La crisis política que rodea a Keir Starmer en el Reino Unido se ha convertido en uno de los episodios más delicados de su todavía reciente etapa como primer ministro. Lo que comenzó como una controversia por un nombramiento diplomático ha evolucionado en cuestión de días hacia una tormenta política que mezcla cuestiones éticas, luchas internas en el Partido Laborista y dudas sobre su liderazgo.
El origen de la crisis está en la designación de Peter Mandelson como embajador británico en Estados Unidos. Mandelson es una figura histórica del laborismo: arquitecto del “New Labour” de Tony Blair, excomisario europeo y operador político de primer nivel. Precisamente por su peso simbólico, su nombramiento fue interpretado como una señal de continuidad con la tradición más centrista y tecnocrática del partido.
El problema surgió cuando reaparecieron con fuerza sus antiguas relaciones con Jeffrey Epstein, el financiero estadounidense vinculado a una red de explotación sexual de menores. Aunque estos vínculos eran conocidos desde hace años, la oposición y parte de la prensa han cuestionado por qué Downing Street consideró políticamente asumible su regreso a un puesto de alta visibilidad internacional.
La crítica no se centra únicamente en Mandelson como individuo, sino en el criterio político de Starmer. Para muchos observadores, el error no fue legal, sino de juicio: en una era de extrema sensibilidad pública sobre integridad y transparencia, el gobierno subestimó el coste reputacional de la decisión.
Dimisiones en cadena y percepción de descontrol
La polémica escaló rápidamente tras la dimisión de figuras clave del entorno del primer ministro, entre ellas su jefe de gabinete y responsables de comunicación. Estas salidas han sido leídas como un reconocimiento implícito de que el proceso de evaluación política del nombramiento falló.
En Westminster, la percepción de control es tan importante como el control mismo. Un primer ministro puede sobrevivir a un escándalo si transmite autoridad y capacidad de contención. Pero cuando caen colaboradores cercanos, el relato cambia: deja de ser un error puntual y pasa a interpretarse como síntoma de desorganización interna.
Los conservadores han aprovechado la situación para construir un argumento más amplio: que Starmer, pese a su imagen de gestor serio y jurídico, carece de instinto político en momentos de crisis. No es tanto una acusación de corrupción como de incompetencia estratégica.
Fractura interna en el Partido Laborista
Lo más delicado para Starmer no proviene de la oposición, sino de su propio partido. Algunas voces laboristas han advertido que la crisis amenaza con erosionar la marca del gobierno en un momento en que aún intenta consolidar su legitimidad tras la victoria electoral.
El laborismo es una coalición ideológica amplia: conviven corrientes pragmáticas, socialdemócratas clásicas y sectores más a la izquierda. Starmer ha gobernado intentando mantener un equilibrio entre disciplina institucional y renovación política. El escándalo ha reactivado tensiones latentes: para ciertos sectores, el regreso de figuras del viejo establishment blairista simboliza un retroceso.
Que dirigentes regionales y parlamentarios hayan expresado públicamente incomodidad es significativo. En la política británica, las críticas internas abiertas son una señal de alarma. No implican necesariamente una rebelión organizada, pero sí indican que el capital político del líder ya no es incuestionable.
El cálculo de Starmer: resistir
Pese a las peticiones de dimisión, Starmer ha optado por la estrategia clásica de Downing Street en crisis: resistir, limitar daños y reencuadrar la agenda. Su argumento central es que fue elegido con un mandato claro y que no piensa permitir que un episodio concreto paralice la acción de gobierno.
De momento, conserva el respaldo formal de su gabinete y de la mayoría del grupo parlamentario. En el sistema británico, un primer ministro cae cuando pierde a su partido, no cuando sube la presión mediática. La pregunta clave es si esta crisis se convierte en un punto de inflexión duradero o en un escándalo absorbido por el ciclo informativo.

























































































































































































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