Hoy nos hemos levantado todos un poco más tarde, y quizás algo más cansados. Como siempre, al llegar la primavera, nos ha tocado adelantar un poco el paso, porque nos cambian la hora.
Hace dos años el asunto del cambio de hora era un tema candente, y la Unión Europea prometía que de manera inminente se regularía el asunto para, probablemente, acabar con una práctica que llevaba décadas implantada: la de adelantar la hora en primavera y atrasarla en otoño.
Era un asunto menor, pero entonces, por unos días, nos pareció importantísimo. La Comisión Europea lanzaba mensajes sobre una decisión inmediata sobre él. Eso decían. Luego la cosa se enfrió, como siempre pasa en Europa. El debate no resultó tan fácil como inicialmente se había pensado, las presuntas prisas se disolvieron, y todo quedó en nada. Ni para eso sirven.
Bonita metáfora de lo que es la Unión. Miles de decisiones, trascendentes o no, acaban encalladas en los vericuetos de los pasillos de Bruselas, entre opiniones discrepantes e intereses opuestos, por la exigencia de mayorías cualificadas que nunca se consigue alcanzar, y por la falta de una autoridad central, con más legitimidad democrática, que tome decisiones cuando hace falta.
Así van quedando los asuntos, varados, y así va creciendo la insatisfacción de los ciudadanos.
Ahora, metidos de lleno en problemas más serios, lo de la hora nos parece una pequeñez de patio de colegio, de esos patios que permanecen vacíos mientras los niños corretean, como pueden, por las casas.
Y así seguiremos, cambiando la hora porque llevamos décadas haciéndolo, sin que nada cambie porque la Unión Europea está presa de su propia inercia, no porque no quiera, sino porque no puede, porque no tiene instrumentos ni capacidad real para actuar.
Cuando salgamos de esta no solo habrá que cambiar lo de la hora. Habrá que repensarlo todo, para deshacerlo o para hacerlo más fuerte, porque si algo nos está quedando claro es que seguir como hasta ahora no va a ser una opción.
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