Islandia ha dicho no. Con el escrutinio casi cerrado en la madrugada del domingo, el rechazo a reabrir las negociaciones de adhesión a la Unión Europea se impone por un margen mínimo en la consulta celebrada el sábado 29 de agosto. El país nórdico cierra así, al menos por esta legislatura, un debate que llevaba trece años congelado.
El resultado
La papeleta planteaba una sola pregunta: «Á Ísland að hefja á ný aðildarviðræður við Evrópusambandið?» («¿Debe Islandia reanudar las negociaciones de adhesión a la Unión Europea?»). A las 05:55 del domingo, con el recuento terminado en Reikiavik, Suður y Norðvestur y pendiente todavía en Suðvestur y Norðaustur, el NEI sumaba 91.965 votos frente a los 85.524 del JÁ.
Porcentaje sobre voto válido. Blancos y nulos: 1.134 (0,6%). Censo: 272.000 electores, de ellos 17.000 residentes en el exterior. Datos provisionales a las 05:55 del 30 de agosto.
La diferencia, de poco más de 6.400 papeletas, confirma lo que las encuestas venían anticipando: un país partido casi exactamente por la mitad. La consulta era consultiva —no vinculante—, pero el Gobierno se comprometió de antemano a respetar el resultado.
Las encuestas acertaron el empate, no siempre el ganador
Durante casi toda la campaña el bloque europeísta mantuvo una ventaja mínima que se fue erosionando en las últimas semanas. La foto final quedó así:
Porcentaje del JÁ en cada estimación, sobre voto válido o sobre quienes se posicionaban.
El último Gallup fue el más certero: daba el 51,6% al NEI, a dos décimas del dato real. Maskína, en cambio, mantuvo hasta el final una ligera ventaja del SÍ dentro del margen de error, con un bloque de indecisos que en julio llegó a rozar el 17% y que acabó inclinándose por el statu quo.
Reikiavik contra el resto del país
La geografía del voto reprodujo la fractura clásica islandesa. Las dos circunscripciones de la capital se decantaron con claridad por el SÍ, mientras que las circunscripciones rurales —Norðvestur, Norðaustur y Suður— votaron NO de forma contundente. En el debate pesaron dos argumentos difíciles de conciliar: por un lado, unos tipos de interés del 8% frente al 2,25% del BCE, que el bando europeísta presentó como razón económica para acercarse al euro; por otro, la pesca, que supone en torno al 6,5% del PIB y sobre cuyas aguas Reikiavik no quiere ceder competencias. A ello se sumó un contexto geopolítico inusual, con las presiones de Donald Trump sobre Groenlandia planeando sobre toda la campaña.
La primera ministra, Kristrún Frostadóttir (Samfylkingin), había pedido el voto afirmativo insistiendo en que la consulta no decidía la adhesión, sino solo la reapertura de un proceso que en todo caso habría terminado en un segundo referéndum. Enfrente, la líder del Partido de la Independencia, Guðrún Hafsteinsdóttir, encabezó la campaña del NO con el argumento de que los problemas económicos islandeses no se resuelven en Bruselas.
Qué pasa ahora
Con el NEI por delante, las negociaciones congeladas en 2013 no se reactivarán y la solicitud de adhesión presentada en 2009 —nunca retirada formalmente— queda en el limbo. Islandia seguirá vinculada a la UE a través del Espacio Económico Europeo y de Schengen, es decir, con acceso al mercado interior pero sin voz en las instituciones que fijan sus reglas.
El Gobierno, que había convertido el referéndum en uno de los compromisos centrales del pacto de coalición de 2024, comparece este domingo por la tarde para explicar sus planes. Frostadóttir ya adelantó que su Ejecutivo continuará su trabajo con independencia del resultado, pero la derrota deja tocado el proyecto europeísta de la legislatura y refuerza a una oposición conservadora que llega en mejor posición a la próxima cita electoral. En un país de 390.000 habitantes, 6.400 votos han bastado para cerrar la puerta a Bruselas durante años.





