Asturias: del carbón a las urnas, historia electoral del Principado

Asturias es, probablemente, el territorio español donde la geología ha condicionado más directamente el comportamiento electoral. Un valle con carbón produjo sindicatos; los sindicatos produjeron partidos; los partidos produjeron una hegemonía socialista que dura casi medio siglo. Pero también es la comunidad que se declaró soberana durante dos meses en 1937, la que vivió una insurrección obrera que asombró a Europa, la única del artículo 143 que ha adelantado elecciones por gusto y la que dos veces ha visto cómo un tránsfuga del partido gobernante fundaba un partido propio y llegaba al Palacio de la Junta. Esta es la historia política, social y electoral del Principado.

El Principado que fabricó una clase obrera

Hasta bien entrado el siglo XIX, Asturias era una sociedad rural, minifundista y dispersa: aldeas, caserías y una capital administrativa, Oviedo, con más canónigos que obreros. Lo que cambió el mapa fue el carbón. Las cuencas del Nalón y del Caudal —Mieres, Langreo, Aller, San Martín del Rey Aurelio— se llenaron de pozos, de ferrocarriles mineros y de gente venida de los concejos rurales y de media España. Alrededor del carbón creció la siderurgia: la Fábrica de Mieres, Duro Felguera, la Fábrica de Armas de Trubia. En apenas dos generaciones, un territorio de campesinos generó una de las concentraciones obreras más densas del sur de Europa.

El salto definitivo llegó con el franquismo desarrollista y una decisión tomada en Madrid: el decreto de 15 de junio de 1950 encargó al INI levantar un gran centro siderúrgico. Nació Ensidesa, y con ella una ciudad nueva. Avilés, una villa portuaria de poco más de veinte mil habitantes, se convirtió en una California del acero.

Avilés: habitantes

1900
12.763
1950
21.270
1960
48.503
1969
77.676

La instalación de Ensidesa multiplicó por seis la población de Avilés respecto a 1900. El primer horno alto se inauguró en 1957.

Ese es el sustrato que explica casi todo lo demás. En 1975 Ensidesa llegó a rondar los 27.000 trabajadores y las minas asturianas empleaban a unos 28.000 mineros. Una comunidad de menos de millón y pico de habitantes tenía dos ejércitos industriales concentrados en un radio de cuarenta kilómetros. Cuando esos dos ejércitos votan, deciden. Cuando se movilizan, tiemblan los gobiernos.

La República: tres elecciones, tres Asturias distintas

La Segunda República encontró en Asturias un mapa mucho más complejo que el tópico de la «Asturias roja». La provincia de Oviedo era, a la vez, la cuenca minera socialista y anarcosindicalista, el Gijón industrial y portuario, una capital conservadora y católica, y unas alas occidental y oriental profundamente rurales, con un caciquismo que sobrevivió a la Restauración sin despeinarse. Añádase un factor propio: el reformismo de Melquíades Álvarez, el político asturiano por excelencia de la época, cuyo Partido Republicano Liberal Demócrata funcionaba como bisagra hacia la derecha.

Por eso Asturias no votó siempre a la izquierda. En 1931 la conjunción republicano-socialista se impuso con holgura. En 1933, con el voto femenino estrenado y la izquierda dividida, los liberal-demócratas de Melquíades pactaron con la CEDA y aseguraron una victoria amplia del centro-derecha en la circunscripción. Y en febrero de 1936, las primeras elecciones tras la represión de Octubre, la candidatura del Frente Popular —seis socialistas, cinco de Izquierda Republicana y dos comunistas, entre ellos Dolores Ibárruri— ganó por un margen relativamente estrecho.

Oviedo (Asturias) · Febrero de 1936

Frente Popular
170.828
Coalición de derechas
150.949

Menos de 20.000 votos separaron a los dos bloques. El sistema mayoritario de la época convirtió esa diferencia en una amplia mayoría de actas para el Frente Popular.

La lección de 1936 sigue siendo válida noventa años después: en Asturias el bloque de izquierda suele ganar, pero casi nunca por goleada. Lo que amplifica su ventaja no es el voto, es el sistema.

Octubre del 34: quince días de comuna

La entrada de la CEDA en el Gobierno de Lerroux el 4 de octubre de 1934 desencadenó una huelga general revolucionaria convocada por PSOE y UGT. En casi toda España se apagó en horas. En Asturias, no. La razón fue organizativa: era el único lugar donde la Alianza Obrera había integrado también a la CNT bajo la consigna UHP, y donde los mineros disponían de algo que ningún otro proletariado español tenía a mano: dinamita.

Los insurrectos tomaron cuarteles, ayuntamientos y buena parte de Oviedo, y sostuvieron durante dos semanas un poder revolucionario que la prensa internacional bautizó como la Comuna Asturiana. Se emitió moneda propia en algunos concejos, se organizaron comités y se levantó un aparato de abastecimiento. También hubo violencia contra el clero y contra civiles conservadores: decenas de religiosos asesinados y edificios religiosos incendiados, incluida la Cámara Santa de la catedral.

La represión fue igualmente extrema. El Gobierno encargó la operación a militares africanistas —Franco la dirigió desde Madrid— y trajo a la Legión y a los Regulares. El balance más citado ronda los 1.500 muertos, más de dos mil heridos y decenas de miles de detenidos. Asturias se convirtió en el ensayo general de la guerra que llegaría dos años después, y en un símbolo que marcó la política española durante décadas.

Octubre del 34 hizo de Asturias una excepción y un símbolo: el único sitio donde la revolución de 1934 fue algo más que una consigna.

La alianza que lo hizo posible reunió a PSOE-UGT PCE y CNT, algo que no se repitió en ninguna otra región.

El «Gobiernín»: los dos meses en que Asturias fue soberana

Es el episodio más desconocido y más extraordinario de la historia política asturiana. En 1936 el golpe fracasó en la mayor parte del Principado y la retaguardia quedó en manos de comités antifascistas, sustituidos a finales de año por el Consejo Interprovincial de Asturias y León, presidido por el socialista Belarmino Tomás. Cuando cayó el País Vasco y después Santander, Asturias quedó aislada: doscientos kilómetros en línea recta la separaban de las posiciones republicanas más próximas, sin abastecimientos ni moneda suficiente.

El 24 de agosto de 1937, el mismo día en que las tropas sublevadas entraban en Torrelavega, el Consejo firmó un decreto —publicado en el diario Avance el 26— por el que se constituía en Consejo Soberano de Asturias y León, asumiendo «todas las jurisdicciones y organismos civiles y militares» de su territorio. El propio texto preveía devolver esos poderes «a la vista de los acontecimientos favorables que se produzcan en el curso de la guerra».

No era un proyecto secesionista, sino una emergencia administrativa; pero jurídicamente fue una declaración de soberanía en toda regla, y así la leyeron sus críticos dentro del propio Frente Popular, que la tacharon de «cantonalista». El Gobiernín, como se le conoció popularmente, emitió sellos propios y billetes —los famosos belarminos, firmados por Belarmino Tomás— y organizó consejerías por comisiones. Duró hasta la noche del 20 de octubre de 1937, cuando sus miembros abandonaron Gijón en un pesquero. Al día siguiente entraban las tropas franquistas.

Durante 58 días, Asturias tuvo gobierno propio, moneda propia y sellos propios. Nunca hubo nada parecido antes ni después.

Lo sostuvieron, juntos, FSA-PSOE PCE CNT-FAI y Izquierda Republicana.

Franquismo: el silencio y la huelgona

La dictadura arrasó las organizaciones obreras asturianas, pero no pudo eliminar la estructura social que las había creado. El pozo seguía ahí, y con él la solidaridad de tajo. El 7 de abril de 1962, el despido de siete picadores del pozo Nicolasa, en Mieres, encendió lo que se conocería como la huelgona o la huelga del silencio, llamada así porque los mineros se negaban a nombrar interlocutores para no dar nombres a la policía.

La protesta se generalizó en toda la minería asturiana y se contagió a Vizcaya, Guipúzcoa y otras cuencas; en solidaridad llegaron a movilizarse más de 300.000 trabajadores en España. El régimen respondió con detenciones, torturas y 126 deportados, pero acabó cediendo en lo salarial. Fue la primera derrota social visible del franquismo y volvió a poner a Asturias en las portadas internacionales, algo que no ocurría desde 1934. De aquellas comisiones de pozo salió, además, el embrión de CCOO, y con él la infraestructura militante que dominaría la política asturiana desde 1977.

1983: el PSOE gana medio Principado

Asturias accedió a la autonomía por la vía lenta del artículo 143. El Consejo Regional preautonómico echó a andar en septiembre de 1978 presidido por Rafael Fernández Álvarez, socialista, exiliado republicano e hijo de un obrero de la Fábrica de Armas, y el Estatuto de Autonomía se aprobó el 30 de diciembre de 1981. Fernández fue también el primer presidente del Principado hasta las elecciones fundacionales.

Aquellas primeras autonómicas, el 8 de mayo de 1983, produjeron el resultado más rotundo de la historia democrática asturiana y uno que jamás se ha repetido.

Junta General · 1983

PSOE26 esc.
52,0%
Coalición Popular14 esc.
30,2%
PCE5 esc.
10,7%
CDS0 esc.
3,9%

Participación: 65,0%. El cabeza de lista de Coalición Popular era un joven ingeniero llamado Francisco Álvarez-Cascos.

Merece la pena detenerse en ese último dato. El candidato derrotado en 1983 volvería veintiocho años después, ya como exsecretario general del PP y exministro de Fomento, para ganar unas elecciones autonómicas con un partido fundado por él mismo. Pocas biografías resumen tan bien la anomalía asturiana.

Los años ochenta y noventa consolidaron un patrón: PSOE hegemónico (Pedro de Silva, ocho años), PCE-IU con un suelo alto y muy concentrado en las cuencas, y una derecha que tardó en despegar. El paréntesis más llamativo lo protagonizó el CDS de Adolfo Suárez, que en 1987 alcanzó en Asturias un notable 18,5% y 8 escaños antes de desaparecer casi por completo.

La reconversión: cuando el suelo se movió

Mientras la política regional se estabilizaba, la base económica que la había creado se hundía. Hunosa había nacido en 1967 comprando minas privadas ya inviables; el Estado nacionalizó pérdidas y fue subvencionando la producción. Con la entrada en la CEE en 1986 empezó la cuenta atrás. Aquel año Hunosa producía más de 3,6 millones de toneladas con 20.756 trabajadores. En 1997 se firmó el plan del carbón 1998-2005, que preveía recortar en torno a un 30% empleo y producción en toda España; la respuesta asturiana fue una huelga general minera con barricadas y un manifestante muerto en un corte de carretera.

Empleo en la minería del carbón

Asturias, años 60-70
28.000
Hunosa, 1986
20.756
Hunosa y Figaredo, 1997
9.300
Hunosa, 2024
~600

Cifra de 2024 incluyendo fijos y subcontratados. El subsuelo asturiano conserva unos 5.000 kilómetros de galerías que hay que seguir bombeando y manteniendo aunque ya no se extraiga carbón.

A cambio del cierre llegaron los fondos mineros: miles de millones destinados a infraestructuras y a un tejido industrial alternativo que, con excepciones, nunca terminó de sustituir a los pozos. El último gran estallido fue el verano de 2012, con encierros, cortes de carretera y la marcha negra que llevó a los mineros caminando hasta Madrid. Al final de 2018 expiró el plazo europeo para las minas subvencionadas y la minería del carbón desapareció como sector. Que en marzo de 2025 murieran cinco trabajadores en una explosión en una mina de Cerredo recordó, sin embargo, que quedan explotaciones residuales y que la herida sigue abierta.

La siderurgia siguió una trayectoria paralela: Ensidesa se fusionó con Uninsa en 1973, se integró en la Corporación Siderúrgica Integral, se privatizó como Aceralia y acabó dentro de Arcelor y luego de ArcelorMittal, con una plantilla que es una fracción de la de los años setenta. El resultado político de todo ello no fue una derechización de las cuencas —siguen siendo, con Gijón, el corazón del voto de izquierda— sino algo más corrosivo: despoblación, envejecimiento y desafección. Los tres factores que más pesan hoy en el mapa asturiano.

1995 y 2011: las dos veces que Asturias se salió del guion

En 1995, con el PSOE nacional desgastado y tras la dimisión del presidente Rodríguez-Vigil por el escándalo de Petromocho, el PP de Sergio Marqués ganó con el 42% y 21 escaños: el primer gobierno de derechas del Principado. Duró poco como tal. En abril de 1998 Marqués abandonó el PP y siguió como independiente; en junio el PP salió del Gobierno, que quedó formado solo por independientes; una moción de censura popular fracasó en marzo de 1999 al no reunir la mayoría absoluta; y Marqués fundó Unión Renovadora Asturiana, que en las siguientes elecciones sacó el 7,2% y tres escaños. El PSOE de Vicente Álvarez Areces recogió la cosecha con un 45,9% y doce años de gobierno.

La historia se repitió, ampliada, en 2011. Descartado como candidato del PP, Francisco Álvarez-Cascos fundó Foro Asturias en enero y en mayo dejó al PP en 10 escaños. Y ahí se produjo la anomalía perfecta.

2011 · Más votos, menos escaños

PSOE15 esc.
179.619
Foro Asturias16 esc.
178.031
PP10 esc.
119.767
IU-Los Verdes4 esc.
61.703

1.588 votos separaron a PSOE y Foro. Foro se llevó un escaño más por ganar la circunscripción Central. Cascos fue investido con solo sus 16 votos y la abstención de los otros 29 diputados.

El desenlace fue todavía más insólito. Incapaz de aprobar los presupuestos de 2012, Cascos convocó elecciones tras seis meses en el cargo: la primera vez que un presidente de una comunidad del artículo 143 disolvía su parlamento sin estar obligado a ello. El resultado, el 25 de marzo de 2012, fue un PSOE de Javier Fernández con 17 escaños, un Foro que bajó a 12 y una participación del 51,1%, la más baja jamás registrada en unas autonómicas asturianas: diez puntos y medio menos que el año anterior. Los asturianos castigaron el experimento no votando.

Tres circunscripciones, tres Asturias

Para entender el mapa asturiano hay que entender su sistema electoral, que es único en España. La Junta General tiene 45 escaños repartidos en tres circunscripciones: la Central, con 34, que concentra el eje Oviedo-Gijón-Avilés y las cuencas; la Occidental, con 6; y la Oriental, con 5. El umbral del 3% se aplica en cada circunscripción, no en el conjunto.

La consecuencia práctica es demoledora para los partidos medianos: con solo cinco o seis escaños en juego, en Oriente y Occidente el reparto es casi bipartidista de facto. IU, Podemos, Vox, Ciudadanos o Foro han obtenido casi siempre todos sus escaños en la Central. Y la sobrerrepresentación de las alas rurales, más conservadoras y más envejecidas, se compensa con la enorme masa de voto de izquierda de la Central. Es un sistema que premia a quien gana el centro de la región y penaliza a quien tiene un voto disperso.

También conviene desmontar otro tópico: el asturianismo político nunca ha cuajado en las urnas. El Partiu Asturianista tocó techo en 1995 con un 3,2% y un escaño, y Andecha Astur nunca ha pasado de resultados testimoniales. La reivindicación identitaria se canaliza sobre todo por la vía lingüística: la reforma del Estatuto para la oficialidad del asturiano se frustró en 2022 al no alcanzarse los 27 diputados —tres quintos— necesarios, y volvió a tramitarse desde 2025 con los 23 votos de la izquierda, insuficientes mientras el PP mantenga su negativa.

De la fragmentación al bipartidismo de vuelta

La década de 2010 trajo a Asturias la misma fragmentación que al resto de España, pero con un tempo propio. En 2015 el PSOE cayó a su mínimo histórico —26,5%— y Podemos irrumpió con un 19,1% y nueve escaños; Javier Fernández necesitó tres votaciones para ser investido. En 2019, con siete partidos en la Junta y cinco grupos, Adrián Barbón recuperó los 20 escaños. Y en 2023 el sistema volvió a comprimirse: el hundimiento de Ciudadanos y de Podemos alimentó un PP que ganó siete escaños de golpe.

Junta General · 28 de mayo de 2023

PSOE19 esc.
36,5%
PP17 esc.
32,6%
Vox4 esc.
10,1%
Convocatoria por Asturies3 esc.
7,6%
Podemos Asturies1 esc.
3,9%
Foro1 esc.
3,7%

Participación: 56,9%. Barbón fue investido con 23 votos (PSOE, Convocatoria y Podemos) frente a 22 abstenciones de PP, Vox y Foro.

Ese 23-22 resume el estado actual de la política asturiana: una mayoría de izquierda mínima, sostenida legislatura a legislatura por acuerdos presupuestarios, frente a un bloque de derecha que ha recuperado tamaño pero sigue sin puente hacia Foro ni margen para sumar. Es una fotografía muy distinta a la de 1983, cuando el PSOE gobernaba con 26 escaños propios.

En 43 años de autonomía, Asturias solo ha tenido cuatro años de gobierno no socialista.

Los de Sergio Marqués PP entre 1995 y 1999, y los diez meses de Álvarez-Cascos Foro en 2011-2012. Todo lo demás lo ha gobernado el PSOE.

El problema que ninguna urna resuelve

Si hay un dato que condiciona el futuro político de Asturias más que cualquier encuesta, es este: en 2025 nacieron 4.577 asturianos y murieron 13.209. El saldo vegetativo fue negativo en 8.632 personas, y ese ritmo se repite año tras año desde 2021. El 28% de la población tiene 65 años o más, y en algunos concejos del occidente interior hay más de diez personas mayores por cada menor de quince.

Asturias · 2025

Nacimientos
4.577
Defunciones
13.209

Datos provisionales del INE. Casi tres muertes por cada nacimiento.

Electoralmente, esto significa un censo que se encoge y envejece cada legislatura, con todo lo que ello implica: más peso del voto mayor, más centralidad de la sanidad y la dependencia en la agenda pública, más presión sobre unas cuentas autonómicas que en 2026 rondan los 7.000 millones, y una brecha creciente entre el eje central urbano y unas alas rurales que se vacían. La participación lleva tres décadas de descenso tendencial —del 69,4% de 1995 al 56,9% de 2023— y ese desapego es, probablemente, el legado más duradero de la reconversión.

Nueve presidentes en cuarenta y tres años

Rafael Fernández · 1982-1983
Pedro de Silva · 1983-1991
Juan Luis Rodríguez-Vigil · 1991-1993
Antonio Trevín · 1993-1995
Sergio Marqués · 1995-1999
Vicente Álvarez Areces · 1999-2011
Francisco Álvarez-Cascos · 2011-2012
Javier Fernández · 2012-2019
Adrián Barbón · desde 2019

Conclusión: la memoria como sistema de partidos

La política asturiana se explica por una paradoja. La base material que creó su izquierda —los pozos, los altos hornos, los barrios obreros de Avilés y La Felguera— ha desaparecido casi por completo, y sin embargo la hegemonía electoral socialista sigue en pie cuarenta años después. La explicación no es económica sino cultural: en Asturias la izquierda no es solo una preferencia política, es una identidad heredada, transmitida en familias donde alguien bajó a la mina, alguien estuvo en el 62 y alguien tiene un abuelo represaliado en el 34.

Esa memoria, sin embargo, se está muriendo literalmente: cada año hay 8.600 asturianos menos, y los que faltan son mayoritariamente los que la sostenían. El PP de Álvaro Queipo compite ya en unos márgenes que en 2019 parecían imposibles; la izquierda alternativa se ha fragmentado hasta el mínimo; y la próxima cita, prevista para 2027, se jugará sobre un censo más viejo, más pequeño y menos anclado en el relato industrial.

Asturias ha sido, en cien años, laboratorio revolucionario, república soberana de dos meses, motor industrial de España, símbolo de la resistencia antifranquista, feudo socialista y campo de pruebas de dos escisiones que llegaron al poder. Es difícil encontrar en España un territorio con menos habitantes y más historia política por metro cuadrado. La pregunta ahora no es si volverá a sorprender, sino cuánta gente quedará para verlo.

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