Hay una palabra que resume mejor que ninguna la relación entre España y Argentina: hermanamiento. No es una figura retórica. A lo largo de siglo y medio, cada vez que uno de los dos países tocó fondo, el otro estaba al otro lado del océano con la puerta abierta. Primero fue Argentina quien recibió a millones de españoles; después fue España quien acogió a los argentinos que huían. El resultado es un pueblo repartido entre dos orillas, con los mismos apellidos y un solo corazón dividido.
La primera gran acogida: Argentina abre el continente
Entre 1857 y 1930, más de dos millones de españoles desembarcaron en el puerto de Buenos Aires. Huían de la miseria, de las guerras carlistas y de un país que no tenía trabajo para todos. Argentina, que necesitaba brazos para poblar la pampa y levantar sus ciudades, los recibió con una consigna escrita en su propia Constitución: fomentar la inmigración europea. Para muchos, fue literalmente el país que les dio de comer.
Aquella marea tuvo un fuerte acento del norte peninsular. Gallegos —tantos que en Argentina “gallego” se volvió sinónimo de español—, vascos y asturianos formaron comunidades enormes. Los emigrantes reconstruyeron su tierra en el exilio a través de sociedades de socorro mutuo: el Centro Gallego de Buenos Aires llegó a ser una de las mayores instituciones gallegas del mundo, y el Centro Asturiano de Buenos Aires se convirtió en refugio, hospital y casa de cultura para miles de familias de Asturias al otro lado del Atlántico.
Un país construido con manos españolas. Aquellos inmigrantes no solo trabajaron: fundaron comercios, periódicos, clubes de fútbol y hasta instituciones. Su huella quedó grabada para siempre en el habla, la cocina y la cultura porteñas. Hoy se calcula que más de la mitad de los argentinos tiene algún antepasado español. Argentina no es solo un país hermano: es, en buena medida, un país hecho de España.
Cuando España cayó, Argentina la sostuvo
La Guerra Civil (1936–1939) y la victoria de Franco lanzaron al exilio a decenas de miles de españoles. Muchos encontraron en Argentina una segunda patria. No eran ya campesinos en busca de trabajo, sino médicos, científicos, maestros, editores y escritores que huían de la represión. Con ellos cruzó el Atlántico buena parte de la mejor cultura española del siglo XX.
El impacto fue extraordinario. Editoriales fundadas o impulsadas por exiliados —como Losada o Sudamericana— convirtieron a Buenos Aires en la gran capital del libro en español. Mientras la censura franquista ahogaba a los lectores peninsulares, era Argentina quien imprimía y difundía la literatura en castellano que en España estaba prohibida. Durante décadas, el idioma de Cervantes respiró más libre en el Río de la Plata que en su propia cuna.
El puente en sentido inverso: España devuelve el abrazo
El siglo XX invirtió los papeles. Durante la dictadura militar argentina (1976–1983), miles de perseguidos —intelectuales, periodistas, artistas, militantes— tuvieron que salir del país para salvar la vida. España, que salía a su vez del franquismo, se convirtió en uno de sus principales destinos de acogida. La misma lengua que había viajado al sur volvía ahora al norte en boca de exiliados.
La segunda gran ola llegó con el estallido económico de 2001. El corralito, el default y el desempleo empujaron a centenares de miles de argentinos a buscar futuro en Europa, y muchos lo hicieron rescatando su origen español o italiano. Se formaron largas colas nocturnas ante el consulado de España en Buenos Aires. La antigua metrópoli se convertía en tabla de salvación de los descendientes de sus propios emigrantes.
Un ciclo perfecto de reciprocidad. El que había sido puerto de acogida se convirtió en puerto de partida, y viceversa. Lo que Argentina hizo por España cuando España sufría, España lo hizo por Argentina cuando le tocó sufrir a ella. Pocas relaciones entre países pueden presumir de una simetría tan humana.
Una cultura de ida y vuelta
El puente no solo movió personas: fundió culturas. El idioma común se enriqueció en las dos direcciones, el tango cruzó el océano, y hasta el fútbol —lo que hoy los enfrenta— es un producto de ese mestizaje.
Que la mayor estrella de esta final argentina se formara en España, y que uno de los mayores ídolos del fútbol español fuera argentino, dice más sobre estos dos países que cualquier estadística. En el fondo, comparten hasta a sus héroes.
El puente sigue vivo: la “Ley de Nietos”
La reciprocidad no es historia antigua: late hoy más fuerte que nunca. La Ley de Memoria Democrática de 2022, conocida popularmente como “Ley de Nietos”, permite a los hijos y nietos de españoles exiliados por la Guerra Civil y la dictadura reclamar la nacionalidad. Y ha desatado en Argentina un fenómeno sin precedentes.
Argentina alberga la mayor comunidad española fuera de España, y la demanda es tal que, según las proyecciones, la circunscripción de Buenos Aires podría llegar a ser el tercer núcleo de españoles del mundo, solo por detrás de Madrid y Barcelona. Un siglo después de que los abuelos cruzaran el mar hacia el sur, sus nietos recuperan por ley el vínculo con la tierra de origen. El puente, lejos de cerrarse, se ha vuelto de doble sentido y de doble pasaporte.
Rivales por un día, familia para siempre
En la grada del MetLife habrá aficionados que llevan las dos banderas cosidas en el mismo corazón: nietos de asturianos nacidos en Buenos Aires, argentinos con pasaporte español, familias que no sabrían a quién animar del todo. Porque más allá del resultado, esta final no enfrenta a dos extraños, sino a dos ramas del mismo árbol. Cuando termine el partido, uno alzará la copa y el otro llorará. Y al día siguiente seguirán siendo, como lo han sido durante siglo y medio, la misma gente repartida entre dos orillas.

























































































































































































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