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Europa sin vergüenza

electomania.es -

La Unión Europa acaba de llegar a un preacuerdo con Turquía para tratar conjuntamente el asunto de los refugiados provenientes de la guerra de Siria.

Turquía, país fronterizo con Siria y miembro destacado de la OTAN, acoge ya en su territorio a varios millones, léase bien: millones de refugiados provenientes de la guerra.

Por su parte, Europa ha sufrido en el último año numerosas “grandes” oleadas de refugiados, y no ha sido capaz de dar una respuesta a las mismas. Esas oleadas, que suelen llegar a través de Grecia, han acabado por deparar respuestas individualizadas de varios países, que han cerrado fronteras, han levantado muros, han impuestos restricciones que van claramente, o lo parece, contra los principios que inspiran los tratados de la Unión.

Y todo ello, porque todos los países han intentado librarse del problema y endosárselo a los demás. Todos han juzgado excesivo el número de refugiados que los endebles acuerdos adoptados en el seno de la UE les habían asignado. Recordemos que el problema de la U.E. ha sido cómo dar cobijo a unos 160.000 refugiados, cuando el número total de desplazados por la guerra de Siria es de más de cinco millones de personas.

La tierra de la promisión, la rica y libre Europa que acoje a todos sin preguntar de dónde vienen, ha sido incapaz de dar respuesta a un flujo de refugiados que apenas alcanza al 3% del total de los que ha generado esta guerra. La tierra que desde gran parte del mundo es vista con el Edén donde todo el mundo querría vivir, ha presenciado varias sesiones maratonianas de sus ministros, reuniones de alto nivel cuyo único objetivo era librarse de la pesada carga de unos desplazados que nadie quería.

Mientras tanto, miles de ancianos, niños, hombres, mujeres, han muerto en las playas, en las frágiles embarcaciones a las que se subían buscando nuestra orilla, en largas caminatas hacia ninguna parte. Y millones de personas han padecido y siguen padeciendo hambre, abandono, desatención, pérdida de derechos, desprecio y humillaciones.

En cada uno de los numerosos campos dMCH_SIRIA-REFUGIADOSe refugiados de Turquía, principal receptor, se hacinan cientos de miles de personas, tolerados por un régimen que no respeta ni la libertad de prensa ni los derechos humanos más elementales; un régimen que persigue por igual a yijadistas sanguinarios y a kurdos que solo quieren vivir en su tierra. Un régimen potente, clave en el entramado de la OTAN, al que nadie se atreve a exigir auténticas reformas democráticas. Pero un régimen, al fin, que al menos permite que millones de personas que no tienen otra cosa, dispongan de un suelo (duro) donde dormir en tierra turca. Nosotros ni siquiera podemos presumir de algo parecido.

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La solución final de los europeos ha sido eludir la solución. La solución, adoptada en este acuerdo con Turquía, ha sido retorcer el derecho de asilo para que no sea efectivo, y mandar así sin contemplaciones directamente hacia Turquía a los que llamen a nuestra puerta pidiendo asilo. Cuando eso suceda, Europa alegará que Turquía es un tercero que les ofrece un refugio seguro. Y para allá los mandaremos, a partir de ahora. Sin sonrojo. Se mantiene así a los desplazados fuera de las fronteras comunitarias. Gran alivio: que no nos toquen, que no nos contaminen. Europa deja claro que no quiere asumir ni las migajas de una guerra que está a las puertas de su casa. Para ello está incluso dispuesta a pagar peajes: se entregarán unos cuantos millones de euros a Turquía en pago por sus servicios, y se acelerarán los trámites para su ingreso en la U.E.

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El telón de fondo es el avance de la extrema derecha en nuestro territorio. En muchos países del centro y el norte del continente, los partidos xenófobos y los ultranacionalistas alcanzan expectativas de voto del 20, el 25, hasta el 30% de los votos. Muchos extrarradios de las ciudades, antiguas canteras de votantes socialistas y comunistas, se han pasado en masa al nacionalismo. Ninguno de esos viejos votantes de la izquierda quiere perder sus privilegios. Nadie quiere que lleguen a las puertas de su casa gentes de fuera que compitan por los recursos. La vieja solidaridad de clase se tambalea ante el nuevo egoísmo nacionalista. Frente a esto, pocos países han reaccionado. Y quien lo ha hecho, lo ha pagado caro. Angela Merkel, esa malvada bruja opresora para muchos izquierdistas de la Europa del Sur, mantuvo inicialmente una actitud abierta y dispuesta a acoger más refugiados. Intentó aunar en ese objetivo a los otros gobiernos europeos. Frente a esa realidad, sus expectativas de voto comenzaron a bajar en cuanto la sociedad alemana percibió semejantes flaquezas. Por otro lado, muchos otros países europeos, algunos dirigidos por presuntos partidos progresistas, no han hecho más que poner pegas y oponerse a las mínimas cuotas de refugiados que se les habían asignado. ¿El motivo? Los electores huyen de quien acoge  y se premian a quien expulsa. Así de simple. Finalmente Merkel se replegó. Finalmente nadie, nadie en Europa dio la cara.

Canadá, ese lejano país gobernado por pérfidos neoliberales, nos está dando sopas con onda en materia de acogimiento y compromiso. Canadá y otros países, de esos que aún tienen conciencia de lo que es un ser humano y capacidad para atender a necesidades reales, nos avergüenza todos los días con sus puertas abiertas y bien organizadas. Aunque a estas alturas a esta Europa nuestra no le importa un comino todo eso.

Mientras tanto, la muerte sigue avanzando. Pero nosotros no queremos verla. En el centro y norte de Europa progresan adecuadamente los partidos nacional-egoístas, cosechando el alegre voto de los obreros y las clases populares. En el sur, esos mismos votantes se arrojan en los brazos de partidos antisistema. Todos contentos.

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Pero la casa no se barre. O, más bien, la casa se barre arrojando hacia fuera la porquería. Con decisión. Con convicción. Sin vergüenza, sinvergüenzas. Sin que los concienciados ciudadanos de los países europeos reaccionen y pongan patas arriba a sus gobiernos insolidarios e inhumanos. Al revés: son precisamente esos ciudadanos quienes empujan a los gobiernos en la toma de estas decisiones. Lo hace directamente ese 20 o 30% de votantes del nacionalismo egoísta y mezquino. Pero lo hace, sobre todo, ese otro 70 u 80% de personas, que dedica cinco segundos al día a compadecerse de los refugiados y proferir palabritas de lástima, para, inmediatamente después, mirar para otro lado y olvidar deliberadamente.

Sinvergüenzas. Nosotros.

 

@josesalver

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