A cuarenta y seis días de las elecciones de medio mandato, Donald Trump afronta el peor momento político de sus dos presidencias. Su aprobación se mueve en torno al 37% y su desaprobación roza el 60%; la guerra con Irán ha disparado el precio de la gasolina y ha devorado la principal baza económica republicana; el voto genérico marca la mayor ventaja demócrata del ciclo; y dentro de su propio partido las críticas han dejado de ser un susurro. Esta es la radiografía completa de una travesía que no solo decide el Congreso el 3 de noviembre, sino también quién hereda el Partido Republicano cuando Trump ya no esté en la papeleta.
Un presidente hundido en las encuestas
Ningún presidente moderno ha llegado a unas midterms con estos números. El promedio de agregadores del 12 de septiembre situaba a Trump en un 37,4% de aprobación frente a un 59,1% de desaprobación, un saldo neto de –21,7 puntos. El rango entre casas es amplio —CNN lo deja en un durísimo 35%, RealClearPolitics lo eleva al 39,3%—, pero la dirección es unánime. Nate Silver, que tocó el mínimo histórico de la serie en –20,6, recordaba esta semana que a la misma altura de su primer mandato Trump estaba en –13,0 y Joe Biden en –11,3.
Aprobación de Trump · promedio de agregadores, 12-sep-2026
Promedio de diez agregadores (Ballotpedia, CNN, DDHQ, RCP, Silver Bulletin, The Economist, NYT, VoteHub y otros). El dato de independientes procede del sondeo NYT/Siena del 8 al 13 de septiembre.
La grieta está en el bolsillo. El mismo sondeo de NYT/Siena, considerado el patrón oro por hacerse todavía con entrevista telefónica en directo, encuentra que solo un 28% aprueba su gestión del coste de la vida y que apenas un 10% de los independientes cree que la economía está mejor que hace un año. El desencadenante tiene nombre propio: la guerra con Irán, iniciada con los bombardeos del 28 de febrero, ha cerrado de facto el estrecho de Ormuz, ha llevado la gasolina por encima de los cuatro dólares el galón y, según la Oficina Presupuestaria del Congreso, explica más de un tercio del repunte de la inflación de 2026. El conflicto ya cuesta 38.000 millones de dólares y suma 3.000 cada mes.
La respuesta de la Casa Blanca ha agravado el problema en lugar de contenerlo. Trump despachó la subida de los carburantes como «un precio muy barato que pagar» por la seguridad mundial, mientras el presidente de la Cámara, Mike Johnson, admitía públicamente que los precios «están demasiado altos» y que la situación no se resolverá antes del 3 de noviembre. Es una confesión insólita en un partido que gobierna: reconocer que la principal preocupación del electorado seguirá sin arreglo el día que se abran las urnas.
El voto genérico marca el techo demócrata del ciclo
Septiembre ha sido el mejor mes demócrata de la legislatura. El promedio de Silver Bulletin abrió el mes en D+6,4 y el día 17 marcaba D+7,5, el máximo de todo el ciclo. Las encuestas individuales apuntan en la misma dirección desde casas muy distintas: Fox News da 51-44, Reuters/Ipsos 44-37 y Catawba College/YouGov llega a un llamativo 49-38 entre votantes probables. La referencia más solvente, NYT/Siena, sitúa la intención de voto en el distrito propio en 51-43.
Voto genérico al Congreso · NYT/Siena, votantes probables (8-13 sep)
P. Demócrata
P. Republicano
Indecisos y otrosLo verdaderamente demoledor para los republicanos no es el margen, sino el desglose por temas. El partido ha perdido la propiedad de los dos asuntos que llevaron a Trump a la Casa Blanca en 2024. Los votantes confían más en los demócratas para gestionar la economía, el coste de la vida y hasta la inmigración. La única materia en la que NYT/Siena detecta una ligera ventaja republicana es la política sobre inteligencia artificial, un asunto emergente que ningún estratega considera decisivo el 3 de noviembre.
Ventaja demócrata en confianza, por tema
Diferencia en puntos entre quienes confían más en cada partido. NYT/Siena, 1.503 votantes probables.
El dique republicano empieza a agrietarse
Durante dos años, la crítica interna al presidente fue prácticamente inexistente en el Capitolio. Ese silencio se ha roto. El episodio más sonoro llegó esta misma semana con Karl Rove, arquitecto de las victorias de George W. Bush y patriarca del republicanismo tejano, que anunció en una tribuna en el Wall Street Journal que en noviembre votará a un demócrata —Jon Rosenthal, candidato a la Comisión Ferroviaria de Texas— frente al republicano Bo French, autor de una publicación racista contra estudiantes de origen surasiático de la Universidad de Texas. Será el segundo demócrata al que vota en su vida; el primero fue Bob Bullock en 1994. Trump respondió llamándole «perdedor de piedra fría» y acusándole de «síndrome de trastorno Trump».
«Estos individuos están empequeñeciendo al Partido Republicano, no construyéndolo. Yo no quiero formar parte de eso».
Rove no es una excepción aislada, sino el último eslabón de una cadena que empezó mucho antes. En el Senado, la senadora Lisa Murkowski ha reprochado al presidente que socave públicamente al líder de la mayoría, John Thune —«cuando tienes a un presidente que desafía en público a tu liderazgo, le complicas el trabajo»—, y John Kennedy, poco sospechoso de deslealtad, ha resumido la situación con un lacónico «no ayuda». Thom Tillis, que se retira tras haber votado en contra de los recortes a Medicaid, llegó a preguntarse en voz alta si alguien informaba al presidente de las consecuencias de sus decisiones. John Cornyn, derrotado en las primarias de Texas por el ungido de Trump, Ken Paxton, publicó tras su derrota la fábula de la rana y el escorpión.
La fractura también es de política económica. Más de una docena de senadores republicanos criticaron abiertamente la apertura a la importación de vacuno; el aumento de aranceles a productos canadienses amenaza directamente a dos estados que el partido necesita, Maine y Míchigan; y la llamada de Trump a boicotear al fabricante aeronáutico Bombardier obligó a un aliado tan fiel como Roger Marshall a desmarcarse, porque la empresa es un empleador clave en Kansas. La senadora saliente Joni Ernst, cuyo escaño en Iowa queda abierto, reconocía que los aranceles «han salido en todas y cada una de las reuniones» con grupos del estado; preguntada por si han dañado a los republicanos, prefirió sonreír y no contestar.
La ruptura más simbólica se produjo antes: la de Marjorie Taylor Greene, que dimitió de su escaño el 5 de enero tras enfrentarse a Trump por la publicación de los archivos Epstein y que, al marcharse, pronosticó que los republicanos perderían las midterms y que el presidente sería sometido a impeachment con una Cámara demócrata. Su salida fue el primer aviso de que el flanco MAGA también podía romperse por la derecha. El fenómeno se ha extendido a las listas: 61 representantes y dos delegados han anunciado que no repiten, 37 de ellos republicanos, la segunda cifra de retiradas más alta de la historia tras 1992. Y el 17 de septiembre, la NBC documentaba que varios candidatos republicanos en distritos que Trump ganó en 2024 están marcando distancias con la Casa Blanca en inmigración y en la guerra de Irán.
Frente a esa pulsión localizadora, Trump ha hecho justo lo contrario: nacionalizar. Su gran apuesta fue la convención republicana de medio mandato celebrada en Dallas los días 9 y 10 de septiembre, un formato sin precedentes —bautizado por la prensa como Trumpapalooza— que requirió cambiar las reglas del propio comité nacional. Allí pidió a los votantes que «fingieran» que él está en la papeleta y prometió un «dividendo» de 5.000 dólares por ciudadano si el partido conserva ambas cámaras. No hubo rebote: el sondeo de NYT/Siena, realizado justo después, no detectó movimiento alguno. Un veterano estratega republicano lo resumió sin piedad: cuando gobiernas y el problema número uno es la asequibilidad, toca localizar la elección, no nacionalizarla.
El Senado: cuatro escaños para dar la vuelta al mapa
Hace un año, el Senado parecía fuera del alcance demócrata. Se renuevan 35 escaños —33 ordinarios más las especiales de Florida y Ohio— y 23 de ellos están en manos republicanas; los demócratas necesitan cuatro ganancias netas para llegar a 51, porque un empate a 50 lo desharía el vicepresidente Vance. Hoy los modelos ya no lo descartan: el 16 de septiembre, Silver Bulletin situó la probabilidad demócrata en el 59%, máximo del ciclo, mientras Decision Desk HQ, más prudente, se queda en torno al 51-52% y mantiene cinco carreras en empate técnico. La diferencia entre ambos modelos es una sola suposición: si el ambiente nacional se mantiene siete semanas más, las carreras ajustadas caen todas del mismo lado.
El exgobernador Roy Cooper, que nunca ha perdido una elección, aventaja al exdirector del comité nacional republicano Michael Whatley por 6,1 puntos de media (48,3-42,2), con encuestas que llegan a darle 15 puntos. Whatley nunca se había presentado a nada y un 31,6% de los votantes aún no tiene opinión sobre él.
Collins es la única senadora republicana que se presenta en un estado que ganó Harris. Tras la retirada de Graham Platner, el demócrata es Troy Jackson, expresidente del Senado estatal, leñador y sindicalista, que lidera por 49-46 en el sondeo de la Universidad de New Hampshire y por cuatro puntos en YouGov, con muy poco tiempo para darse a conocer.
El regreso de Sherrod Brown, derrotado en 2024, ha convertido en competitivo un estado que Trump ganó con holgura. Su perfil obrerista encaja como un guante con una campaña centrada en el precio del combustible y la sanidad.
La decisión de Trump de apoyar al fiscal general Paxton frente a Cornyn ha puesto en juego un estado que ganó por 14 puntos. Silver Bulletin da a Talarico +1,8 y lo señala como el escaño con más probabilidad —un 13%— de decidir la mayoría. Los grupos republicanos han reservado ya 77 millones en publicidad para rescatarlo.
Dos estados que Trump ganó por doble dígito y que ambos partidos tratan ya como competitivos. En Alaska, la exrepresentante Mary Peltola reta a Dan Sullivan; en Iowa, los aranceles han golpeado tan fuerte al campo que ni la senadora ni la gobernadora se presentan a la reelección.
Son los únicos escaños demócratas en estados que Trump ganó. Jon Ossoff aguanta por delante de Mike Collins en encuestas, dinero y atención; en Míchigan, el escaño abierto de Gary Peters enfrenta a Mike Rogers con Abdul El-Sayed. Thune admite que Carolina del Norte y Georgia «están en el margen de error».
El mapa se ha ensanchado hasta lugares impensables. En Kansas, estado que Trump ganó por 16 puntos, una encuesta reciente da ventaja al demócrata Adam Hamilton, pastor de una megaiglesia metodista, sobre el senador Roger Marshall; Vance ha viajado personalmente al estado para apuntalar la plaza. En Montana, una candidatura independiente respaldada por Baucus y Tester ha roto el bipartidismo local. Y en el cuartel general republicano ya se discute abiertamente si merece la pena seguir invirtiendo en Carolina del Norte y Georgia o concentrar el dinero en los llamados firewall states. Cuando el partido en el poder debate dónde replegarse a mes y medio de la votación, la conversación ya no es ofensiva.
Gobernadores: el giro social se ve mejor en los estados
Se eligen 36 gobernaciones, repartidas 18 y 18, con quince titulares que no pueden repetir por límite de mandatos. Cook Political Report mantiene cuatro empates técnicos —Georgia, Nevada, Ohio y Wisconsin— pero lo relevante es la dirección del movimiento. En Georgia, con Brian Kemp fuera por límite de mandatos, la demócrata Keisha Lance Bottoms compite con el republicano Rick Jackson en la carrera más igualada del país. En Ohio, la exdirectora de Salud Pública Amy Acton disputa el puesto a Vivek Ramaswamy en un estado que Trump ganó cómodamente dos veces. En Míchigan, Jocelyn Benson se enfrenta a John James con el alcalde de Detroit, Mike Duggan, como tercero en discordia.
Los dos casos que mejor ilustran el cambio de clima son Iowa y Texas. En Iowa, el auditor estatal Rob Sand —con aprobaciones insólitamente buenas entre independientes y republicanos— aventaja a Zach Lahn por 49-46 en Emerson, en un estado cuya economía llegó a contraerse por el impacto de los aranceles y donde el debate ha girado hacia asuntos locales como la calidad del agua. En Texas, Greg Abbott busca un cuarto mandato sin precedentes frente a la demócrata Gina Hinojosa, y tanto Cook como Sabato rebajaron en agosto su calificación de «sólido» a «probable» republicano. En Florida, la carrera del exrepublicano reconvertido David Jolly hizo que el 17 de septiembre la clasificación pasara de «probable» a «tendencia» republicana.
La contrapartida existe y conviene no ignorarla: los demócratas defienden gobernaciones en cinco estados que Trump ganó en 2024 —Arizona, Kansas, Wisconsin, Míchigan y Pensilvania—, y Kansas es la primera oportunidad republicana de la noche, porque el estado no elige dos gobernadores seguidos del mismo partido desde mediados de los años sesenta. Pero el contraste es elocuente: mientras los republicanos tienen una oportunidad clara de ganancia, los demócratas discuten sobre Georgia, Ohio, Nevada, Iowa, Alaska y hasta Texas y Florida.
Las elecciones especiales: el termómetro que no falla
Si las encuestas pueden equivocarse, los votos reales son más difíciles de discutir. En las 39 elecciones especiales legislativas estatales disputadas en 2026, los candidatos demócratas están rindiendo una mediana de 10,4 puntos por encima del resultado presidencial de 2024 en sus distritos, y han superado la expectativa en 34 de las 39. Han arrebatado escaños a los republicanos; los republicanos no han arrebatado ninguno.
Sobrerrendimiento demócrata sobre 2024 en elecciones especiales destacadas
La victoria de Taylor Rehmet en un distrito tejano que Trump ganó por 17,4 puntos y la de Catelin Drey, que acabó con la supermayoría republicana en el Senado de Iowa, son los dos casos más citados. Conviene, eso sí, el matiz técnico: en 2018, el sobrerrendimiento de enero a abril fue de +17,9 y se moderó hasta +2,0 entre mayo y octubre, antes de que los demócratas ganaran 308 escaños legislativos estatales y 40 en la Cámara federal. Las especiales aciertan la dirección, no la magnitud. Pero la dirección lleva veintidós meses siendo la misma.
La Cámara y la guerra de mapas que no salió bien
La gran apuesta defensiva republicana fue rediseñar los distritos a mitad de década. Diez estados han cambiado sus mapas, siete de ellos con planes republicanos, aprovechando el fallo del Tribunal Supremo en Louisiana contra Callais, que debilitó una pieza clave de la Ley de Derecho al Voto. Cook Political Report calcula que la operación completa deja a los republicanos con una ganancia neta de unos cuatro escaños, insuficiente cuando la mayoría se sostiene sobre tres.
El contraataque demócrata funcionó: California aprobó la Proposición 50 por un contundente 65%-35%, habilitando un mapa que mejora cinco distritos. El modelo de Decision Desk HQ resume la paradoja de forma cruel para los estrategas republicanos: en un millón de simulaciones, los demócratas ganan una media de trece escaños en los 41 estados que no tocaron sus fronteras… y otros dos en los nueve que sí las cambiaron. El resultado medio es una Cámara de 229 a 206 y una probabilidad demócrata en torno al 68-69%. El gerrymandering ha comprimido el terreno —solo quince distritos concentran más de la mitad de los 575 millones de dólares reservados en publicidad—, pero no ha levantado un dique.
La sucesión republicana: Vance contra un Rubio en ascenso
Toda derrota de medio mandato acelera la conversación sobre la sucesión, y en el Partido Republicano esa conversación ya está abierta. JD Vance sigue siendo el favorito por la vía orgánica: es el vicepresidente, es responsable de finanzas del comité nacional —lo que le mantiene enchufado a los grandes donantes—, arrasó en la encuesta simbólica de Turning Point USA con un 84% y lidera sondeos como el de AtlasIntel con un 47% frente al 23% de Rubio. Trump ha dicho en varias ocasiones que es «probablemente» su heredero.
Pero el guion se ha complicado. Marco Rubio, secretario de Estado y a la vez asesor de Seguridad Nacional en funciones —el primero en acumular ambos cargos desde Kissinger—, ha pasado de los dígitos simples a empatar: Emerson lo dejó en un 36-35 para Vance, en New Hampshire saltó del 7% al 26%, y en agosto ganó un straw poll conservador por 36 puntos de diferencia. La guerra de Irán lo ha elevado, y el núcleo donante de Mar-a-Lago nunca fue territorio de Vance. Ambos niegan cualquier rivalidad y Rubio ha repetido que apoyaría al vicepresidente si se presenta.
Un 59% de los votantes cree que el Partido Republicano va en la dirección equivocada. Del Partido Demócrata lo piensa un 58%.
Hay una tercera vía, más incómoda: la del MAGA huérfano. La salida de Marjorie Taylor Greene, con su discurso contra el «complejo político industrial», las farmacéuticas y los intervencionistas, dibuja un espacio de desencanto por la derecha que en unas midterms perdidas podría buscar candidato propio. Y sobre todo queda la variable que ningún modelo puede medir: qué hace Trump. Si el 3 de noviembre termina con las dos cámaras perdidas, el presidente afrontará dos años de investigaciones —Greene ya avisó de un impeachment— con un partido que tendrá por primera vez incentivos para mirar más allá de él.
Enfrente, un banquillo demócrata sin jefe
El contraste con la sucesión republicana es total: donde los republicanos tienen dos nombres, los demócratas tienen diez y ningún favorito. Las encuestas dependen casi por completo de la lista que se ofrezca. Echelon Insights situaba en agosto a Kamala Harris en cabeza con un 18%, seguida de Pete Buttigieg (13%), Gavin Newsom (12%) y Alexandria Ocasio-Cortez (11%); AtlasIntel, con un cuestionario de trece nombres, invertía el orden y daba un 26% a Ocasio-Cortez, por delante de Buttigieg (22,4%) y Newsom (21,2%). En New Hampshire, primer estado del calendario, la Universidad de New Hampshire da la delantera a Buttigieg con un 20% frente al 15% de Newsom y Ocasio-Cortez.
Los mercados de predicción son más tajantes que los sondeos: colocan a Newsom en torno al 19% de probabilidad, con Ocasio-Cortez y Jon Ossoff sobre el 14%, Harris cerca del 9% y Buttigieg y Josh Shapiro en torno al 5%. Son precios, no votos, pero retratan bien cómo se distribuye la expectativa. Gobernadores con perfil ganador en estados difíciles —Shapiro en Pensilvania, Andy Beshear en Kentucky, Wes Moore en Maryland— apenas puntúan en el voto nacional, lo que sugiere que el reconocimiento de nombre todavía manda por encima de cualquier criterio ideológico.
La noche del 3 de noviembre reordenará el tablero. Si Ossoff resiste en Georgia, saldrá convertido en el demócrata que ganó dos veces en terreno hostil. Si Roy Cooper se impone en Carolina del Norte y Talarico compite de tú a tú en Texas, el partido tendrá por fin el argumento que le faltaba en el Sur. Y si Rob Sand gana Iowa y Amy Acton gana Ohio, la tesis de que el Medio Oeste está definitivamente perdido se quedará sin base empírica. Ninguno de ellos es hoy favorito para 2028; todos pueden serlo el 4 de noviembre.






















































































































































































































































































































































































































































































































































































































