomitada obscenamente en cada titular de cada periódico y cada entrada de cada informativo. Un odio edificado en la mentira, la calumnia miserable, en el infundio jamás probado, en la caricatura, en el insulto personal; que solo puede encontrar paralelismo en las técnicas propagandísticas hitlerianas. Una campaña que en escala e intensidad hace palidecer a nada que contemplasen mis ojos de niño y que, eso me temo, terminará inexorablemente dando los mismos fúnebres resultados si no es detenida a tiempo.

En efecto, aquellos que desde lugares inmundos, sinrazones, países panameños o abecedarios de aniquilación publican con completo conocimiento infundios para servir a los corruptos intereses corporativos de sus siniestros amos harían bien en calibrar los efectos de sus actos y sospesar las consecuencias de sus acciones. Pues de seguir así, más pronto que tarde algún iluminado actuará contra aquellos que “ponen en riesgo” España y pretenden imponernos “una dictadura chavista”; algún loco solitario envuelto en la bandera actuará. Y entonces de poco servirán los lamentos: será demasiado tarde.

Pero sin duda, nadie, ningún medio, ningún periodista mercenario y ninguno de los múltiples enemigos que tiene Podemos ha llevado tan lejos la persecución y se ha recreado tanto arrastrándose en el cieno como C’s. Un partido que en su desesperado intento por salvarse de los crecientes augurios de desastre, o quizás inducido al suicidio por un bien superior, ha batido cuanto registro de bajeza, calumnia, difamación y casposo populismo sea concebible.

¿Qué es C’s? Un monstruo, un engendro, una anomalía teratogénica fuera de su tiempo. Como el fantasma del Espinazo del diablo, “algo muerto que por instantes parece vivo aún”. La consecuencia del resentimiento reactivo de cierto tipo de inmigrante, que incapaz de integrarse en dinamismo de la sociedad catalana ha abrazado el más rancio españolismo, combinado con cierta pseudointelectualidad que, antaño progre, ha derivado en franca extrema derecha (disfrazada, naturalmente, de “liberalismo”) y que ahora copa las tertulias de 13 TV y la RAE. Una suerte de hijo bastardo del franquismo sociológico que, despojado ya de sus carácter confesional y de todo complejo, emerge de su tumba. Y todo ello, como recomendaría todo experto en márquetin, camuflado bajo una capa de juventud y modernidad. El partido, recordémoslo, que en presumible coherencia con su forma de entender el mundo, pactó en 2009 presentarse en coalición a las europeas con la xenófoba y ultraderechista Libertas.

Naturalmente, algo de tales características estaba condenado al terreno de la anécdota electoral: A ser una fuerza minoritaria y circunscrita al territorio catalán: reducida a alimentarse de los despojos que pudiera roer de las marcas de PSOE o PP locales… Hasta que llegó el señor Oliú, presidente del Banco Sabadell y nos anunció el advenimiento de su “Podemos de derechas”.

En efecto, y de manera completamente irresponsable, la rancia oligarquía empresarial (aquello que todos conocemos como “el Ibex”) dispuesta a jugar tan sucio como fuera necesario con tal de impedir cualquier renovación democrática y preservar sus estructuras mafiosas, decidió usar como esqueleto de su experimento, de su Frankenstein, a Ciudadanos. Algo lógico, por otra parte: nadie tan afín a su propio programa y tan moldeable: tan dado al oportunismo y dispuesto a medrar a todo coste. El resultado, y era previsible, fue perfectamente paralelo a lo ocurrido en Alemania a finales de los veinte: un partido de derecha edificado sobre el resentimiento elevado a los altares por los Krupp y Bayer de turno; colocado en el centro de la escena nacional artificialmente. Inflado hasta alcanzar al escala de un zeppelin.

Y aquí tenemos al monstruo, completamente desarrollado, desatado del control de sus amos, enloquecido; haciendo de cabeza de lanza de la doctrina del odio; difamando, encaramado en las más rancio populismo, y repitiendo el mismo argumentario que tan bien han aprendido en los medios ultraderechistas, como Libertad Digital, de los que mamaron cuando aún no eran otra casa que un embrión de resentimiento. Encendemos nuestros televisores y ahí está Rivera: llorando lágrimas de reptil carnívoro y neoliberal por la pobreza en Venezuela. Una lágrimas que jamás lloró por los 8 millones de españoles en situación de extrema pobreza; quejándose de los problemas de suministro eléctrico en Caracas, cuando en España se ha opuesto a cuanta medida contra la pobreza energética se ha propuesto (¿Acaso cabría esperar otra cosa de las marionetas de las eléctricas cotizadas?).

Sí, ahí está: junto a los líderes opositores electos que controlan el Legislativo, denunciando la “dictadura” venezolana: El mismo Rivera que escapó con todo su grupo del parlamento catalán para no tener que condenar el franquismo; el que siempre se opuso a que los familiares de los represaliados pudieran por fin dar entierro decente a sus muertos. Y ahí de nuevo: pidiendo la liberación de golpistas responsables de decenas de muertos y fotografiándose junto a aquellos que loaron a Pinochet.
Habrá quien diga que es puro oportunismo, que Rivera exagera cínicamente el tono para recoger votos a su derecha. Y quizás sea cierto, pero eso no hace menos grave el hecho: la creencia de que la criminalización del enemigo político es un camino legítimo para alcanzar el poder.

En efecto, el monstruo ha despertado, el huevo de serpiente ha eclosionado. Y cabe preguntarse cuanto tiempo pasará antes de que se empiece a hablar de “ilegalizaciones” o para que alguien, movido por el entusiasmo reformista, pinte una diana en la cara de Iglesias.

*** Un artículo de Victorino García.

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