España organizará la Copa Mundial de la FIFA 2030 junto a Marruecos y Portugal. Será la segunda vez que nuestro país acoja el torneo de fútbol más importante del mundo, después de la edición de 1982 en la que Italia derrotó en la final a Alemania por 3-1 en el estadio Santiago Bernabéu y conquistó su tercer título mundial, gracias a los goles de Marco Tardelli, Alessandro Altobelli y Paolo Rossi, que acabó siendo el máximo goleador del campeonato.
Un Mundial de 1982 que no trae un buen recuerdo para la selección española, que quedó eliminada en la segunda fase de grupos, completando una de las peores participaciones de un país organizador en toda la historia del torneo.
Organizar un Mundial de la FIFA suele presentarse como una gran oportunidad económica para el país anfitrión. Es, al fin y al cabo, uno de los eventos deportivos más rentables del mundo a nivel de selecciones. Tanto la FIFA como los gobiernos de turno acostumbran a hablar de un fuerte impulso al PIB, creación de empleo y proyección internacional. Sobre el papel suena convincente, incluso ilusionante. Otra cosa, claro, es que esas previsiones tan optimistas se cumplan luego en la realidad.
Aunque organizar un evento deportivo de esta magnitud deja beneficios económicos (más turistas, mejoras en infraestructuras y empleo temporal), lo cierto es que esas cifras suelen quedarse cortas frente a lo que esperan los responsables políticos. Se tiende a proyectar un impacto bastante mayor del que luego se materializa, y eso acaba alimentando el debate sobre si de verdad compensa la inversión inicial.
En 2025, la FIFA y la Secretaría de la Organización Mundial del Comercio (OMC) publicaron dos estudios, elaborados por OpenEconomics (OE), que estimaron que el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá 2026 podría generar hasta 40.900 millones de dólares en PIB, incluyendo hasta 620 millones de dólares para las 11 ciudades anfitrionas de Estados Unidos.
Las 11 ciudades anfitrionas de Estados Unidos están acogiendo el 75% de los partidos y ya disfrutan del paso de algunos de los grandes favoritos para ganar el Mundial 2026, como España, Francia o Argentina. Sin embargo, también asumen costes públicos importantes en seguridad, transporte, preparación de los recintos y otros servicios que no siempre se incluyen en los estudios de impacto económico; estos suelen calcular el gasto total del evento y aplicar multiplicadores para estimar beneficios, lo que acaba elevando las cifras.
¿Cuáles son los costes públicos que supone organizar la Copa Mundial de la FIFA?
Organizar una Copa Mundial de la FIFA no es precisamente barato para los contribuyentes. De hecho, buena parte del gasto recae en fondos públicos, sobre todo en grandes infraestructuras: estadios que se construyen o se remodelan, mejoras en el transporte y todo el dispositivo de seguridad.
Para hacerse una idea, el Mundial de Sudáfrica 2010, en el que España se coronó campeona del mundo por primera vez, costó alrededor de 3.600 millones de dólares. Cuatro años después, Brasil 2014 disparó la cifra hasta superar los 11.000 millones, con inversiones multimillonarias en estadios, aeropuertos y transporte.
La Copa Mundial de la FIFA 2026 de la FIFA ha reducido varias de las exigencias de infraestructura más costosas de ediciones anteriores, sobre todo en lo relativo a la construcción de grandes estadios. Esta vez, la mayoría ya están disponibles y, en Estados Unidos, se aprovechan recintos de la NFL.
Aun así, no todo es tan sencillo. Las ciudades anfitrionas estadounidenses deberán asumir costes importantes, entre 100 y 200 millones de dólares por sede, destinados a gestionar el tráfico, reforzar emergencias y organizar eventos para los aficionados.
¿Los beneficios de organizar la Copa Mundial de la FIFA superan los costes?
La realidad es que las ciudades anfitrionas y otras entidades públicas apenas obtienen ingresos directos el día del partido, y aun así son quienes asumen la mayor parte de los costes. Donde sí se nota el impacto es en el tejido local: hoteles, restaurantes, transportes y los negocios más cercanos a los estadios.
Durante unas horas, o unos pocos días, la actividad se dispara, con visitantes que gastan en todo lo que rodea al evento. Pero ese impulso tiene fecha de caducidad. En cuanto termina el partido y la gente se marcha, todo vuelve bastante rápido a la normalidad, dejando un efecto económico más bien corto y limitado en el tiempo
Los gobiernos pueden llegar a aumentar la recaudación fiscal y aprovechar las mejoras en infraestructuras que deja la Copa Mundial de la FIFA. Sin embargo, esos beneficios económicos rara vez compensan el enorme coste de organizar el torneo.
De hecho, según explica “Finance Football”, los datos históricos muestran que, desde Inglaterra 1966, solo una edición ha cerrado con números positivos. Fue Rusia 2018, con un superávit modesto de unos 240 millones de dólares. El resto se mueve en una dinámica muy distinta: pérdidas o claros desequilibrios financieros que se repiten casi como norma.
En conclusión, aunque los estudios de impacto de la Copa Mundial de la FIFA suelen hablar de grandes beneficios económicos para las ciudades anfitrionas, la realidad es algo más compleja. Buena parte de las ganancias termina en manos del organismo rector del fútbol mundial, sobre todo a través de los derechos de televisión, los patrocinios y la venta de entradas. Mientras tanto, las ciudades que acogen el torneo asumen la mayor parte de los costes, desde las infraestructuras hasta la logística, y a menudo con ingresos directos bastante limitados en comparación con la inversión realizada.

























































































































































































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