Marruecos es, a la vez, uno de los Estados con más reivindicaciones territoriales abiertas sobre sus vecinos y uno de los que más recela de cualquier debate sobre la autodeterminación dentro de sus fronteras. El Sáhara Occidental domina el relato, pero no es el único frente: el Rif, el movimiento amazigh y una constelación de agravios regionales dibujan un mapa mucho más complejo. Repasamos, uno por uno, todos los movimientos secesionistas, autonomistas e irredentistas que orbitan alrededor del reino alauí, su recorrido histórico y el apoyo real que tienen hoy.
La clave que lo explica todo: bled el-majzén y bled es-siba
Antes del protectorado, el territorio que hoy llamamos Marruecos no funcionaba como un Estado homogéneo. Los historiadores lo describen con dos categorías: el bled el-majzén, las tierras que pagaban impuestos y obedecían al sultán, y el bled es-siba, las «tierras de disidencia», normalmente montañosas y de mayoría amazigh, que reconocían la autoridad religiosa del sultán pero no su autoridad fiscal ni militar.
Esa distinción no es una curiosidad académica: es el esqueleto de casi todos los conflictos posteriores. El Rif, el Atlas Medio, el Sus o el Draa fueron durante siglos espacios de autogobierno tribal, y la construcción del Estado marroquí moderno —primero colonial, después alauí— consistió en gran medida en someterlos. Cuando hoy un activista rifeño dice que «no nos separamos de Marruecos porque nunca fuimos parte de él», está apelando a esa memoria. Y cuando Rabat responde que se trata de separatismo, apela a la idea contraria: la de un reino milenario y continuo cuya integridad territorial es indiscutible.
El Sáhara Occidental: un caso aparte
El Sáhara Occidental no es jurídicamente un movimiento separatista marroquí. Naciones Unidas lo mantiene desde 1963 en su lista de Territorios No Autónomos, es decir, territorios pendientes de descolonización. No se trata de una región que quiera separarse de un Estado, sino de una colonia española cuyo proceso descolonizador nunca se completó. Marruecos, en cambio, lo considera parte integral de su territorio y llama «separatistas» a quienes defienden la independencia. Todo el conflicto cabe en esa discrepancia de marco.
1884-1958. España establece su presencia en Río de Oro y Saguia el Hamra. En 1958 el territorio pasa a ser oficialmente «provincia» española; ese mismo año Madrid cede Tarfaya (Cabo Juby) a Marruecos y en 1969 hace lo propio con Ifni tras el conflicto de 1957-58.
1973. Nace el Frente Polisario, que combate primero a España y después a Marruecos y Mauritania.
Octubre de 1975. El Tribunal Internacional de Justicia emite su dictamen: existieron vínculos de lealtad entre algunas tribus y el sultán, pero ninguno equivalente a soberanía territorial que pudiera impedir la autodeterminación.
Noviembre de 1975. Hassan II lanza la Marcha Verde y España firma los Acuerdos de Madrid, que transfieren la administración —no la soberanía— a Marruecos y Mauritania. El asesor jurídico de la ONU lo confirmaría después: aquel acuerdo no alteró el estatuto internacional del territorio.
1976-1991. Se proclama la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Mauritania se retira en 1979 y Marruecos ocupa su parte. Guerra abierta, construcción del muro defensivo de unos 2.700 km y alto el fuego en 1991 con el despliegue de la MINURSO, creada para organizar un referéndum que nunca se celebró: el censo se convirtió en un bloqueo permanente.
2007. Marruecos presenta su plan de autonomía bajo soberanía marroquí. El Polisario presenta el mismo año su propia propuesta: un referéndum con todas las opciones sobre la mesa, incluida la integración.
2010-2020. El campamento de protesta de Gdeim Izik y su desalojo marcan el activismo saharaui interior. En noviembre de 2020 el incidente de Guerguerat lleva al Polisario a dar por roto el alto el fuego; un mes después, Donald Trump reconoce la soberanía marroquí en el marco de los Acuerdos de Abraham.
2022-2024. España acepta la autonomía como base «seria, realista y creíble»; Israel reconoce la soberanía marroquí en 2023 y Francia da un paso equivalente en 2024. En paralelo, la justicia europea reafirma el estatuto «separado y distinto» del territorio y la necesidad del consentimiento del pueblo saharaui para explotar sus recursos.
El punto de inflexión llegó el 31 de octubre de 2025. El Consejo de Seguridad aprobó la Resolución 2797, que prorroga la MINURSO y, sobre todo, sitúa la propuesta marroquí de autonomía como base de las negociaciones, afirmando que una autonomía genuina bajo soberanía marroquí «podría representar la solución más viable». Desaparece del texto la referencia al referéndum como mecanismo. Rabat lo celebró como una victoria histórica; el Polisario respondió que legitima la ocupación.
Desde entonces el proceso se ha acelerado y encallado casi a la vez. En febrero de 2026, con Estados Unidos como impulsor, se celebraron rondas en la embajada estadounidense en Madrid y después en Washington, con Marruecos, Argelia, Mauritania y el Polisario en la misma mesa por primera vez desde 2019. Allí Rabat presentó una versión ampliada de su plan: un documento técnico de unas 40 páginas con parlamento y gobierno regionales, competencias en sanidad, educación o desarrollo, y reserva para el Estado de defensa, exteriores, moneda, nacionalidad y símbolos. También contempla el retorno de los refugiados de Tinduf —unos 173.000 según estimaciones humanitarias—, un mecanismo de desarme y reintegración de los combatientes, y la ratificación del estatuto mediante referéndum en todo Marruecos, no solo en el territorio.
Ahí están los dos nudos que siguen sin resolverse. El primero, quién elige al jefe del ejecutivo regional: Rabat propone una investidura por el Rey; el Polisario exige sufragio universal directo. El segundo, y más de fondo, si la autonomía es una opción o la opción. En abril de 2026 dirigentes saharauis admitieron públicamente que podrían discutir la autonomía «como opción presentada al pueblo saharaui», pero no como solución impuesta. En mayo las conversaciones estaban de nuevo estancadas y en agosto de 2026 la discrepancia estalló en público dentro de la propia cúpula del Frente, entre quienes se abren a estudiar la propuesta y quienes consideran la autodeterminación innegociable.
Frente Polisario / RASD. Reconocido por la ONU como interlocutor y por la Unión Africana como Estado miembro desde 1984. Ha sido reconocido por 84 países desde 1976, aunque muchos han congelado o retirado ese reconocimiento: en torno a 45 lo mantienen. Ningún Estado de la UE reconoce a la RASD. En abril de 2026 Malí puso fin a 45 años de reconocimiento.
Khat al-Shahid («la línea del mártir»). Corriente disidente nacida en 2004 dentro del universo polisario, crítica con la dirección y con la deriva de los campamentos.
Movimiento Saharaui por la Paz (MSP). Fundado en 2020 por antiguos cuadros del Polisario a partir de la Iniciativa Saharaui por el Cambio (2017). Defiende una «tercera vía» negociada y ha ganado visibilidad diplomática desde 2025. Sus críticos lo acusan de ser funcional a los intereses de Rabat; el movimiento replica que el tiempo del monopolio de representación ha terminado.
Activismo del interior. Redes de derechos humanos en El Aaiún, Dajla y Smara, herederas del campamento de Gdeim Izik, con presos condenados en juicios muy cuestionados por organizaciones internacionales. Es la pata más invisible del conflicto y la que más peso tendría en cualquier consulta real.
En cifras, el balance diplomático es doble y conviene no confundir los términos. Marruecos sostiene que unos 120 países respaldan su iniciativa de autonomía, pero respaldar un plan como «base seria y creíble» no equivale a reconocer soberanía: ese paso formal solo lo han dado Estados Unidos (2020) e Israel (2023), con Francia (2024) en una posición intermedia inédita entre los europeos. Al mismo tiempo, el territorio sigue formalmente en la lista de descolonización de la ONU y la RASD conserva su asiento en la Unión Africana. Esa contradicción —una realidad diplomática que avanza hacia Rabat y un marco jurídico que no se ha movido— es exactamente el terreno donde se juega el conflicto ahora.
El Rif: la única región que llegó a ser república
El Rif es el otro gran expediente, y el único con un precedente estatal propio. En 1921, tras la derrota española de Annual, Abd el-Krim el Jattabi proclamó la República del Rif, formalizada como Estado en 1923: una confederación tribal con gobierno, ministerios, bandera e himno, considerada la primera república moderna del norte de África. Hizo falta una ofensiva conjunta franco-española con más de 250.000 soldados —y el uso masivo de armas químicas por parte de España, el primero a esa escala desde la Gran Guerra— para acabar con ella en 1926.
La independencia de 1956 no cerró la herida, la reabrió. En 1958 estalló una insurrección liderada por Sellam Amezian contra el centralismo del nuevo régimen y la marginación de la región: reclamaba representación política, liberación de presos y el regreso de Abd el-Krim del exilio. La represión, dirigida personalmente por el príncipe heredero Muley Hasán —futuro Hassan II—, dejó miles de muertos y detenidos, y el Rif quedó declarado zona militar. Aquello selló décadas de desconfianza mutua y de subinversión: incluso hoy el paro de la región duplica la media nacional y el porcentaje de población sin ningún título supera claramente al del conjunto del país.
El episodio contemporáneo llegó en octubre de 2016, cuando el vendedor de pescado Mouhcine Fikri murió aplastado en un camión de basura al intentar recuperar su mercancía confiscada en Alhucemas. Nació así el Hirak del Rif, el mayor movimiento de protesta desde 2011. Sus dirigentes evitaron deliberadamente cualquier reivindicación soberanista —pedían hospitales, universidad, empleo e industrialización— precisamente para no ofrecer al régimen la excusa del separatismo. No sirvió de mucho: Nasser Zefzafi fue detenido en mayo de 2017 y condenado en 2018 a 20 años de prisión por sedición, junto a centenares de activistas. Más de 400 personas fueron detenidas, más de una cuarta parte menores según el propio consejo nacional de derechos humanos marroquí.
Zefzafi sigue en prisión: ha quedado fuera de todas las rondas de indultos reales y se niega a firmar un perdón condicionado a disculparse públicamente por «incitar a un movimiento separatista». En septiembre de 2025 se le concedió un permiso excepcional para asistir al funeral de su padre, y su discurso reactivó las movilizaciones. Poco después, la ola juvenil de protestas GenZ212 reivindicó explícitamente al Hirak como precedente, lo que confirma que la brasa rifeña sigue encendida aunque el movimiento esté descabezado.
Partido Nacional Rifeño (PNR). Fundado en septiembre de 2021 por exiliados en Europa —justo un siglo después de la República del Rif— y presentado públicamente en 2023. Preside Redouane Oussama y su vicepresidente es Youba El Ghadioui. Reclama una república independiente, laica, democrática y neutral, se declara «amiga de España» y afirma que no reivindicaría Ceuta ni Melilla. Abrió sede en Argel en marzo de 2024, celebró un congreso allí en julio de 2025 y dispone de oficina en España desde 2026.
Consejo Nacional Rifeño. Estructura paraguas asociada al PNR en el exilio.
Movimiento Rifeño del 18 de Septiembre. Liderado por Said Chaou desde los Países Bajos, se desmarcó de la apertura de sede en Argel y defiende una solución interna marroquí, lo que evidencia la fractura del propio independentismo.
Rif Independence Movement. Etiqueta reactivada en 2013 y miembro fundador de la Organización de Estados Africanos Emergentes, la plataforma que agrupa a movimientos como Cabinda, Ambazonia, Azawad o Cabilia.
El apoyo real, sin embargo, es difícil de medir y probablemente minoritario. El independentismo rifeño se articula sobre todo en la diáspora de Países Bajos, Bélgica y España, mientras que dentro del Rif la reivindicación dominante sigue siendo socioeconómica y cultural. Además, el respaldo argelino es un arma de doble filo: da altavoz y sedes, pero permite a Rabat presentar todo el movimiento como una operación de Argel, del mismo modo que Argelia acusa a Marruecos de amparar al MAK cabilio. El Rif y Cabilia funcionan, de hecho, como fichas espejo en la guerra fría magrebí.
El movimiento amazigh: una identidad sin proyecto de frontera
Es el movimiento más numeroso y, paradójicamente, el menos territorial. El activismo amazigh arrancó a finales de los sesenta como defensa cultural, se dotó de programa con la Carta de Agadir (1991) y logró victorias históricas: la creación del Instituto Real de la Cultura Amazigh en 2001, el reconocimiento del tamazight como lengua cooficial en la Constitución de 2011 y, más tarde, la ley orgánica que debía desplegar ese estatus. Ese éxito relativo es también la razón de su desmovilización: el régimen optó por integrar la demanda identitaria en lugar de reprimirla, evitando así que derivara en un proyecto secesionista.
Pero el reconocimiento tiene límites muy claros. La ley de partidos prohíbe las formaciones de base étnica, lingüística o regional, lo que llevó a la disolución judicial del Partido Demócrata Amazigh Marroquí en 2008 y sigue bloqueando cualquier representación política propia. Y la agenda del movimiento se ha desplazado hacia lo territorial por otra vía: tierras colectivas, expropiaciones, agua y minería en el Sus, el Atlas y el sureste. Los informes internacionales sobre pueblos indígenas correspondientes a 2026 siguen señalando cuatro agravios: el expolio de tierras y recursos sin consentimiento libre, previo e informado; las barreras estructurales a los partidos indígenas; los retrasos en la aplicación de la ley del tamazight; y la marginación de la dimensión amazigh en el propio Sáhara.
Conviene subrayarlo para no caer en el tópico: no existe hoy un separatismo amazigh generalizado en Marruecos. Sí existe un imaginario panamazigh —Tamazgha, el territorio cultural que va de Canarias al oasis de Siwa— con vocación transnacional más que estatal, y una franja radicalizada que enlaza con el discurso rifeño. La diferencia con Argelia, donde el MAK ha llegado a proclamar un gobierno provisional de Cabilia y ha sido declarado organización terrorista, es notable.
El archivo de las disidencias: siete territorios que se gobernaron solos
Más allá de los dos grandes expedientes, Marruecos acumula un catálogo notable de secesiones efímeras y protestas regionales que nunca llegaron a articularse como nacionalismos, pero que explican la geografía del descontento.
El reverso: Marruecos como reclamante
Ninguna radiografía del asunto está completa sin mirar en la dirección contraria. La doctrina del «Gran Marruecos» la formuló Allal el Fassi, fundador del partido Istiqlal, y se plasmó en un mapa publicado en julio de 1956 en el diario Al-Alam. Su tesis: las fronteras heredadas de Francia y España habían fragmentado una comunidad política que reconocía la autoridad del sultán, y por tanto había que recomponerla.
Aquel mapa incluía el Sáhara Occidental, Mauritania entera, franjas del oeste argelino (Béchar, Tinduf, Tuat, Gurara, Adrar, Tidikelt), el norte de Malí en torno a Tombuctú y, en el flanco norte, Ceuta, Melilla y las plazas de soberanía: el peñón de Vélez de la Gomera, las islas Alhucemas, las Chafarinas y el islote de Perejil. En conjunto, multiplicaba por tres el territorio del reino. Algunas corrientes llegaron a incorporar las Canarias, aunque nunca ha sido una reivindicación oficial.
La aplicación práctica de esa doctrina dejó dos guerras —Ifni en 1957-58 y la Guerra de las Arenas contra Argelia en 1963— y una renuncia parcial: Marruecos reconoció a Mauritania en 1969 y aceptó la frontera argelina en el tratado de 1972, aunque su ratificación se demoró dos décadas. La frontera terrestre con Argelia permanece cerrada desde 1994. Lo demás sigue vivo con distinta intensidad.
Ceuta y Melilla. Rabat las califica de enclaves coloniales. La reivindicación se activa por ciclos: el incidente de Perejil en 2002, la crisis migratoria de 2021 y, de nuevo, el verano de 2026. El 10 de agosto de este año el ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, afirmó en una televisión saudí que Marruecos sigue reclamando ambas ciudades y que la cuestión se plantea en sus reuniones con España.
La crisis de Ceuta de 2026. Desde el 30 de julio, decenas de miles de personas intentaron entrar en la ciudad a nado o por el espigón, tras la difusión masiva de bulos que reinterpretaban una sentencia del Tribunal Supremo sobre devoluciones en caliente. Rabat negó haber relajado los controles y responsabilizó a las mafias; medios e informes españoles apuntaron a una pasividad inicial de algunas unidades marroquíes. El episodio superó en magnitud al de 2021 y volvió a coincidir con un movimiento diplomático español hacia Argelia.
La frontera invisible: el mar. En 2020 el Parlamento marroquí aprobó por unanimidad las leyes 37-17 y 38-17, que declaran una zona económica exclusiva de 200 millas y una plataforma continental de 350, incluyendo el litoral del Sáhara Occidental. Rabat rechaza la línea media como criterio y propone la «equidad», lo que reduciría la proyección atlántica de Canarias. En el centro del pulso está el monte Tropic, un volcán submarino rico en telurio y cobalto situado a unas 250 millas al suroeste de El Hierro. La frontera marítima hispano-marroquí sigue siendo, a día de hoy, de hecho y no de derecho.

























































































































































































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