Si el fútbol se juega en noventa minutos, la política se juega en siglos. Y en el caso de España y Argentina, los últimos doscientos años han seguido, cada uno por su lado, un mismo compás: inestabilidad crónica en el siglo XIX, una brutal ruptura autoritaria en el XX, un renacimiento democrático y, en pleno siglo XXI, una crisis de confianza que fragmenta el mapa. Contamos las dos historias en paralelo.
Del absolutismo a la democracia frágil
El siglo XIX español fue una montaña rusa entre liberalismo y reacción. Tras el regreso del absolutista Fernando VII, el país se desangró en las Guerras Carlistas, una serie de conflictos dinásticos que enfrentaron a tradicionalistas y liberales. Se sucedieron pronunciamientos militares, un breve intento de Primera República (1873) que apenas duró un año, y la Restauración borbónica, un sistema de alternancia pactada entre conservadores y liberales que dejaba fuera a las mayorías populares.
El “Desastre del 98” —la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas— hundió la moral nacional y abrió una crisis que desembocó en la dictadura de Primo de Rivera (1923) y, tras su caída, en la ilusionante Segunda República (1931). Aquel experimento democrático, con avances sociales notables, se rompió en la Guerra Civil (1936–1939), la mayor tragedia de la historia contemporánea española.
La victoria de Franco impuso casi cuarenta años de dictadura (1939–1975): represión, aislamiento internacional y, en su última etapa, un desarrollo económico acelerado. La muerte del dictador dio paso a la Transición y a la Constitución de 1978, que instauró una monarquía parlamentaria y un Estado de las autonomías.
El presente. Durante décadas, PSOE y PP se alternaron en el poder. Pero la crisis de 2008, el movimiento 15-M y el procés catalán quebraron el bipartidismo. Hoy España vive bajo un Gobierno de coalición de Pedro Sánchez (PSOE–Sumar) marcado por una extrema fragilidad parlamentaria, sin presupuestos aprobados, sacudido por casos judiciales que afectan a su entorno y con el mapa político dividido en cinco o seis fuerzas relevantes.
España, hitos de dos siglos
1833–1876
1931–1939
1939–1975
1978
2011–2026
Del caudillo a la grieta
Tras la independencia, Argentina se sumió en décadas de guerra civil entre unitarios (partidarios de un poder central fuerte en Buenos Aires) y federales (defensores de las autonomías provinciales). Sobre ese caos se alzó el caudillo Juan Manuel de Rosas. Su caída abrió paso a la Constitución de 1853 y a la organización del Estado moderno.
La Generación del 80 —con Roca, Sarmiento y Mitre— construyó una Argentina próspera, laica y volcada a la exportación agrícola, aunque a costa de campañas militares contra los pueblos originarios. En 1912, la Ley Sáenz Peña instauró el voto secreto y obligatorio, y en 1916 llegó al poder el radicalismo de Hipólito Yrigoyen: la democracia parecía consolidarse.
Pero el golpe de 1930 inauguró un siglo de inestabilidad. La irrupción de Juan Domingo Perón en 1946 —con su fusión de justicia social, sindicalismo y liderazgo carismático— partió al país en dos bandos que perduran hasta hoy: peronismo y antiperonismo. Se sucedieron golpes militares hasta la más sangrienta de las dictaduras, la de 1976–1983, responsable de la desaparición forzada de miles de personas y de la derrota en la Guerra de Malvinas (1982).
La democracia regresó en 1983 con Raúl Alfonsín y el histórico Juicio a las Juntas. Vinieron el menemismo de los noventa, el estallido de 2001 (con cinco presidentes en once días), y los largos ciclos del kirchnerismo, interrumpidos por el paréntesis de Mauricio Macri.
El presente. En diciembre de 2023, el economista libertario Javier Milei ganó la presidencia prometiendo dinamitar “la casta”. Su llegada representa la mayor ruptura ideológica en décadas: un giro radical hacia el liberalismo económico que ha polarizado aún más la célebre “grieta” argentina, entre entusiastas de su terapia de choque y quienes denuncian su coste social.
Argentina, hitos de dos siglos
1853
1912–1916
1946
1976–1983
2001–2026
Dos espejos enfrentados
Vistas en paralelo, las dos trayectorias asustan por su simetría. Ambas naciones conocieron el siglo XIX de la inestabilidad y los caudillos; ambas sufrieron largas dictaduras militares en el XX que dejaron heridas aún abiertas; ambas construyeron transiciones democráticas admiradas en el mundo; y ambas afrontan hoy la misma enfermedad contemporánea: la polarización, el desgaste de los partidos tradicionales y la irrupción de nuevos liderazgos que impugnan el sistema. La “grieta” argentina y la “crispación” española son, en el fondo, dos nombres para un mismo desafío. Dos democracias jóvenes, todavía demostrando que han aprendido de su pasado.

























































































































































































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