Estados Unidos y España: casi medio siglo de alianza incómoda

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La relación entre Estados Unidos y España nunca ha sido sencilla. Tampoco ha sido irrelevante. Durante casi cinco décadas, los dos países han compartido intereses estratégicos, bases militares, tratados de defensa y vínculos económicos de primer orden, pero también han vivido crisis diplomáticas, desencuentros sobre la guerra y la paz, y profundas diferencias ideológicas que han enfriado periódicamente un vínculo que, en el fondo, ninguno de los dos puede permitirse romper.

Este repaso cronológico pretende ofrecer al lector las claves para entender cómo ha evolucionado esa relación, qué factores la han tensado y cuáles la han reforzado.

Los cimientos: la herencia del franquismo y el precio de la democracia (1953–1978)

Para entender las relaciones hispano-estadounidenses desde la Transición, es imprescindible conocer su punto de partida. En 1953, el régimen de Francisco Franco firmó con Washington los Pactos de Madrid, un acuerdo por el que España cedía el uso de bases militares a cambio de ayuda económica y, sobre todo, de legitimidad internacional. Para Estados Unidos, en plena Guerra Fría, España era una pieza geopolítica valiosa: un enclave estratégico en el flanco sur de Europa con un gobierno anticomunista.

El precio político fue enorme. Washington sostuvo durante décadas a una dictadura mientras predicaba la democracia en el mundo. Cuando Franco murió en noviembre de 1975 y comenzó la Transición, la administración Ford y, después, Carter observaron el proceso con cautela pero también con interés. Una España democrática integrada en la OTAN era, para Washington, el destino ideal. La cuestión era si el proceso llegaría a buen puerto.

La Transición y la OTAN: el gran debate (1978–1986)

La aprobación de la Constitución española en diciembre de 1978 abrió una nueva etapa. El gobierno de Adolfo Suárez comenzó las negociaciones para el ingreso de España en la OTAN, que se materializó en mayo de 1982. Washington apoyó activamente la adhesión: una España atlántica reforzaba el flanco sur de la Alianza frente a la Unión Soviética.

Sin embargo, el debate interno en España fue intenso y dividió profundamente a la sociedad. El PSOE de Felipe González, que había votado contra la adhesión en el Congreso, llegó al poder en octubre de 1982 con una posición ambigua sobre la permanencia en la OTAN. La paradoja llegó en 1986: González convocó un referéndum sobre la permanencia con la recomendación de votar sí, pero con condiciones. El resultado fue positivo, aunque ajustado, y España se consolidó como miembro atlántico con restricciones: no integración en la estructura militar, reducción de la presencia de armas nucleares en territorio español y mantenimiento de Gibraltar como asunto pendiente.

Para Washington, el resultado fue satisfactorio, aunque la imposición de condiciones fue vista con cierta irritación. España era aliada, pero aliada con matices.

La era González: distancia cordial (1982–1996)

Los trece años de gobierno socialista de Felipe González representaron una etapa de normalización progresiva, aunque con tensiones puntuales. La política exterior española buscó equilibrar la relación atlántica con una apuesta clara por la integración europea y un perfil propio en América Latina y el Mediterráneo.

Las fricciones más notables surgieron en torno a la presencia militar estadounidense. Las bases de Torrejón, Zaragoza y Morón concentraban decenas de miles de soldados americanos. El gobierno español negoció sucesivamente la reducción de esa presencia, logrando en 1988 la retirada de los cazas F-16 de Torrejón, una decisión que generó malestar en Washington pero que González presentó como una demostración de soberanía recuperada.

En política internacional, España apoyó la Primera Guerra del Golfo en 1991 con cierta reserva, proporcionando apoyo logístico sin enviar tropas de combate. La relación con la administración Bush padre fue correcta pero fría. Con Clinton, el tono mejoró notablemente: ambos mandatarios compartían una sensibilidad socialdemócrata y se entendieron bien en los foros multilaterales. España tuvo un papel protagonista en los Acuerdos de Oslo de 1993 y en la mediación en el proceso de paz de Oriente Próximo.

El giro Aznar: la alianza más intensa (1996–2004)

La llegada de José María Aznar al poder en 1996 marcó un punto de inflexión radical en las relaciones hispano-estadounidenses. Aznar apostó por una política exterior decididamente atlantista y construyó con George W. Bush una de las relaciones bilaterales más estrechas de la historia reciente entre los dos países.

El momento cumbre, y también el más polémico, llegó con la crisis de Iraq. En febrero de 2003, Aznar acudió a la cumbre de las Azores junto a Bush y Tony Blair para respaldar la invasión de Iraq sin mandato de Naciones Unidas. La imagen de los tres líderes en la base aérea de Lajes se convirtió en un símbolo de la fractura entre los aliados. España enviaba tropas a un conflicto que el 90% de su población rechazaba según todas las encuestas de la época.

El impacto político fue devastador. El 11 de marzo de 2004, tres días antes de las elecciones generales, los atentados de Atocha sacudieron el país. La gestión de la información por parte del gobierno, que insistió en apuntar a ETA, aceleró la derrota del PP. El PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero ganó las elecciones.

Zapatero y Bush: el choque más abierto (2004–2008)

La relación entre Zapatero y la administración Bush fue, sin exageración, la peor etapa en las relaciones bilaterales desde la restauración de la democracia española. El nuevo presidente cumplió su promesa electoral de retirar las tropas de Iraq antes del verano de 2004. Washington lo interpretó como una capitulación ante el terrorismo y una traición a los aliados.

Durante meses, Bush se negó a recibir a Zapatero en el Despacho Oval, un gesto diplomático de frialdad inusualmente explícito. El embajador estadounidense en Madrid envió mensajes de distancia institucional que trascendieron a la prensa. España quedó temporalmente excluida del círculo de aliados más cercanos.

La situación fue mejorando paulatinamente. Zapatero mantuvo tropas en Afganistán, dentro del marco de la OTAN, lo que permitió recomponer parte del capital de confianza perdido. La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca en enero de 2009 supuso un deshielo inmediato: ambos mandatarios compartían una visión multilateralista y España participó activamente en los esfuerzos de coordinación internacional durante la crisis financiera de 2008-2009. Zapatero presidió el G-20 de manera informal y tuvo un papel destacado en los debates sobre regulación financiera global.

Rajoy y Obama: la normalización técnica (2011–2018)

Los años de Mariano Rajoy estuvieron dominados por la crisis económica. Las relaciones con Estados Unidos quedaron en un plano más técnico y menos ideológico. Obama y Rajoy no tuvieron una química personal especial, pero tampoco hubo fricciones de calado. España colaboró en la misión en Afganistán, acogió la cumbre de la OTAN en Madrid en 2022 ya con Pedro Sánchez, y mantuvo las bases militares estadounidenses de Morón y Rota con actividad creciente.

Un episodio relevante de este periodo fue la revelación, en 2013, de que la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense (NSA) había espiado comunicaciones de líderes europeos, incluyendo dirigentes españoles. El gobierno Rajoy protestó formalmente pero gestionó el asunto con discreción, sin romper la dinámica de colaboración.

Sánchez y el mundo Trump: navegar la incertidumbre (2019–actualidad)

La primera etapa de Pedro Sánchez coincidió con la presidencia de Donald Trump, lo que generó inevitables diferencias de tono y fondo. Trump representaba un nacionalismo unilateralista incompatible con la visión multilateral y europeísta de Sánchez. Sin embargo, las relaciones institucionales se mantuvieron en cauces aceptables: España siguió cumpliendo sus compromisos con la OTAN, aunque el debate sobre el gasto en defensa generó presión desde Washington.

La llegada de Biden en 2021 fue recibida con alivio en Madrid. España acogió la cumbre de la OTAN en junio de 2022, en plena guerra de Ucrania, un acontecimiento que reforzó el perfil internacional de Sánchez y situó a España en el centro de la agenda atlántica. La relación bilateral vivió uno de sus mejores momentos en términos de sintonía política.

El regreso de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 ha vuelto a tensar el vínculo. Las presiones para aumentar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB, la retórica proteccionista y las críticas a la política migratoria europea han generado un clima de incertidumbre. El gobierno Sánchez, además, mantiene posiciones sobre el conflicto en Gaza que difieren significativamente de las de la administración Trump, lo que añade una dimensión de tensión geopolítica adicional.

Las constantes de una relación compleja

A lo largo de casi cinco décadas, varios elementos han permanecido constantes en la relación entre España y Estados Unidos. Las bases militares de Morón de la Frontera y Rota han sido, en todos los gobiernos, el punto de anclaje material de la alianza: Washington nunca ha presionado hasta el límite a ningún gobierno español porque sabe que ese activo estratégico depende de mantener la relación viva.

El segundo elemento constante ha sido la asimetría de poder. España negocia siempre desde una posición de menor capacidad de influencia, lo que obliga a sus gobiernos a encontrar márgenes de autonomía dentro del marco atlántico sin llegar a cuestionarlo frontalmente. Los que lo han hecho, como Zapatero en 2004, han pagado un precio diplomático elevado.

El tercer factor es la dependencia económica y de seguridad. España es el sexto socio comercial de Estados Unidos en la Unión Europea y el destino de importantes inversiones estadounidenses. La interdependencia limita la capacidad de ruptura de cualquier gobierno, independientemente de su color político.

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