Extremadura: un pueblo inagotable que no se resigna a perder el tren

Hay comunidades que se explican por lo que tienen. Extremadura se explica, durante casi todo el siglo XX, por lo que le faltó: tierra repartida, industria, trenes y gente. Es la región que perdió a la mitad de su población en una generación, la que sufrió una de las matanzas más brutales de la Guerra Civil, la que llevó veinticuatro años seguidos con el mismo presidente y la que acaba de vivir el peor resultado socialista de su historia. También es la que puso Linux en todas sus aulas antes que nadie en Europa, la que comparte cuatrocientos kilómetros de frontera con Portugal y la que guarda algunos de los datos más sorprendentes del mapa español. Esta es su historia política, social y electoral.

El latifundio: la tierra de unos pocos

Todo empieza en el reparto de la tierra. Extremadura salió de la Reconquista con sus campos entregados a las órdenes militares, a la nobleza y a la Mesta, y de ahí nació una estructura de propiedad que sobrevivió intacta hasta el siglo XX. Las cifras son elocuentes: según el censo agrario de 1962, más de la mitad de las fincas extremeñas superaban las 300 hectáreas, y sus dueños eran la aristocracia y la alta burguesía. Enfrente, decenas de miles de jornaleros y yunteros que solo trabajaban por temporadas.

Esa estructura tenía una consecuencia política directa. Donde el norte industrial generó sindicatos de fábrica, el suroeste latifundista generó una conflictividad distinta: hambre estacional, ocupaciones de fincas, caciquismo electoral y una polarización social que no admitía términos medios. En 1960, el 73% de la población activa extremeña seguía trabajando en el campo, y hasta un 85% dependía de él directa o indirectamente. Extremadura llegó a la segunda mitad del siglo XX siendo, en la práctica, una economía agraria del siglo XIX.

La República: la reforma agraria como campo de batalla

La Segunda República convirtió a Badajoz en el laboratorio de la reforma agraria, y por tanto en su frente más caliente. La Ley de Bases de 1932 avanzó despacio, el bienio radical-cedista la desactivó, y la frustración acumulada estalló en la primavera de 1936: miles de yunteros ocuparon fincas en la provincia de Badajoz en una acción coordinada que el Gobierno del Frente Popular acabó legalizando a posteriori. Fue el mayor asentamiento campesino de la historia de España, y también el argumento que la derecha local usó para justificar lo que vino después.

El voto extremeño de aquellos años no fue monolítico. Badajoz, con su masa jornalera, se escoraba a la izquierda; Cáceres, más minifundista y con más peso de la pequeña propiedad y del clero, era terreno favorable para el centro-derecha. Es una división que, con otro contenido, sigue reconociéndose en el mapa actual.

Badajoz, agosto de 1936

La columna del ejército de África mandada por el teniente coronel Juan Yagüe subía desde Sevilla hacia Madrid uniendo las dos zonas sublevadas. El 14 de agosto de 1936 tomó Badajoz al asalto. Lo que ocurrió después es uno de los episodios más documentados y más negados de la Guerra Civil: los prisioneros —en su mayoría civiles, jornaleros, sindicalistas, concejales, junto a refugiados devueltos por la dictadura de Salazar desde Portugal— fueron encerrados en la plaza de toros, y allí y en las calles se produjeron ejecuciones masivas sin juicio durante días.

Las estimaciones historiográficas más citadas sitúan la cifra entre 1.800 y 4.000 muertos. La conocimos gracias, sobre todo, a la prensa extranjera: el portugués Mário Neves, del Diário de Lisboa, entró en la ciudad y publicó lo que vio, y corresponsales franceses, suizos y estadounidenses lo confirmaron. Yagüe pasó a ser conocido como «el carnicero de Badajoz». El franquismo pasó cuarenta años llamando a todo aquello «la leyenda de Badajoz».

La plaza de toros fue demolida en 2002 y en su solar se levantó el Palacio de Congresos, con un memorial. La principal avenida de la ciudad lleva el nombre de Sinforiano Madroñero, el alcalde socialista fusilado en aquellos días.

Badajoz no fue castigada por resistir más que otras ciudades, sino por lo que representaba: la vanguardia de la reforma agraria.

La represión de 1936-1939 descabezó a la izquierda extremeña durante dos generaciones: PSOE-UGT PCE y CNT desaparecieron del espacio público hasta 1977.

Los años del hambre y el gran vaciado

Franco liquidó la reforma agraria y devolvió las fincas a sus dueños. En la posguerra, con la autarquía, el racionamiento y el estraperlo, Extremadura vivió unos años cuarenta de hambre literal: pan de bellota, cartilla de racionamiento y epidemias de posguerra en las comarcas más pobres. La imagen que quedó grabada en el imaginario nacional fue la de Las Hurdes, filmadas por Buñuel en 1933 con el título Tierra sin pan: un retrato que era a la vez denuncia y estigma, y que Extremadura tardó décadas en quitarse de encima.

Cuando el desarrollismo de los sesenta industrializó Madrid, Cataluña y el País Vasco, Extremadura no entró en el reparto. Lo que salió fue la gente. Entre 1950 y 1977 abandonaron la región unas 645.000 personas, alrededor del 45% de su población de mediados de siglo, y en el quinquenio más duro de los sesenta la sangría alcanzó una media de más de 46.000 habitantes al año. Se marcharon, sobre todo, los que tenían entre veinte y cuarenta años.

Destinos de la emigración extremeña (1960-1980)

Madrid
~180.000
Cataluña
~115.000
País Vasco
~80.000
Europa occidental
~80.000

Del total emigrado en esas dos décadas, un 84,5% se quedó en España y un 15,5% salió a Francia, Alemania o Suiza. En la emigración exterior, tres de cada cuatro fueron hombres.

Junto a los grandes focos hubo un destino menos contado: el norte industrial. Los altos hornos y astilleros del Cantábrico absorbieron a miles de extremeños. En Asturias, la construcción de Ensidesa multiplicó la población de Avilés de veinte mil a casi ochenta mil habitantes en apenas dos décadas, y buena parte de aquella riada llegó del sur: los avilesinos llamaban coreanos a los recién llegados, y los barrios de Llaranes, La Luz o El Pozón se levantaron para alojarlos. Es una de las paradojas más nítidas del desarrollismo español: el hijo del jornalero extremeño acabó votando en la cuenca minera, y el nieto sigue allí.

Extremadura tenía 1.379.072 habitantes en 1960. Hoy, sesenta y cinco años después, tiene menos de un millón cien mil.

Es la única forma honesta de entender la política extremeña: un cuerpo electoral que nunca volvió a ser el que fue.

La gran olvidada: el agravio del tren

Si hay un asunto que atraviesa toda la política extremeña reciente, por encima de siglas y de legislaturas, es el ferrocarril. No es una reivindicación sectorial: es el símbolo en el que Extremadura ha condensado su sensación de ser la comunidad de la que nadie se acuerda.

Los hechos ayudan. La Ruta de la Plata, que unía Plasencia con Astorga, se clausuró en 1985 y nunca ha vuelto a abrir. El tren directo Madrid-Lisboa por Valencia de Alcántara y Marvão se suspendió en 2012. Y hasta hace tres años Extremadura fue, sencillamente, la única comunidad peninsular sin un solo kilómetro de vía electrificada: locomotoras diésel, vía única, traviesas antiguas y una estadística que circuló por toda España en 2017 —una avería cada once horas—.

La respuesta social fue extraordinaria para una región de un millón de habitantes. El movimiento «Un tren digno para Extremadura», transversal y apartidista, llevó en noviembre de 2018 a más de trescientos autobuses hasta la plaza de España de Madrid, en la que se considera la mayor manifestación extremeña en cuarenta años. Y hubo un detalle cargado de significado: a la protesta se sumaron caravanas de extremeños residentes en Euskadi y Cataluña, convocados por las federaciones de la emigración. Los que se fueron en los sesenta volvieron a Madrid a pedir el tren que no tuvieron sus padres.

Cronología de una promesa

1985 · Cierre de la Ruta de la Plata (Plasencia-Astorga).
2012 · Se suspende el tren directo Madrid-Lisboa por Extremadura.
2017-2018 · Movilizaciones del «tren digno» en Badajoz, Cáceres, Mérida y Madrid.
Julio 2022 · Entra en servicio el tramo Plasencia-Badajoz, en vía única y con trenes diésel.
Diciembre 2023 · Se electrifica ese tramo: Extremadura tiene por fin catenaria.
2025-2026 · Obras del Talayuela-Plasencia; el tramo Madrid-Oropesa sigue en estudio informativo y se aprueba una conexión transitoria por la línea de Sevilla para recortar tiempos.
Horizonte · Badajoz-Madrid por debajo de las cuatro horas; la alta velocidad Madrid-Lisboa, prevista para la década de 2030.

El tren, además, ha sido de los pocos asuntos capaces de romper la disciplina de partido: dirigentes socialistas extremeños han reprochado públicamente los retrasos a gobiernos de su color, y María Guardiola ha hecho de la reivindicación una bandera igualmente transversal. En Extremadura, el ferrocarril no divide por ideología, divide por geografía.

1983-2007: el cuarto de siglo de Ibarra

El Estatuto de Autonomía se aprobó el 25 de febrero de 1983 y la Asamblea se constituyó en Mérida el 21 de mayo. Las primeras elecciones dieron una mayoría abrumadora al PSOE de un profesor de instituto de treinta y cinco años, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, que acabaría gobernando la comunidad durante veinticuatro años seguidos y seis victorias consecutivas, siempre con mayoría absoluta.

Asamblea de Extremadura · 1983

PSOE35 esc.
53,0%
Coalición Popular20 esc.
30,1%
Extremadura Unida6 esc.
8,5%
PCE4 esc.
6,5%

Participación: 71,9%. El regionalismo de Extremadura Unida, con cinco de sus seis escaños en Cáceres, fue la tercera fuerza en aquella primera Asamblea.

El techo llegó en 1991: 54,3% y 39 escaños de 65, uno de los resultados autonómicos más contundentes de la historia de España. Ibarra construyó una hegemonía basada en tres pilares: una administración autonómica que se convirtió en el gran empleador cualificado de la región, una relación directa —a veces áspera— con Madrid, y un discurso identitario de agravio que él mismo popularizó y que sigue siendo el marco mental de la política extremeña.

También hubo sustos. En 1995, con la ola azul nacional, el PP se quedó a cuatro puntos (39,5% frente al 43,9%) y a cuatro escaños. Ibarra respondió integrando al regionalismo: en 2003 y 2007 el PSOE concurrió coaligado con los PREX-CREX, y volvió a superar el 51% y el 53%. Su sucesor, el forense Guillermo Fernández Vara, heredó en 2007 la mayoría más amplia desde 1991.

2011, 2023, 2025: la década que rompió el molde

La primera grieta se abrió en 2011. El PP de José Antonio Monago ganó con el 46,1% y 32 escaños, dos por debajo de la mayoría absoluta, y fue investido gracias a la abstención de los tres diputados de Izquierda Unida. Aquella decisión partió a IU por la mitad en toda España y puso fin a veintiocho años ininterrumpidos de gobiernos socialistas. En 2014, una moción de censura de Vara fracasó por 30 votos contra 32, con IU abstenida de nuevo.

Vara recuperó la Junta en 2015 con Podemos, la revalidó en 2019 con holgura y llegó a 2023 a un empate exacto: 28 escaños el PSOE y 28 el PP, con los socialistas por delante en votos. María Guardiola había prometido no pactar con Vox y lo dijo con dureza; tres semanas después firmaba un gobierno de coalición con Vox y era investida por 33 votos contra 32. La coalición saltó por los aires en julio de 2024, cuando la dirección nacional de Vox ordenó romper todos los gobiernos autonómicos, y Guardiola quedó en minoría con 28 diputados.

Sin presupuestos posibles, en octubre de 2025 disolvió la Asamblea. Fue la primera vez que un presidente extremeño adelantaba elecciones. El PSOE llegó a la cita en su peor momento: Fernández Vara había fallecido el 5 de octubre de aquel mismo año, y su sucesor al frente del partido, Miguel Ángel Gallardo, encabezaba la lista pendiente de un juicio por la contratación del hermano de Pedro Sánchez en la Diputación de Badajoz.

Asamblea de Extremadura · 21 de diciembre de 2025

PP29 esc.
43,1%
PSOE18 esc.
25,8%
Vox11 esc.
16,9%
Unidas por Extremadura7 esc.
10,3%

Participación: 60,8%, casi diez puntos menos que en 2023 y la más baja de la serie autonómica extremeña.

El 25,8% socialista es el peor registro del PSOE en Extremadura desde que hay autonomía: casi catorce puntos menos que dos años y medio antes, y menos de la mitad de lo que sacaba Ibarra. Gallardo renunció al liderazgo y no llegó a tomar posesión de su escaño; en julio de 2026 la Audiencia de Badajoz lo condenó a dieciocho años de inhabilitación por prevaricación, en una sentencia recurrible.

La aritmética, sin embargo, no se resolvió sola. Guardiola fracasó en dos votaciones de investidura, los días 4 y 6 de marzo de 2026, con Vox votando en contra. Tras cuatro meses de bloqueo institucional inédito, PP y Vox firmaron un acuerdo y la presidenta fue investida el 22 de abril de 2026 por 40 votos contra 25. Vox obtuvo una vicepresidencia con la Consejería de Servicios Sociales y la de Agricultura.

Un umbral del 5% que ha decidido elecciones

El sistema electoral extremeño es de los más restrictivos de España. Solo hay dos circunscripciones, las provincias de Badajoz y Cáceres, con un mínimo de veinte escaños cada una más los adicionales por población. Y, sobre todo, existe una barrera del 5% aplicada al conjunto de la comunidad, no a cada provincia: quien no la supera en toda Extremadura se queda fuera aunque tenga fuerza suficiente en una de las dos.

La lista de damnificados es larga y muy influyente en el reparto: Extremadura Unida y el PREX quedaron fuera en 1991; IU-SIEX, con el 4,5%, perdió en 2007 los dos escaños que le habrían correspondido; a Ganemos-IU-LV le pasó lo mismo en 2015; y en 2019 Vox se quedó a apenas tres décimas del corte —4,71%— y no obtuvo representación pese a superar los 28.000 votos. Sin esa barrera, aquella Asamblea habría tenido dos diputados de Vox, uno menos del PSOE y otro menos del PP.

Otra consecuencia estructural: el regionalismo extremeño nunca ha logrado consolidarse. Extremadura Unida fue tercera fuerza en 1983, pero desde los noventa el espacio se ha fragmentado en siglas sucesivas —PREX, CREX, IPEX, Extremeños, Levanta, Juntos por Extremadura— que suman decimales y no escaños. El agravio territorial existe y es muy intenso; simplemente, en Extremadura lo canalizan los partidos de ámbito estatal.

La Extremadura pionera

Conviene contar también lo que Extremadura hizo antes que nadie, porque suele olvidarse. El 17 de abril de 2002 la Junta presentó en Mérida gnuLinEx, una distribución propia basada en Debian, y decidió instalarla en todos los ordenadores de los centros educativos públicos. El razonamiento era pragmático: el objetivo era un ordenador por cada dos alumnos, y pagar licencias privativas para decenas de miles de equipos era inasumible.

El resultado fue una repercusión internacional insólita para una región pobre del suroeste español. Wired le dedicó un artículo, y el 3 de noviembre de 2002 The Washington Post abrió su edición dominical con un reportaje titulado «Europe’s Microsoft Alternative». En 2004 la Comisión Europea concedió a Extremadura el Premio Europeo a la Innovación Regional en la modalidad de Sociedad de la Información. Se repartieron doscientos mil CD gratis con los periódicos locales, y la región alcanzó una de las ratios de ordenador por alumno más altas del mundo en su momento. Después llegaron Guadalinex en Andalucía, Lliurex en Valencia, Molinux en Castilla-La Mancha, Linkat en Cataluña, Max en Madrid o Galinux en Galicia: todos hijos de LinEx.

El proyecto fue perdiendo apoyo institucional a partir de 2011 y hoy está descontinuado, pero dejó dos legados: una generación entera de extremeños alfabetizados digitalmente en software libre, y la prueba de que una comunidad periférica podía liderar una política pública tecnológica en Europa.

La segunda gran apuesta es energética. Extremadura produce mucha más electricidad de la que consume —entre la central nuclear de Almaraz, la hidroeléctrica del Tajo y el Guadiana y un despliegue fotovoltaico masivo— y ha albergado plantas solares que en el momento de su puesta en marcha figuraban entre las mayores de Europa, como Núñez de Balboa (Usagre, 2020) y Francisco Pizarro (Torrecillas de la Tiesa, 2022). El debate político local es exactamente el de una región exportadora: cuánto de esa energía se traduce en empleo, industria y renta que se quede en casa, y cuánto es simplemente suelo barato para instalar paneles.

La Extremadura desconocida

Unos cuantos datos que casi nunca aparecen cuando se habla del Principado de la despoblación:

Las dos provincias más grandes de España son Badajoz y Cáceres, por ese orden. Extremadura ocupa más superficie que Bélgica, Países Bajos, Dinamarca o Suiza, con poco más de un millón de habitantes.

Tres declaraciones de la UNESCO en una sola comunidad: el conjunto arqueológico de Mérida, la ciudad vieja de Cáceres y el Real Monasterio de Guadalupe.

El Festival de Teatro Clásico de Mérida, celebrado en el teatro romano desde 1933, es el festival de su género más antiguo de España y sigue siendo el mayor acontecimiento cultural de la región.

El lago de Alqueva, sobre el Guadiana, es el mayor lago artificial de Europa occidental: unos 250 km², casi todos en el Alentejo portugués, pero con orilla extremeña en el suroeste de Badajoz.

Una lengua propia que casi nadie conoce: la fala del valle de Xálima, de raíz galaico-portuguesa, se habla en San Martín de Trevejo, Eljas y Valverde del Fresno, tres pueblos cacereños pegados a la frontera.

Monfragüe concentra una de las mayores colonias de buitre negro del mundo y es reserva de la biosfera, en el corazón de la mayor extensión de dehesa de Europa.

La nómina de conquistadores salió casi entera de aquí: Cortés (Medellín), Pizarro y Orellana (Trujillo), Núñez de Balboa (Jerez de los Caballeros), Valdivia (Villanueva de la Serena). Fue la emigración extremeña del siglo XVI, y por las mismas razones que la del XX.

La Raya: el país de al lado

Extremadura comparte con Portugal unos cuatrocientos kilómetros de frontera, y en las comarcas rayanas esa frontera lleva siglos siendo más administrativa que real. Durante el franquismo y el salazarismo la Raya fue territorio de contrabando —café, tabaco, tejidos, aceite— y una economía sumergida entera vivió de cruzarla de noche. Hoy es al revés: el paso es cotidiano y masivo. Los extremeños hacen la compra en Elvas y Campo Maior, los portugueses vienen a Badajoz, y municipios de los dos lados comparten servicios sanitarios, bomberos y proyectos turísticos.

Esa relación está institucionalizada. La eurorregión EUROACE une Alentejo, Centro y Extremadura; asociaciones como La Raya-A Raia o ExtremAlentejo —Badajoz, Elvas, Campo Maior, Portalegre, Olivenza, Alburquerque, Estremoz, Arronches y La Codosera, unos 260.000 habitantes— y agrupaciones como TRIURBIR, que conecta Cáceres y Plasencia con Castelo Branco y Portalegre, trabajan como si la frontera no existiera. Los programas europeos POCTEP e Interreg han financiado buena parte de esa arquitectura.

Y luego está Olivenza, el caso más singular del mapa ibérico. Portuguesa hasta 1801, pasó a España tras la Guerra de las Naranjas y el Tratado de Badajoz; Portugal nunca ha reconocido formalmente la cesión, aunque tampoco la reclama en la práctica. El resultado es un municipio extremeño con arquitectura manuelina, apellidos portugueses y una identidad doble que sus vecinos gestionan con naturalidad. Detalle con carga simbólica: Guillermo Fernández Vara, el presidente que más años gobernó Extremadura después de Ibarra, nació allí.

Las provincias limítrofes españolas completan el cuadro. Extremadura mira a Sevilla y Huelva por el sur —muchos jornaleros extremeños siguen bajando a las campañas andaluzas—, a Salamanca por el norte a través de la Vía de la Plata, a Ciudad Real y Toledo por el este, y a Madrid por encima de todos. La capital ejerce sobre la región un doble papel: es el gran destino de sus emigrantes y también el sitio donde se deciden sus infraestructuras. Cuatro horas de tren o cinco horas de tren no es un detalle técnico; es la diferencia entre ser periferia o no serlo.

Cinco presidentes en cuarenta y tres años

Juan Carlos Rodríguez Ibarra · 1983-2007
Guillermo Fernández Vara · 2007-2011
José Antonio Monago · 2011-2015
Guillermo Fernández Vara · 2015-2023
María Guardiola · desde 2023

Solo dos personas no socialistas han presidido la Junta, y las dos son del PP. Ibarra por sí solo ocupa más de la mitad de la historia autonómica.

Conclusión: el agravio como identidad

Durante cuarenta años, la política extremeña funcionó sobre un consenso implícito: la región había sido maltratada por la historia, y el PSOE era el partido que negociaba la reparación. Ese contrato explicaba las mayorías absolutas de Ibarra, la resistencia del voto rural socialista y la dificultad de la derecha para pasar del 40%.

Lo que ha cambiado en la última década no es el agravio, que sigue intacto, sino quién lo representa. En 2011 lo capitalizó Monago; en 2023, Guardiola; en 2025, además, un Vox que multiplicó por dos su voto y se convirtió en la llave de la Junta. Y el elemento nuevo, el más difícil de revertir, es la desmovilización: la participación cayó del 78,3% de 1995 al 60,8% de diciembre de 2025. Casi veinte puntos de ciudadanos que dejaron de creer que el voto arreglaba algo.

Extremadura afronta la próxima década con la alta velocidad a medio construir, una demografía que todavía no ha recuperado los niveles de 1960 y un bloque de derechas que gobierna con una mayoría amplia por primera vez en su historia autonómica. Si el tren llega y la energía se convierte en industria, la región tendrá por fin argumentos distintos del agravio. Si no, seguirá siendo lo que ha sido durante un siglo: el sitio del que la gente se va, contado siempre por otros.

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