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La verdad sobre el caso PSOE

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Algunos católicos militantes, cuando se les dice que la Iglesia va camino de desaparecer en Occidente, sonríen y contestan que su institución tiene 2.000 años de vida, que ha visto nacer y morir a muchos gobiernos y muchos regímenes, y que ahí sigue y seguirá para siempre.

En el PSOE, cuando comparan su partido con los nuevos, esbozan también una sonrisa y parecen pensar algo parecido. Ellos son los auténticos. Tienen historia, tradición, ideas arraigadas, fundamentos profundos. En cambio los otros son flor de un día: los otros pasarán.

Pues no es así.

La ruina del PSOE, la que vivimos ahora, se fraguó entre 2003 y 2010. Entonces no lo parecía, porque incluso consiguió ganar las elecciones de 2008, pero la historia tiene estas cosas: a veces se cobra sus piezas con notable retraso.

Veamos dos hitos decisivos, fechados el primero en noviembre de 2003 y el segundo en septiembre de 2008:

 

 

Durante aquellos años se consolidó la inconsistencia de un partido que luego ya no ha sido capaz de levantar cabeza. Un partido sin una idea común de España y sin un proyecto coherente para todos, que todos pudieran asumir y querer como propio. Las distintas federaciones del partido llevan veinticinco años opinando y actuando a su manera, con discursos a menudo incompatibles.

De la época de Zapatero solo se salvan las reformas en materia social que emprendió. A pesar de cierta contestación, los cambios fueron un éxito, y se traducen en datos de opinión pública tan favorables para él, pasados unos años, como éste:

 

Fuente: Conrad Hackett

 

Pero por desgracia, los fracasos siempre dejan más huellas que los éxitos. Las políticas económica y territorial durante el mandato de Zapatero fueron un desastre.

La actitud respecto a Catalunya está en el origen del sentimiento independentista que luego se haría mayoritario. No se puede afirmar que el PSOE apoyará sin más el Estatut “que venga de Catalunya”, dejando en el aire la sensación de que los límites constitucionales o legales son meros formalismos que, llegado el momento, se superarán. Porque no son formalismos: son la esencia misma del Estado de Derecho: ¿cómo se superarán?, ¿con sonrisas? El agravio que los catalanes sintieron cuando finalmente se declaró inconstitucional parte del Estatut, es responsabilidad directa de José Luis Rodríguez Zapatero.

Quince años después, el PSOE habla ahora de reformas constitucionales que permitan encajar Catalunya en España. Excelente pretensión, que llega con cuatro lustros de retraso: rematadamente tarde.

Por otro lado, el festival de gasto indiscriminado y absurdo que nos regaló el gobierno del PSOE entre 2007  y mayo de 2010, mientras la crisis drenaba brutalmente los ingresos públicos, está en el origen del profundo bajón que arrastramos. El déficit se disparó. El endeudamiento creciente nos acogotó, y los malvados mercados dejaron de creer en nosotros, que nos precipitábamos solitos hacia una situación que tardaría años en arreglarse, si es que tenía arreglo.

No se entendió en el PSOE que nuestro problema no era externo, no se trataba de insuflar dinero a la economía con el tradicional método keynesiano anticíclico. Nuestro problema eran unas estructuras públicas y privadas, unas administraciones y unos mercados profundamente ineficientes que había que reformar. Ignorante de todo, Zapatero aguantó tres años hasta que la falta de liquidez le hizo bajar la cabeza finalmente  en mayo de 2010. En todo lo que hasta ese momento había dicho “gasto” tuvo que cambiar el guión para  sobreescribir con dureza la palabra “recortes”. Pero ni siquiera entonces se le ocurrió (ni a él ni a sus asesores) acometer el problema usando otra palabra: “reformas”.

Lógicamente, en 2011 los españoles depararon al PSOE el peor resultado electoral de su historia. Pero el mal ya estaba hecho y era en gran parte irreparable.

A continuación, el vacío. Nos plantamos en 2015 con otro  líder en el PSOE, pero sin saber muy bien cómo habíamos llegado hasta allí. El hombre, un tal Sánchez, estaba desorientado, desubicado, con un apellido que a los franceses les suena igual que la expresión “sin silla”: “sanshes”.Empty-Chair

Desde que Felipe González dejó las riendas, el trono está vacante. Los líderes se suceden sin cuajar, sin aportar lo que un partido histórico debería tener claro: un ideario que integre todas las sensibilidades y un plan de reformas valientes que
permitan llevarlo a la práctica.

El resultado es un errático ir de un lugar a otro, y la pérdida del carácter aglutinador del PSOE. Este partido fue siempre, en los primeros veinte años de democracia “el que más se parecía a España”, el más y mejor repartido por todo el territorio, el que podía conjugar mejor toda su diversidad. Pero los resultados del 20-D ponen de manifiesto, por si quedaba alguna duda, que todo esto ha saltado por los aires:

 

PodemosvsPSOE
Apoyos electorales de Podemos y PSOE el 20-D. Fuente El País.

 

 

El testigo ha pasado a otros. Aún no en votos totales, pero sí en permeabilidad social, en margen de maniobra y en capacidad de crecimiento. Los votos solo son cuestión de tiempo.

Mientras tanto, Pedro Sánchez, desorientado tras unos resultados electorales que ahondan en lo peor de su historia,  tan pronto hace guiños desesperados para formar gobierno con Podemos (confiando en una alianza multicolor con nacionalistas radicales que sencillamente es imposible dentro de la Constitución), como con Ciudadanos más Podemos (cuando los de Rivera y los de Iglesias parten de posiciones antagónicas en los dos temas fundamentales, la economía y el nacionalismo).

Desde fuera, algunos  barones regionales son las únicas referencias sólidas del partido desde hace décadas, y contemplan el espectáculo mientras miran a la silla vacía con una mezcla de compasión y deseo. Casi más lo primero que lo segundo.

El Partido Socialista, desaparecido prácticamente de Catalunya, Madrid, Navarra y Euskadi, ya no puede integrar España. Así que, salvo que encuentre pronto a alguien que ocupe la silla y transmita un mensaje coherente y válido para todos, solo puede esperar que los vacíos que ha aparecido en el mapa de sus apoyos vayan creciendo hasta hacerle desaparecer.

El vacío se llevará consigo ciento cuarenta años de historia. Y nunca más habrá un Sánchez. Ni un Zapatero. Ni nada parecido. Y a nadie le importarán la historia ni la tradición, ni los méritos acumulados por aquel viejo partido en los viejos tiempos. Todos estarán demasiado ocupados construyendo cosas nuevas e intentando olvidar lo más rápidamente posible a los partidos que destruyeron lo que antes teníamos.

 

 

@josesalver

 

 

 

 

 

 

 

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